Inhibición en pugna con sagrados compromisos

Madrid, 28. Aunque con poca eficacia, el enemigo se entrega estos días a exhibiciones de aviación en el Norte, Centro y Sur. En esas exhibiciones figuran flamantes aparatos de modelos muy modernos. ¿Quién se los proporciona? Porque, indudablemente, él no los fabrica. Pues se los proporcionan algunas naciones de las que, invitadas por Francia, parecen haber asentido a la fórmula neutral de “no intervención”.

El auxilio de estos países a los insurgentes es cosa que no ofrece duda alguna. Hay hechos que lo demuestran de modo incontrovertible y de cuya enunciación prescindimos ahora. A lo sumo, puede surgir la duda respecto a si ese auxilio consiste en simple tolerancia para la provisión de material de guerra a Empresas privadas o si se extiende a una protección directa a los propios Gobiernos. No me atrevo a sentar afirmación rotunda sobre este extremo, ni siquiera basándome en documento autógrafo de uno de los caudillos de la rebelión que llevaba consigo un jefe sedicioso cuyo cadáver fue hallado en Extremadura, documento que hablaba de la perentoriedad de entrega de determinados elementos ofrecidos por persona cuyo nombre corresponde al de cierto militar extranjero tan conocido en Madrid por el puesto oficial que aquí desempeñó.

Desde luego, el material de aviación desembarcado en Cádiz, transportado a Sevilla por ferrocarril y montado en el aeródromo de Tablada por técnicos extranjeros a los cuales, según parece, se les ha enrolado en el Tercio; el material que conducido por otro buque del mismo pabellón no pudo ser desembarcado en España y lo está siendo en puerto extranjero; el recibido directamente en Marruecos y el que ha debido de arribar estos días a Coruña, importa cifra muy considerable que sobrepasa los recursos de que, según mis cálculos, podían disponer los facciosos. Pero quizá estos cálculos hayan sido erróneos, quedándome yo muy por bajo de la realidad, y que los rebeldes dispusieran de fondos bastantes para tan cuantiosas inversiones. Sea de una forma o de otra, lo indudablemente cierto es que los insurrectos reciben del extranjero material de guerra y personal apto para su manejo, lo cual revela la torpeza diplomática cometida por Francia al apadrinar su ya famosísima fórmula de neutralidad, cuyos resultados prácticos son —no podían ser otros— que los países amigos de España se desentiendan de su obligación de apoyar a nuestro Gobierno legítimo y que las naciones simpatizantes con el movimiento insurreccional apoyen éste con poco o ningún disimulo.

¿Cómo deshacer la tremenda injusticia que supone esta realidad? Ya acusé días atrás el carácter universal de la batalla, una de cuyas etapas se está cubriendo ahora en España. Tenemos derecho quienes aquí resistimos la acometida del fascismo a la solidaridad de la democracia del mundo entero; pero no a una solidaridad platónica que tiene por mera expresión mensajes de simpatía, sino a una solidaridad que se traduzca en apoyos efectivos. No reclamamos otros apoyos que los estrictamente legítimos, es decir, los reconocidos por el Derecho internacional a todo Gobierno legalmente constituido. Estos apoyos son los que debe lograr la solidaridad a la que apelamos. ¿Cómo? Presionando las masas de los países demócratas a sus respectivos gobiernos para que enmienden el yerro en que han incurrido y por el cual nos niegan los medios de lucha que naciones de régimen autoritario conceden a manos llenas a nuestros enemigos. Exigimos, simplemente, una conducta lícita frente a un proceder ilegítimo.

Tengo dicho desde el primer instante que vencería quien dispusiera en mayor cantidad de elementos modernos de combate. No podía figurar entre estas suposiciones la de que no les fuesen concedidos dichos elementos al Estado español, la de que internacionalmente se le creara una situación de asfixia. Para mí esto era inconcebible, aunque la realidad quiera demostrarme lo contrario.

