Madrid 21. Estos días, cada jornada se apunta el Gobierno una victoria. Hoy, al atardecer, ha quedado abatida la resistencia que ofrecía en su acuartelamiento, del antiguo convento de los jesuitas de Gijón, el regimiento de Simancas. No digo que se ha rendido porque, según mis informes, no ha habido tal rendición. Los insurrectos, principalmente oficiales, con el cuartel envuelto en llamas desde hacía doce horas, siguieron defendiéndose dentro de un patio detrás de sacos terreros y murieron matando. Descubrámonos respetuosamente ante sus cadáveres.
Un mes largo ha durado el asedio de los que han sucumbido hoy y cuya defensa era punto menos que imposible desde que se rindió en cuartel inmediato el regimiento de Zapadores. Un mes en que no solo los combatientes, sino la población civil entera de Gijón, ha sufrido las torturas de una lucha espantosa en la cual los bombardeos del Almirante Cervera causaron víctimas inocentes y ocasionaron daños cuantiosos. Y estos estragos ¿para qué? Para sostener la resistencia de los que desde el momento de quedar sitiados estaban perdidos.
Entre las primeras noticias que llegan del asalto al cuartel hay una espeluznante, la de que los asaltantes hallaron amarrado en escondido calabozo el cadáver de un capitán, único oficial que se negó a secundar la sublevación. Sus compañeros, por lo visto, le sacrificaron, pero estas notas han de ser comentario y no narración, y por eso voy a prescindir de todo relato detallado del suceso.
Simancas era una de las unidades de infantería mejor dotadas. [José María] Gil Robles, desde el Ministerio de la Guerra, puso especialísimo empeño en dotar magníficamente a estas fuerzas, cuyo armamento era copioso y moderno. El regimiento quedó hoy aniquilado. Probablemente entre la inmensa hoguera que desde las nueve de la mañana constituía el cuartel, se habrá destruido gran parte del material. Las continuas detonaciones que sonaban dentro parecían obedecer a la explosión de granadas y cajas de cartuchería; pero, aun así, algún armamento estará a salvo. En busca de él andan a estas horas quienes habiendo producido por la mañana el incendio se dedican afanosos por la noche a sofocarlo, a fin de que no se pierda todo el botín.
Que se recoja mucho o poco armamento en el cuartel de Simancas es cosa secundaria. Lo importante es que extinguido ese foco el coronel Aranda está totalmente solo en Asturias, porque maldito si le sirve de compañía útil la pequeña columna que procedente de Galicia está embotellada por los mineros desde hace bastantes días en el difícil y sinuoso camino del puerto de La Espina. A estas tropas gallegas las cogerá inmovilizadas en aquel abrupto lugar la noticia de la rendición de Oviedo, como las habrá cogido hoy el mensaje del aniquilamiento de Simancas, y acaso su mando dé en meditar si no le sería más conveniente volver grupas en busca de sus, por ahora, plácidas guarniciones, en vez de intentar la prosecución de un avance notoriamente imposible. Para cortar el paso a esa columna y para cerrarlo a los núcleos mucho más insignificantes que asoman por Pajares y Leitariegos, los mineros necesitan poquísima gente. Se lo da todo hecho el terreno.
Destruidos los focos de la revuelta en Gijón, de cuyos cuarteles solo quedan escombros, el esfuerzo del proletariado asturiano, que con tanta cautela ha sabido contener sus impaciencias, se concentrará sobre Oviedo. ¿Habrá allí también una resistencia a la desesperada, o se rendirá Aranda perdida toda esperanza de socorro? Serán pocos los días que falten para trocar el apretado cerco en furioso ataque si el coronel no se rinde, y entrarán en juego la artillería, la aviación y esa arma terrible que es la dinámica en manos de los mineros, que la encienden con sus pitillos como si se tratara de cohetes de romería. ¿Habrá también en Oviedo otro derroche de heroísmo inútil? Pronto vamos a verlo.