Madrid, 18. Atribuyo tanta trascendencia al triunfo alcanzado ayer a orillas del Guadiana por las tropas leales y singularmente por la aviación, que fue, en realidad, quien decidió el combate, que lo considero como la victoria más importante de cuantas se han obtenido a lo largo del mes que lleva ya de duración la guerra civil. Hoy, nuestros aeroplanos, en minuciosos reconocimientos por tierras extremeñas no han visto enemigo. De esto no se debe colegir que haya desaparecido por completo, sino, a lo sumo, que está oculto y disperso, lo cual es bastante.
Discretamente apunté en uno de mis anteriores artículos todo lo que suponía este esfuerzo de los facciosos de unir sus tropas del Sur con las del Norte a través de Extremadura, pegados a la línea fronteriza portuguesa, tan extraordinariamente interesante para ellos. Pues bien; si en un punto u otro la columna de enlace queda cortada, los propósitos del enemigo se frustran. ¿Cuáles son esos propósitos? Dos, desde luego. Uno, que yo juzgo secundario por lo remoto, de crear hacia este lado un peligro sobre Madrid siguiendo la línea del Tajo, y otro, a mi entender principal, de reforzar las tropas, escasas en número, que quieren ir sobre el centro de Asturias, por Luarca y por los puertos de Leitariegos y Pajares, a fin de debilitar el asedio de Oviedo y, a ser posible, que se salve el coronel Aranda, cada día en situación más crítica.
Oviedo es la clave de la guerra en el Norte. Cuando Oviedo se rinda se habrá despejado en el acto la situación, no solamente en Asturias y León, sino también en Guipúzcoa, a quien ha habido que regatear medios de auxilio por la necesidad de acumularlos en Asturias. Después los mineros asturianos constituirán el núcleo más potente para la reconquista de Castilla la Vieja.
Quienes mantienen el asedio de la vieja ciudad ovetense, la Vetusta de Clarín, venían animados del generoso deseo de no producir en ella daños superiores aún a los que sufrió en octubre de 1934. Creían disponer de un tiempo ilimitado que permitiera el agotamiento de las reservas de agua con que cuentan los sitiados y la consunción de todos los víveres. Es decir, que esperaban tranquilamente una rendición por hambre y sed. Su humanitarismo ha llegado al extremo de consentir que fuera saliendo de la capital del Principado la población civil, con daño notorio de los efectos del asedio, porque a menor número de sitiados mayor holgura para los combatientes que siguen dentro.
Ni aún con esa desventaja deben arrepentirse de su conducta; pero las leyes de la guerra se caracterizan por inflexibilidades y rigideces que es peligroso contravenir. A esas características indeclinables habrán de atenerse los obreros de Asturias, decidiéndose al ataque de Oviedo sin aguardar pacientemente a que la capital se les rinda por penuria de municiones de boca, porque prolongando la espera podrían llegar a encontrarse los sitiadores con menos desenvoltura.
Afortunadamente para ellos, y para todos, el resultado victorioso del combate de ayer junto al puente de Santa Amalia retrasa de modo considerable el peligro. Pero no lo elimina por completo. Puede resurgir. Por ahora, el teniente coronel Yagüe ve alejadas las posibilidades de llegar a Oviedo como llegó en octubre del 34, y con las mismas tropas, Tercio y Regulares, que acaudillaba entonces.
Si es verdad lo que con sádico entusiasmo se comunicó por radio desde Elvas a un diario italiano respecto a la ferocidad de los invasores de Badajoz, hay motivos para recordar los tiempos neronianos. En Badajoz, a los prisioneros se les encerró en los corrales de la Plaza de Toros, y obligados luego a salir al ruedo por la puerta del chiquero, cuando aparecían en el redondel, desde tendidos, gradas y palcos los facciosos les ametrallaban a placer. En la Roma de Nerón los cristianos empujados hasta la arena del circo sucumbían despedazados por fieras auténticas: leones, tigres, panteras, leopardos… El emperador, su corte y la plebe eran solamente espectadores complacidos de la matanza. Al cabo de veinte siglos, registramos la innovación de que los espectadores sean, a la vez, actores en el martirio, y de que las fieras tengan traza humana. Es posible que en el palco presidencial del circo extremeño haya sustituido a la clámide imperial que lucía en el palco del circo romano la zamarra de cualquier cacique ávido de disfrutar con la orgía sangrienta.
Pensando en esto le entran a uno ansias de morirse, por la sensación asfixiante que producen juntas la pena y la vergüenza.