Cuando el Gobierno francés se decidió a proclamar una neutralidad tan equívoca como injusta, di desde estas mismas columnas la voz de alarma. Hoy son ya muchas las voces que se alzan clamorosamente en Europa contra tan absurda actitud. Ese clamor, seguramente, ha formado una convicción en las masas. Pues bien, es preciso que tal convicción se exprese en resoluciones congruentes con ella adoptadas por los Gobiernos. Y esto lo pedimos en nombre del pueblo español que, al defender su libertad defiende también la de los demás pueblos amenazados del mismo azote. Vencerá, repito, quien disponga de más elementos modernos de combate. Que no se nos nieguen a nosotros aquellos a que moral y legalmente tenemos derecho. Y, sobre todo, que no se nos brinde a título de amistad con inhibición que pugna con sagrados compromisos.

Etapas de una batalla universal

Madrid, 26. He oído relatar al teniente coronel [Luis] Romero, jefe de las fuerzas españolas de Larache, la dramática odisea que ha constituido su evasión por la zona francesa de Marruecos, y he encontrado en el relato, no solo la explicación de ciertos fenómenos de carácter internacional en orden al desamparo en que se deja al Gobierno legítimo de España, sino lo que es aún mucho más interesante, la significación mundial de la guerra civil española.

Visto a través de las peripecias sufridas por el bravo jefe español, se nos presenta nuestra guerra como un episodio, desde luego el más sangriento de todos, de la formidable lucha entablada en Europa entre la democracia y el autoritarismo.

Romero, jefe leal, se ve obligado, por la defección de los oficiales bajo su mando, a abandonar Larache y trasladarse al pueblo fronterizo de Arbaoua, zona francesa. Le son necesarias muy pocas horas para descubrir, bajo algunas cortesías, que se halla entre sus colegas de Francia, no en calidad de huésped, sino como prisionero. Cuando quiere aclarar su situación encuentra confirmadas estas sospechas. Efectivamente, es un prisionero. Así se lo manifiestan de modo rotundo. Pregunta el motivo de su detención y nadie sabe descírselo, pues todos se excusan en el cumplimiento de órdenes superiores. Mas, ¿en qué pueden basarse semejantes órdenes? Difícil sería encontrar motivos razonables para ellas. Se trata de un jefe adicto al Gobierno de un país amigo que ha buscado refugio en territorio del Protectorado francés. No cabe la más mínima duda sobre su identificación siendo, como es, la autoridad de una zona limítrofe. Pues, a pesar de todo, Romero no es huésped, sino prisionero.

Hay más; mientras a él se le prende, los oficiales facciosos, los que se levantaron en armas contra el Estado español, entran y salen libremente por Arbaoua, recorren el Protectorado francés y se aprovisionan ampliamente en sus plazas, donde se forman con presteza trenes y convoyes cargados de vituallas para los rebeldes. El teniente coronel Romero no acierta a concebir trato tan desigual. A su juicio, a quienes se debe prender en Arbaoua es a los oficiales rebeldes que habían querido asesinarle, y no a él. Aun le parece más fuera de las normas internacionales el descarado aprovisionamiento de los insurrectos españoles en territorios que están bajo el Protectorado de Francia.

Romero va luego encontrando, si no la explicación jurídica de estos hechos, que no pueden tenerla, otra que mana de una realidad que se le presenta cada vez más clara en los días de su cautiverio, a lo largo de las conversaciones con quienes le tienen detenido. Aquellos militares franceses son también fascistas y contemplaban con vivísima simpatía el movimiento sedicioso iniciado en el Marruecos español. No solo por afinidad espiritual, sino, además, por ver en nuestra lucha el prólogo de una contienda idéntica en Francia, y estimar que el triunfo del fascismo español será anticipo de análoga victoria en su país.

“A nosotros —llegó a decir a Romero uno de sus guardianes— nos interesa mucho que vuestra guerra civil dure, cuando menos, un par de meses más hasta que se reanuden las sesiones de nuestro Parlamento, porque entonces, bajo la presión de los éxitos que lograran los militares españoles sublevados, caerá el Gobierno de judíos que preside León Blum”. Y como Romero acogiese estas palabras con gesto de asombro, creyéndolas la expresión de un criterio personal exaltadísimo, su interlocutor las confirmó añadiendo: “Aquí, en Marruecos, todos los oficiales franceses pensamos de esa manera”.

