Fotografías y papeles

Madrid, 1. El reporterismo gráfico, el elemento más sugestivo de la Prensa moderna, tiene ahora ancho campo en nuestra guerra civil. Los periódicos publican multitud de clisés que reproducen escenas heroicas, escenas sentimentales, escenas patéticas y hasta escenas cómicas. Y es que la guerra civil, aun dentro de su terrible espanto, no desdeña lo bufo. Es muy difícil hallar tragedia alguna que esté enteramente limpia de toda faceta ridícula. La vida es así, incluso cuando se deshace en desgarrones sangrientos.

A partir de julio no había visto yo en las páginas periodísticas otras instantáneas guerreras que las obtenidas en los frentes leales. Es hoy cuando he tenido ocasión de ver por primera vez placas impresionadas en el campo rebelde. Las contemplo curiosamente mientras llega hasta mí el eco de tambores y cornetas, de canciones proletarias, de vítores y aplausos, el eco, en fin, del estruendo que produce el desfile interminable de las juventudes agrupadas militarmente.

Cae la tarde. El sol, al retirarse, decora de modo fantástico el cielo, tachonando su fondo azul con otros colores maravillosos, anaranjados y rojos, cual si se incendiara el firmamento. Es el mismo cielo desde el que se siembra la muerte. Quizá cuando estos colores espléndidos los anegue la oscuridad, vuelvan los aeroplanos, como el viernes y como anoche, a arrojar sobre Madrid bombas cargadas de trilita. Tan magnífica puesta de sol reclama la augusta soledad del campo. Desde luego, riñe con el estruendo callejero que promueve la multitud enardecida.

Luego de ensoñar unos minutos mirando hacia arriba desoyendo el barullo, mis ojos se vuelven sobre las hojas satinadas que antes curioseaba. Son las del último número de la revista inglesa The Sphere. En gran parte está consagrada a la guerra civil española, actualidad máxima en el mundo entero. Vistas de puentes destruidos, de casa derrumbadas, de guerrillas en despliegue, de heridos, de prisioneros… Nada de esto nos llama la atención. La visión del desastre de nuestra España reviste ya cierta monotonía. Un hecho aislado de esos que en multitud ha recogido el objetivo nos causaría impresión. Su agrupamiento parece dejarnos insensibles. Acaso la capacidad para el dolor sea muy poco elástica y se rompa, originando el embotellamiento moral cuando las causas del dolor son muchas.

Nuestra atención se concentra en instantáneas más singulares. Una de ellas nos presenta alineados al obispo de Madrid-Alcalá, a varios canónigos más y a algunos jefes rebeldes delante de hileras de tropas sediciosas, presidiendo una ceremonia en Vigo. Otra de las fotografías reproduce la escena de una misa de campaña en el frente guipuzcoano, escena en la cual el paisaje, la figura de oficiante y la traza de los fieles evocan las luchas fratricidas del siglo XIX en el País Vasco. Por último, dos grabados soberbios en que vemos a los generales Cavalcanti, Franco y Mola dirigiéndose a la catedral de Burgos y saliendo del templo, al que concurren rodeados de séquito numeroso y entusiasta para asistir a misa.

Estos documentos gráficos revelan la íntima compenetración entre la iglesia católica y los rebeldes, exactamente lo mismo que en las antiguas carlistadas. La iglesia no ha querido permanecer neutral en esta contienda pavorosa. Se ha sumado a uno de los bandos y le ha cubierto de bendiciones. No ha querido seguir en esta ocasión, como no las ha seguido en otras, las cautas normas de Roma, de acatar en todo país el régimen legalmente constituido. Aun había, además de esta, otra posición muy discreta, la neutralidad; pero también ha sido despreciada por los representantes de la iglesia, que han preferido alistar a ésta como beligerante. Lo que pueda subsistir de los intereses del catolicismo en España cuando la legalidad triunfe, se reducirá a aquella parte del clero que no ha rehuido la verdadera significación del sacerdocio.

