Madrid, 17. En esta bárbara y espantosa tragedia en que se debate España y cuyas proporciones —quiero creerlo así— no pudieron ser imaginadas por quienes la provocaron, acaso hallen los aficionados a lo pintoresco notas singulares, que deformadas por los cristales cóncavos y convexos tras los cuales se nos contempla desde el extranjero pueden aparecer deformadas caricaturescamente. Y, sin embargo, esas notas revelan mejor que nada las características de nuestra lucha y la honda sima que separa a las dos Españas en pugna, a esas dos Españas que siempre se han mirado hostilmente y que ahora se acometen con fiereza.
Ha habido ayer varios festivales taurinos donde los acordes viriles y majestuosos de “La Internacional” han sustituido a los pasacalles flamencos que de ordinario sirven para marcar el contoneo de los toreros cuando las cuadrillas atraviesan el ruedo. Y en una de nuestras grandes plazas de toros, en la Monumental de Barcelona, la lidia se ha entreverado con desfiles de milicianos, discursos fogosos de sindicalistas y una encendida arenga del presidente de la Generalidad.
¿Quién hubiera sido capaz de concebir la curiosísima amalgama de tan excepcional espectáculo? Yo recuerdo cómo las organizaciones obreras, sin distinción de matices, se enrolaban en las campañas antitaurinas. Hace cuarenta años, mucho antes de que surgiera a la vida literaria Eugenio Noel, el periodista Ferreras hizo desde El Correo, periódico sagastino, una violenta cruzada contra la fiesta nacional, y hasta fundó una Liga antitaurina a la cual se alistaron los principales líderes del socialismo y del anarquismo. Por aquellos tiempos era El Correo el único diario que no publicaba información ni reseña que a toros se refiriera.
Si alguna de las regiones españolas, por su idiosincrasia, puede considerarse refractaria a tal espectáculo es la catalana, más aún que la vascongada, puesto que ésta proporcionó y sigue proporcionando primeras figuras a la tauromaquia. Precisamente el héroe del festival barcelonés fue un torero vasco, el eibarrés Pedrucho [Pedro Basauri]. Pues bien, allí tuvimos confundidos el domingo en un mismo entusiasmo y un mismo clamor, a los catalanistas, personificados por Luis Companys; a los sindicalistas, a los socialistas y a la que por antonomasia denominamos la “afición”. En resumen, el pueblo. El pueblo con todas sus virtudes y todos sus defectos, el pueblo en bloque sin tallar, la cantera magnífica de una raza inmortal; el pueblo que apiñado en los cosos enronquece furiosísimo pidiendo que se martirice más a un animal y que de pronto, sintiendo que le tintinean dentro las fibras de la sensibilidad, se alza angustiado a pedir clemencia para un cornúpeto que trae consigo de la dehesa la historieta de que se dejaba acariciar el testuz por la hija de los dueños de la vacada.
Mas ya que nos hemos puesto a reparar en las explosiones políticas a que dan motivo los festejos taurinos de estos días, hemos de examinar otro fenómeno todavía más digno de atención, cual es la actitud de los toreros ante la guerra civil. Los toreros, al fin españoles, están también divididos. Aparecen unos a un lado y otros a otro. Los primeros días de la sangrienta contienda insertaron los periódicos una lista de toreros que se baten entre las milicias madrileñas en los campos de la Sierra del Guadarrama. Era una relación de artistas oscuros, los más, picadores y banderilleros, y algunos modestísimos matadores de novillos. Ahora, a medida que van llegando noticias de los focos insurrectos de Andalucía, sobresalen como figuras señeras de la sedición toreros de relieve que reniegan del pueblo del cual proceden. Así, en Sevilla, capitanean a las partidas de fascistas que en unión de moros y de gentes del Tercio realizan razzias sangrientas por los pueblos, Pepe el Algabeño [José García Carranza] y Emilio Torres, el mayor de los Bombitas. Y en Córdoba, actúa casi de generalísimo el rejoneador [Antonio] Cañero. El torero aseñoritado y enriquecido se suma a los facciosos, los dirige y les alienta, y el torero oscuro que no se ha desprendido del pueblo, se bate al lado de él.
¡Qué magnífica síntesis de la guerra civil española ofrecen esas dos actitudes! Los espíritus superficiales que desde el extranjero asistan curiosos al espectáculo dramático que hoy ofrecemos al mundo entero, podrán no ver en eso sino facetas de pintoresquismo; pero es lo cierto que tal fenómeno revela magníficamente las razones políticas y sociales de los respectivos emplazamientos de los sectores que sostienen la pelea.
Ya, en el extranjero, aunque con lentitud, van conociendo toda la verdad de la trascendencia de nuestra contienda. La verdad concluye siempre por abrirse camino. Claro que a veces se le abre muy tarde, sin otro resultado práctico que el de dejar recogidos los hechos de manera justa en la Historia. Celebramos que ahora la verdad camine más deprisa por tierras lejanas donde se nos desconoce. Hemos visto atisbos de cómo marcha la verdad en una agudísima caricatura del dibujante inglés [David] Low. Un grupo de soldados españoles rodeados de Regulares indígenas y legionarios del Tercio, medita ante los partes de guerra, y con aire meditabundo, exclama el más destacado de los caudillos rebeldes: “Qué lástima no tener bastantes moros y legionarios extranjeros para matar a los españoles. Así habríamos salvado a España”.