El fantasma de las garras de acero

Madrid, 19. El lector que recuerde dos artículos míos de los de esta serie, el último publicado ayer, que llevan por títulos “Madrid objetivo preferente” y “La importancia de una victoria”, podrá por sí mismo, con la simple lectura de la narración del combate que se libró hoy en los alrededores de Navalperal de Pinares, figurarse toda la importancia que concedo al éxito obtenido por las milicias de Mangada, con el muy eficaz auxilio de la Aviación. La importancia, y más todavía la composición de la columna rebelde, demuestra bien a las claras que se le había asignado la arriesgadísima empresa de acercarse a Madrid.

Por primera vez han aparecido entre las tropas facciosas operantes en la Sierra elementos montados. En las crestas donde se desarrolló hoy la lucha no hay terreno a propósito para que maniobre la caballería. Esta, si acaso, tendría papel adecuado en planos más inferiores de la Sierra por la vertiente sur; es decir, en las llanadas que con algunas ondulaciones se extienden más debajo de El Escorial, por un lado, y de Cercedilla, por otro, entre los pueblos de Guadarrama, Villalba y Galapagar, en primer término, y después desde Torrelodones a Las Matas y Las Rozas, donde el campo es más abierto y, de consiguiente, propicio al despliegue de la caballería.

Partiendo del supuesto de que solo en tales parajes podía ser útil la caballería, lógicamente se debe colegir que se abrigaba el designio de llegar hasta ellos, porque de otro modo no cabe explicar que figurasen varios escuadrones incorporados a una columna que únicamente debía batirse en terreno abrupto y escarpado. Juzgando por esos datos, podemos afirmar que el de esta tarde ha sido el intento más serio de avance sobre Madrid, ya que todo lo demás se ha reducido hasta ahora a mantener en cierta actividad determinados núcleos artilleros con el apoyo de fuego de ametralladoras en dos pasos de la Sierra.

El intento lo han frustrado las milicias de Mangada y la Aviación. Tiene, pues, indiscutible trascendencia la victoria. No se trata de un episodio de guerrillas, sino de un combate formal, lo mismo por su larga duración que por la cuantía de las columnas que lo han mantenido y por el objetivo que persiguen los atacantes.

Cada uno de los combates serios que entablan constituye una catástrofe para los facciosos. Hoy les ha vencido un “republicano de toda la vida”, que la frase, a pesar de haber sido tan manoseada, sigue conservando su valor, porque Julio Mangada, este militar con aire de filósofo, no es un republicano improvisado. Por proclamar su fe en tiempos de la monarquía sufrió toda clase de persecuciones, sin que éstas llegarán jamás a arredrar su ánimo; casi estoico, Mangada tiene la audacia del clásico guerrillero español y la serenidad del gran caudillo. Es hombre de armas y de letras, y sus características más acusadas como hombre son la abnegación y la generosidad. Esta noche conversaba yo telefónicamente con su hijo, que le acompaña en sus correrías guerreras. D. Julio se acercó al aparato un instante; pero no para comentar la dura y gloriosa jornada, sino para decir escuetamente esto: “Que me envíen mil quinientos hombres más porque tengo en un frente muy extenso”. Y se retiró sin decir una palabra más. Esta sobriedad pinta un carácter, porque Mangada, habitualmente, es locuaz, de esos que encuentran en la conversación un placer. Pero cuando afanes imperiosos se adueñan de su espíritu administra avaramente la palabra. Sus afanes de esta noche eran atender a los heridos, contabilizar el copioso botín y planear la brega de mañana.

La desesperación del enemigo por su derrota la rebajaron los rabiosos bombardeos aéreos a que se entregó luego sañudamente sobre Navalperal de Pinares, como si quisiera ejercer el derecho del pataleo, pues ya no podía hacer variar estos dos hechos aciagos para él: un objetivo frustrado y una columna poderosa totalmente deshecha.

“Columna fantasma” han dado en llamar por aquí a la de Mangada. El remoquete le viene de su presentación inopinada y sorprendente donde menos se la espera. No podía proceder el apodo de su falta de corporeidad. Bien a su costa, han podido hoy enterarse los sediciosos de que tal fantasma no es una sombra vana, sino que tiene garras de acero.