Cuanto a mí me había referido Romero, quise que lo repitiera ante Herman, redactor de Le Populaire, el periódico parisino desde el cual León Blum adoctrina a diario a los socialistas galos. Herman no acusó gran sorpresa. Por el contrario, asentía a lo que Romero iba narrando. A lo visto, no le descubría esto ningún secreto en cuanto al estado de ánimo de la oficialidad francesa residente en Marruecos, que acaso sea también la de buena parte de la que guarnece la metrópoli.

Mientras oía a Romero, recordaba yo la jornada del 14 de julio del año último en París. Por la mañana, en la avenida de los Campos Elíseos, desde el balcón de las oficinas del diario argentino La Nación, presencié la ceremonia oficial, consistente en el desfile militar ante el presidente de la República y el Gobierno. Por la tarde, desde los ventanales del entresuelo de un café de la plaza de la Bastilla, vi la colosal manifestación del Frente Popular, triunfante después en las urnas, y aún tuve tiempo, atravesando en automóvil la recia barrera que formó la Guardia móvil, dividiendo París en dos mitades, de volver a los Campos Elíseos para contemplar el paso ante el Arco del Triunfo de los “Cruces de Fuego”, presididos por el coronel La Rocque. Pude ese día, recogiendo el espíritu palpitante en aquellos actos, darme cuenta de que Francia se hallaba profundamente escindida, como lo estaba ya España, y teniendo cada sector la misma significación política y social de los que aquí se han lanzado a una furiosa pelea. Por la plaza de la Bastilla pasaron ante mí multitudes obreras (hombres, mujeres y niños) frenéticas de entusiasmo, alzando el puño y entonando himnos proletarios. Por la majestuosa avenida que va desde la plaza de la Concordia a la de la Estrella, desfilaron luego en correcta formación, muchos con el pecho constelado de condecoraciones guerreras, los voluntarios del fascismo, y entre ellos muchos sacerdotes. Igual que aquí.

El recuerdo de estos espectáculos inolvidables de hace un año —frío y ceremonioso, el de la mañana, y apasionados e impresionantes los de la tarde— y el relato que acabo de escuchar de labios del teniente coronel Romero, me dicen que asistimos a una batalla universal entre la democracia y la reacción, batalla gigantesca que, naturalmente, tiene diversas etapas. La que ahora cubre España es, desde luego, mucho más sangrienta que las de Italia, Alemania y Austria. No sabemos cómo serán las etapas que hayan de sobrevenir en otras naciones.

Un amigo de España

Madrid 20. El embajador francés en Madrid ha recorrido con el gobernador civil de Guipúzcoa [Antonio Ortega] y varios periodistas extranjeros aquellos lugares de San Sebastián damnificados por el bombardeo aéreo y naval. Ha testimoniado su protesta por tales agresiones contra una ciudad abierta y turística que nada tiene de plaza militar, y ha encabezado con quinientas pesetas la suscripción a beneficio de las víctimas. Es este un acto amistoso digno de gratitud, que le ha sido rendida públicamente al representante de Francia por el gobernador en una cariñosa nota expandida por la radio.

Monsieur Herbette es un gran amigo de España, y acaso lo sea por conocerla bien. Ningún diplomático extranjero de los acreditados cerca del Gobierno de la República está mejor enterado de nuestras cosas que el embajador francés. Este, fiel a su antigua profesión de periodista, sigue aferrado a una gran avidez informativa. Nadie tan constante como él en la tribuna diplomática del Congreso, ni nadie entre sus colegas tan afanoso de escudriñar en los fenómenos de la política española.

Otra singularidad para nosotros simpática concurre en el embajador francés: su amor a la democracia. Porque, bueno será decirlo de pasada, la República española tuvo muy poca suerte con las delegaciones diplomáticas extranjeras, que en su gran mayoría las personificaron hombres tras cuya corrección se adivinaba desafecto o, cuando menos, poca simpatía por el nuevo régimen. En eso ha venido siendo Monsieur Herbette una de las muy contadas excepciones. Quizá por ello los gobernantes del bienio negro quisieron, aunque inútilmente, desplazarle de España.