Pero The Sphere, con buen arte periodístico, ha sabido destacar, colocándola de portada, la fotografía más interesante de su reportaje. Aparecen en ella varios rifeños de los que Franco nos ha traído como garantía del más fino respeto a los principios de la civilización cristiana. Los moros están retratados en Burgos. Se tocan con fez y llevan adherida a la guerrera la estampa del Sagrado Corazón. Seguramente que la católica alegoría ha sido prendida sobre los pechos musulmanes por piadosas damas burgalesas.

¿No tiene todo esto un regusto de herejía, y hasta de escarnio? Si Isabel la Católica puede atalayar desde la gloria a la morisma en tierras castellanas, creerá que fue un sueño su vida terrestre, que culminó en la derrota de los infieles. ¿Cómo podían hallarse ahora los moros en Castilla si ella los arrojó incluso de Granada? ¿Y qué dirá el Cid Campeador en su mansión celestial, adonde le habrán llevado sus proezas contra los sarracenos enemigos de Dios, al verlos nada menos que en su tierra nativa de Burgos?…

Hago sitio en estas notas para recibir a un amigo que me trae una chapa metálica y unos pisapapeles ensangrentados. La chapa es la de un avión italiano que ayer fue derribado. Los papeles, moteados de sangre, son órdenes fechadas el 29 de agosto bajo la firma: “El general jefe del Aire, A. Kindelán”. Entre los papeles hay una tarjeta que sirve para identificar al aviador, también italiano, que fue hallado cadáver. La tarjeta contiene unas líneas de efusiva salutación “al aviatore romano Ernesto Mónico, en prueba de afecto, en recuerdo de su hallazgo por los montes la noche del 22 de agosto de 1936”. Y en la cartulina, en caracteres impresos, el nombre y la dirección de quien envía el saludo: “Miguel Matías Moriñigo, párroco de Cabeza de Diego Gómez (Salamanca)”.

Seguramente, este clérigo que anda por las montañas en días de guerra va por ellas empuñando un fusil. Cuando sepa el trágico fin del aviador venido desde Roma, como los moros vienen desde el Rif, a matar españoles, ¿le darán tiempo los menesterosos guerreros al montaraz párroco salmantino para encomendar a Dios en una oración a su amigo el aviatore romano?

Recapitulación

Madrid, 31. Al concluir el mes de agosto, se nos ocurre echar una mirada retrospectiva de los acontecimientos desde que la subversión estalló, procediendo a una recapitulación sincera.

Dos méritos cabe atribuir a los rebeldes: primero, el de haber conseguido traer a la Península parte el ejército de África; segundo, el de lograr después la unión de sus fuerzas del Sur y del Norte, a través de Extremadura. No hallamos otras cosas de relieve que registrar en su favor después de la fecha en que surgieron las insurrecciones en los territorios de África y en los peninsulares.

Estos dos éxitos solo han sido posibles por la acumulación de material de guerra moderno y abundantísimo procedente de dos naciones extranjeras y por el auxilio, en forma indirecta, de una tercera. La escuadra española, poniéndose al lado del Gobierno después de reducir la marinería a los jefes y oficiales que, según testimonios que obran en el sumario, estaban comprometidos desde el mes de marzo, impidió el paso de tropas de Marruecos. Solamente al amparo de la sorpresa que produjo el estallido, llegaron fuerzas, muy escasas, de Regulares indígenas y Tercio a bordo del Churruca. Luego, el transporte se siguió haciendo, aunque lenta y difícilmente, por el aire, de Tetuán a Algeciras y Sevilla, utilizando los trimotores de que disponían los rebeldes; pero cuando la aviación de éstos se reforzó con aparatos de marca italiana y este refuerzo pudo entorpecer la acción vigilante de nuestros buques de guerra, se consiguió que el España número 5, muy protegido desde el aire, llevase de Ceuta a Algeciras unos contingentes numerosos de tropas marroquíes.

Situadas estas tropas en Andalucia, hubieron de esperar allí otro auxilio extranjero eficacísimo para avanzar hacia Mérida. Su avance se inició luego de montar en el aeródromo de Tablada los aviones alemanes desembarcados en Cádiz, y bajo la protección de escuadrillas formadas por aparatos modernísimos y el empleo en tierra de material de la misma procedencia, se verificó la conjunción entre las fuerzas rebeldes del Sur y del Norte, lo cual ha permitido la exhibición, más espectacular que efectiva, de moros y legionarios en las cercanías de Madrid, en Guipúzcoa y en otros territorios.