Hablaba yo una tarde de invierno de 1934 con Herriot en el despacho de ministros de la Cámara de Diputados francesa, y al indicarle que Herbette podía ser en Madrid intérprete de ciertas indicaciones, Herriot me interrumpió moviendo en ademán negativo la mano derecha con que tenía sujeta la pipa. Herbette, según el ministro, no era el hombre adecuado para la gestión, porque precisamente el Quai d’Orsay había tenido que resistir las sugestiones del Gobierno español para que fuese reemplazado.

El acto amistoso que realizó monsieur Herbette en San Sebastián, ¿cabe interpretarlo como un rasgo puramente personal o tiene todo el alcance que le puede atribuir la representación que ostenta quien lo ha verificado?

Me inclino a creer que la iniciativa corresponde de modo exclusivo a D. Jean Herbette, testigo muy cercano desde su residencia veraniega de Fuenterrabía de grandes excesos de los facciosos; pero bajo la plena seguridad de que al proceder como procedió interpretaba los sentimientos de su Gobierno. Acaso ha hecho lo que ha hecho como un lenitivo, como un consuelo, cubriendo con su noble gesto el hueco abierto por actitudes irresolutas, vacilantes y, desde el punto de vista del Derecho Internacional, injustificadas en absoluto. Me duele decirlo, pero no sé callarlo.

De la jornada de hoy recojo como nota destacadísima, más aún que la de las dos nuevas derrotas infligidas a los rebeldes en la Sierra de Guadarrama, donde esta mañana hicieron un desventurado debut los moros que funestos caudillos han traído a España para imponer la civilización, el respeto a la familia y el amor a Dios, esa de los “requetés” que desertan en las líneas de combate guipuzcoanas pasándose directamente a nuestras tropas o atravesando la frontera. Las deserciones venían teniendo como únicos autores a los soldados que, eso sí, no desaprovechaban coyuntura para huir de la opresión a que les tienen sometidos los jefes sediciosos; pero el hecho de que les imiten ya quienes se alistaron de manera voluntaria y llenos de bríos en la facción significa que se está agrietando profundamente el “castillo de ilusiones” —¡trágicas ilusiones! — levantado por unos cuantos insensatos.

Ya dije que descartados los efectos de sorpresa en la intentona, el tiempo había de correr a favor del Gobierno. Y a favor del Gobierno corre; pero habría sido mucho mayor la velocidad si escrúpulos absurdos, que ni política ni jurídicamente podrán justificarse jamás, no hubiesen asaltado a ciertos Gobiernos en orden al cumplimiento de compromisos generales a todos ellos, pero que de modo especialísimo obligaban y obligan a uno determinado. Mediante el cumplimiento de dichos compromisos, es muy probable que a estas horas estuviese sofocada la rebelión y no siguiera desangrándose España. Aunque bien intencionada, la actitud de Francia, como tengo ya reconocido, no deja de ser errónea y candorosa. Su invitación a la neutralidad —una neutralidad equívoca— equivale en estos tiempos de deslealtades internacionales a atar las manos de quienes, no ya por solidaridad, sino en su propio interés, debieran auxiliar al Gobierno español legítimamente constituido, y a dejar libres las de quienes por simpatía política, y principalmente porque les abriría la puerta a su ambición imperialista, desean sustituir la actual República democrática española por un régimen de autoritarismo reaccionario.

Esa torpeza obliga a nuestro Frente Popular a centuplicar su esfuerzo. Cuando triunfe podrá registrar, como apéndice de su victoria, el haber liberado a Francia de un azote tan terrible como el que ahora padece España. Porque si aquí llegará a vencer el fascismo, que no vencerá, ya veríamos cuánto tardaba en estallar en tierra francesa una insurrección análoga a esta contra la cual peleamos nosotros.

Quizá por pensar así, pero guardando dentro de su pecho el pensamiento, Monsieur Herbette conmovió ayer a los donostiarras, tan afrancesados de suyo, con tan noble gesto. Mas sea por lo que sea, hay que agradecerle acto tan significativo a este buen amigo de España.