Ahí termina el capítulo de triunfos de los rebeldes, frente al cual cabe alinear, no solo sus fracasos, sino las victorias de las tropas leales. Los fracasos más sobresalientes están constituidos por sus reiterados intentos de apoderarse de Madrid y aislar a Guipúzcoa, cortando las comunicaciones, por un lado, con la frontera francesa, por otro con Vizcaya y, de consiguiente, con todo el resto del Cantábrico. En persecución de tales objetivos se han librado combates muy reñidos en la Sierra de Guadarrama, en las cercanías de Irún y en las proximidades de Tolosa. De la dureza con que ha sido castigado el enemigo dan fe los prisioneros que se le han hecho. Madrid sigue indemne y Guipúzcoa mantiene las dos comunicaciones que se le han querido cortar.

Procedamos ahora a enumerar los éxitos correspondientes a las tropas leales. A partir de haber ahogado victoriosamente la subversión en Madrid y Barcelona, fueron tomadas sucesivamente Alcalá de Henares, Guadalajara, Toledo y Albacete. Se hizo frustrar la sublevación que amenazaba en Valencia y Murcia. Se obtuvo la rendición de los cuarteles de Loyola en San Sebastián. Se batió la resistencia de los regimientos de Zapadores y de Simancas, en Gijón. Se reconquistaron las islas de Ibiza y Mahón, y se inmovilizó a gran parte del ejército sedicioso mediante los sitios de Oviedo, Córdoba, Granada y Zaragoza.

Con ser numerosas las fuerzas sublevadas, su acción ofensiva se limita a tres frentes: el de Extremadura, el de Madrid y el de Guipúzcoa. Esta acción la sostiene, no con sus propios medios, sino con los ajenos, tan copiosamente suministrados.

Puede decirse, en rigor de exactitud, que la guerra civil se encuentra ahora en un periodo casi estacionario, y estos últimos días parece desvaírse (no podemos emplear con justeza el verbo extinguir) el ímpetu que los caudillos de la rebelión sintieron ante la recepción de tan poderosos auxilios. Así comienza este mes de septiembre, tercero de la bárbara sangría española.

Consideraciones sobre el espionaje

Madrid, 27. Reportajes, Memorias y monografías nos han puesto en antecedentes de los ingeniosos ardides que emplearon en la gran guerra para el espionaje, que tuvo a su servicio agentes audaces y talentudos. Aquel Poiré que allá por el año 19 inició en el placer de la aviación a varios millares de bilbaínos, se dedicó durante la guerra europea a realizar vuelos nocturnos, situando en campo enemigo espías disfrazados de campesinos, en cuya busca regresaba al cabo de tres o cuatro días para que llevaran al cuartel general los informes recogidos durante sus arriesgadas excursiones.

El espionaje en las guerras civiles no necesita de tante intrepidez. Es infinitamente más fácil. Fijémonos en esta de España. En cada una de las poblaciones no dominadas por la facción hay muchos habitantes que la rinden su simpatía. Todos ellos sienten de modo natural la tentación del espionaje, y la mayor parte pueden ejercerlo sin peligro. Trabados entre sí por relaciones particulares y políticas, constituyen tupidas redes en las que hay constante cruce de noticias. Estas informaciones sirven de modo perfecto al enemigo, que las utiliza para sus fines.

Aun habiendo sido grande la limpia hecha en los centros ministeriales y administrativos, a buen seguro que continúan adscritos a ellos gentes que están de corazón con los facciosos. Las informaciones provechosas para el enemigo están, pues, en medio de la calle y no hace falta sagacidad alguna para captarlas. El único problema es el de su transmisión, y maldito si en estos tiempos ofrece dificultades, habida cuenta la extraordinaria sencillez que han llegado a alcanzar las comunicaciones inalámbricas. Las más inocentes charlas radiofónicas pueden, mediante clave, convertirse en sistemas magníficos de aviso. De modo que el espionaje en la ciudad es sencillo, cómodo y hasta tranquilo. Únicamente en los frentes ofrece ciertos peligros, pero tampoco es imposible, porque en el ejército irregular de las milicias son fáciles las filtraciones.

Durante los primeros días de combate en la Sierra, los periódicos publicaron el retrato de una linda muchacha que acopiada a diversos grupos de milicianos aparecía tan pronto en un frente como en otro. Multiplicaron los elogios a su heroísmo, con esa prodigalidad y esa hipérbole tan propias del periodismo. Pues bien; esa muchacha, como luego se comprobó, era una espía. La Campsa tuvo, al principio de la subversión, dificultades, ya felizmente vencidas, respecto al aprovisionamiento de la gasolina etilada que consumen los aviones más veloces. Es indiscutible que esos obstáculos, surgidos en el extranjero, se provocaron merced a un espionaje realizado desde dentro de la misma Campsa, pues nadie fuera de la Empresa podía conocer los contratos que ésta tenía pendientes de cumplimiento, las cantidades y los puertos de embarque.

Lo más sorprendente en punto a espionaje es lo que voy a referir. Cierta noche, la radio facciosa de Sevilla hizo público que se había acordado el relevo del general Miaja, jefe de la columna de ataque contra Córdoba. El propio general lo oyó desde las inmediaciones de Córdoba, donde se encontraba. No lo creyó, porque nadie le había dicho nada; pero al día siguiente recibió la orden de presentarse en Madrid, y aquí se le notificó que había sido trasladado a otro puesto. Antes de que saliera la orden del ministerio la conoció el enemigo.

La mitad del éxito en una guerra puede provenir de la buena información. De un lado la malicia y de otro la inconsciencia parecen ahora empeñadas en proporcionarle lo que necesita al enemigo. El entusiasmo nos lleva a todos a la imprudencia. El domingo último me pasé la tarde temblando mientras la radio transmitía a toda España los discursos que se pronunciaban en el campo valenciano de Mestalla y se hacía eco de las ovaciones y los vítores de la inmensa muchedumbre allí congregada. ¿Cabe imprudencia más fantástica que esta de reunir apiñados a cien mil izquierdistas en un campo abierto, donde la aviación enemiga, advertida previamente o enterada luego por la misma radio, pudo hacer una espantosa carnicería?

Seamos cautos y prudentes y contengamos en lo posible nuestra característica locuacidad. La fórmula es muy sencilla: nadie debe saber nada en que no tenga que intervenir personalmente. Cualquier lenguaraz, aun sin proponérselo, puede ser un confidente peligroso, y en las guerras civiles suele haber más espías que combatientes.

Etapas de una batalla universal

Madrid, 26. He oído relatar al teniente coronel [Luis] Romero, jefe de las fuerzas españolas de Larache, la dramática odisea que ha constituido su evasión por la zona francesa de Marruecos, y he encontrado en el relato, no solo la explicación de ciertos fenómenos de carácter internacional en orden al desamparo en que se deja al Gobierno legítimo de España, sino lo que es aún mucho más interesante, la significación mundial de la guerra civil española.

Visto a través de las peripecias sufridas por el bravo jefe español, se nos presenta nuestra guerra como un episodio, desde luego el más sangriento de todos, de la formidable lucha entablada en Europa entre la democracia y el autoritarismo.

Romero, jefe leal, se ve obligado, por la defección de los oficiales bajo su mando, a abandonar Larache y trasladarse al pueblo fronterizo de Arbaoua, zona francesa. Le son necesarias muy pocas horas para descubrir, bajo algunas cortesías, que se halla entre sus colegas de Francia, no en calidad de huésped, sino como prisionero. Cuando quiere aclarar su situación encuentra confirmadas estas sospechas. Efectivamente, es un prisionero. Así se lo manifiestan de modo rotundo. Pregunta el motivo de su detención y nadie sabe descírselo, pues todos se excusan en el cumplimiento de órdenes superiores. Mas, ¿en qué pueden basarse semejantes órdenes? Difícil sería encontrar motivos razonables para ellas. Se trata de un jefe adicto al Gobierno de un país amigo que ha buscado refugio en territorio del Protectorado francés. No cabe la más mínima duda sobre su identificación siendo, como es, la autoridad de una zona limítrofe. Pues, a pesar de todo, Romero no es huésped, sino prisionero.