Una neutralidad incomprensible

Madrid, 6. Dentro de las vastísimas zonas de mi ignorancia está incluido cuanto se refiere a la diplomacia. Jamás pude entender sus sutilezas. Alguna vez que con todo el esfuerzo de mi inteligencia he querido traducirlas, mi fracaso ha sido completo, porque levantando la vista de los papeles de supuestos y diversos colores —el Libro Azul, el Libro Amarillo, el Libro Rosa…— y poniendo los ojos en la realidad, me ha parecido todo lo escrito una serie de sorprendentes paradojas, muchas de ellas teñidas de sarcasmo. La pugna entre los compromisos solemnes pactados y el proceder de las “altas partes contratantes”, como diríamos en lenguaje cancilleresco, ha sido constante. En realidad, aquella brutal frase alemana de 1914 diciendo que un Tratado internacional era simplemente un “chifon de papier”, frase con la cual se quiso justificar la violación del respeto ofrecido a la neutralidad belga, no pasaba de ser, aunque en forma cínica, la expresión de una gran verdad que frecuente y dolorosamente hacían sentir los fuertes a los débiles. La única modalidad nueva que cabe registrar desde entonces, cual si hubiese sido iniciada por la dañosa e histórica frase, es un mayor desenfado en el incumplimiento de los Tratados cuando no conviene cumplirlos. Ahí está como ejemplo vivo de ello esa pobre Sociedad de Naciones que tantas ingenuas esperanzas suscitó al nacer y que está amenazada de sucumbir envuelta en el ridículo.

La confesión previa de mi desconocimiento en cuanto a la diplomacia concierne, acaso prive de todo valor lo que voy a decir seguidamente: no he podido desentrañar el sentido de la declaración de neutralidad que, a instancias del Gobierno francés, vienen formulando algunos países europeos con respecto a la lucha que sostenemos en España. Creía yo que una declaración de este género solo era pertinente en una guerra entre dos países, pero me parecía absurda —y en mi ignorancia sigue pareciéndomelo, aunque la iniciativa haya salido de centro tan ducho como el Quai d’Orsay— cuando se tratase, como ahora, de una contienda interior.

No dudo de las bonísimas intenciones del Gabinete de París, dentro del que tengo excelentes amigos; pero me atrevo a afirmar que esa invitación suya, siquiera esté paliada por el último párrafo del acuerdo en que aparece contenida, constituye un equívoco, porque ante cualquier mirada perspicaz, y mejor aún, ante cualquier mirada traviesa, de las que abundan entre los diplomáticos, semejante declaración puede equivaler, hasta cierto punto, al reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes.

Conste que no late entre estas consideraciones, probablemente heréticas, el deseo de que Francia, Inglaterra, ni ningún otro país, intervengan en nuestros problemas internos; pero lo que quiero decir es que, según mi saber y entender, no puede darse el mismo trato al Gobierno legítimo de una nación amiga y a quienes se levanten en armas contra él. Y si esa declaración de neutralidad sirve para considerar en el mismo plano de respeto a quienes representan la legalidad y a quienes encarnan la subversión, diré que no me parece justa. He aquí un razonamiento que se me viene a los puntos de la pluma, escoltado por muchos recuerdos: no se es neutral, por lo visto, cuando la subversión resulta pequeña; pero se proclama la neutralidad cuando la subversión llega a ser grande. Pues bien, la regla inflexible del deber no puede admitir gradaciones. Una subversión, por extensa que sea, no justifica que los países amigos establezcan, por lo que a España se refiere y en lo que afecta a determinados provisionamientos, sistemas distintos a los establecidos antes de que la subversión estallara. Tan legítimo y tan preponderante debe ser para ellos ahora el Gobierno de la República como lo era hace un mes. Y, consiguientemente, no puede haber la más mínima incorrección en suministrarle lo que sin impedimento alguno se le venía suministrando.

Supongo que la declaración de neutralidad que gloso en estas líneas con demasiado atrevimiento no significa alteraciones como las que apuntadas quedan, porque si las ocasionara sería medir con el mismo rasero al Poder legalmente constituido y a quienes se alzan subversivamente contra él. Y para un ignorante como yo, una neutralidad así entendida resultaría absolutamente incomprensible.