Hay más; mientras a él se le prende, los oficiales facciosos, los que se levantaron en armas contra el Estado español, entran y salen libremente por Arbaoua, recorren el Protectorado francés y se aprovisionan ampliamente en sus plazas, donde se forman con presteza trenes y convoyes cargados de vituallas para los rebeldes. El teniente coronel Romero no acierta a concebir trato tan desigual. A su juicio, a quienes se debe prender en Arbaoua es a los oficiales rebeldes que habían querido asesinarle, y no a él. Aun le parece más fuera de las normas internacionales el descarado aprovisionamiento de los insurrectos españoles en territorios que están bajo el Protectorado de Francia.

Romero va luego encontrando, si no la explicación jurídica de estos hechos, que no pueden tenerla, otra que mana de una realidad que se le presenta cada vez más clara en los días de su cautiverio, a lo largo de las conversaciones con quienes le tienen detenido. Aquellos militares franceses son también fascistas y contemplaban con vivísima simpatía el movimiento sedicioso iniciado en el Marruecos español. No solo por afinidad espiritual, sino, además, por ver en nuestra lucha el prólogo de una contienda idéntica en Francia, y estimar que el triunfo del fascismo español será anticipo de análoga victoria en su país.

“A nosotros —llegó a decir a Romero uno de sus guardianes— nos interesa mucho que vuestra guerra civil dure, cuando menos, un par de meses más hasta que se reanuden las sesiones de nuestro Parlamento, porque entonces, bajo la presión de los éxitos que lograran los militares españoles sublevados, caerá el Gobierno de judíos que preside León Blum”. Y como Romero acogiese estas palabras con gesto de asombro, creyéndolas la expresión de un criterio personal exaltadísimo, su interlocutor las confirmó añadiendo: “Aquí, en Marruecos, todos los oficiales franceses pensamos de esa manera”.

Cuanto a mí me había referido Romero, quise que lo repitiera ante Herman, redactor de Le Populaire, el periódico parisino desde el cual León Blum adoctrina a diario a los socialistas galos. Herman no acusó gran sorpresa. Por el contrario, asentía a lo que Romero iba narrando. A lo visto, no le descubría esto ningún secreto en cuanto al estado de ánimo de la oficialidad francesa residente en Marruecos, que acaso sea también la de buena parte de la que guarnece la metrópoli.

Mientras oía a Romero, recordaba yo la jornada del 14 de julio del año último en París. Por la mañana, en la avenida de los Campos Elíseos, desde el balcón de las oficinas del diario argentino La Nación, presencié la ceremonia oficial, consistente en el desfile militar ante el presidente de la República y el Gobierno. Por la tarde, desde los ventanales del entresuelo de un café de la plaza de la Bastilla, vi la colosal manifestación del Frente Popular, triunfante después en las urnas, y aún tuve tiempo, atravesando en automóvil la recia barrera que formó la Guardia móvil, dividiendo París en dos mitades, de volver a los Campos Elíseos para contemplar el paso ante el Arco del Triunfo de los “Cruces de Fuego”, presididos por el coronel La Rocque. Pude ese día, recogiendo el espíritu palpitante en aquellos actos, darme cuenta de que Francia se hallaba profundamente escindida, como lo estaba ya España, y teniendo cada sector la misma significación política y social de los que aquí se han lanzado a una furiosa pelea. Por la plaza de la Bastilla pasaron ante mí multitudes obreras (hombres, mujeres y niños) frenéticas de entusiasmo, alzando el puño y entonando himnos proletarios. Por la majestuosa avenida que va desde la plaza de la Concordia a la de la Estrella, desfilaron luego en correcta formación, muchos con el pecho constelado de condecoraciones guerreras, los voluntarios del fascismo, y entre ellos muchos sacerdotes. Igual que aquí.

El recuerdo de estos espectáculos inolvidables de hace un año —frío y ceremonioso, el de la mañana, y apasionados e impresionantes los de la tarde— y el relato que acabo de escuchar de labios del teniente coronel Romero, me dicen que asistimos a una batalla universal entre la democracia y la reacción, batalla gigantesca que, naturalmente, tiene diversas etapas. La que ahora cubre España es, desde luego, mucho más sangrienta que las de Italia, Alemania y Austria. No sabemos cómo serán las etapas que hayan de sobrevenir en otras naciones.

El mando único

Madrid 25. Dos o más años tardaron los ejércitos aliados que se batían al norte de Francia y en territorio belga durante la gran guerra en establecer el mando único. La heterogeneidad de aquellos ejércitos hacía dificilísimo semejante acuerdo, al cual se oponía no solo el puntilloso amor propio de los respectivos caudillos, sino incluso la honrilla nacional, pues resultaba muy duro que tropas de un país cifradas en millones de hombres aparecieran bajo las órdenes de un general aliado, pero, al fin, extranjero. Mas las altísimas conveniencias de unificar la acción concluyeron por apartar todos esos obstáculos subalternos y, bajo el mando único, pudieron al cabo los aliados ganar la guerra.

En nuestra guerra civil es también absolutamente indispensable que tropas y milicias al servicio de la causa de la libertad tengan mando único. Corresponde éste, como es natural, al Gobierno o a la persona en quien el Gobierno delegue, y aunque desde el ministerio de la Guerra se viene ejerciendo dicho mando, pueden estorbarle, a mi juicio, iniciativas aisladas que surgen por exceso de entusiasmo. Vale más un solo mando, por malo que sea, que veinte mandos buenos que lo ejerzan de modo simultáneo y no trabado, ya que esta pluralización supone, o acciones contradictorias o dispersión de fuerzas que esteriliza energías.

Esto que acabo de decir constituye al abecé del arte de guerrear. Todos tenemos ahora un objetivo común: derrotar al fascismo. Las gentes de ideología más extrema verían truncadas sus esperanzas si no aniquilamos al fascismo. Ese aniquilamiento podrá ser, para unos, el máximo y para otros, el mínimo, pero para todos es aspiración común e indeclinable. Pues bien; a tal enemigo se le derrota con mayor facilidad cuanto más perfecta sea la coordinación de quienes pelean contra él. No basta con haber triunfado en Cataluña y todo Levante, con haber ahogado la sublevación en Madrid y sus cercanías ni con haberla contenido en el Cantábrico, ni bastará con que en cualquier día próximo se rindan Oviedo y Córdoba y se tome Aragón. Hay que triunfar en España entera, y para obtener esa victoria general, la única que nos habrá de salvar, es improcedente atalayar el problema guerrero desde puntos de vista locales, provinciales o regionales. Tan absurdo como contemplarlo con las miras estrechas del partidismo. Si nos llegara la mala hora de una derrota, idea que, desde luego, desecho, no habría cuartel para nadie en las izquierdas, y el mismo extremo rigor padecerían los republicanos tibios que los anarquistas más exaltados. Ahí están, para demostrarlo, las represalias realizadas por la facción, que a la hora de fusilar no se ha entretenido en hacer distinciones. Con ser de izquierda basta para el suplicio y la muerte.

Creo que hemos pasado del periodo del entusiasmo inicial para entrar ya de lleno en el de la organización, sin la cual no habrá modo de proseguir con éxito la guerra. Y no hay organización posible sin un alto mando único, que conociendo en su conjunto las necesidades de la campaña y a la vista de las disponibilidades, señale uno a uno los objetivos sobre los cuales deba concentrarse la acción y distribuya las fuerzas, obteniendo de ellas la máxima elasticidad y, por lo tanto, logrando la mayor eficacia.

El ímpetu de los leales de cada zona tiende, como es natural, a atacar a los rebeldes que tienen más próximos; pero, a veces, los objetivos que de este modo se persiguen interesan muy secundariamente y el esfuerzo que para conseguirlo se emplea adquiriría una utilidad centuplicada aprovechándole en atenciones distintas. Pongamos, por ejemplo, el caso de más bulto que se presenta ante nuestros ojos: la acción contra las Baleares. El triunfo ha venido nimbando a los reconquistadores, a quienes acompañan mis fervientes votos por que también la victoria corone la más ardua empresa en que ahora andan metidos de tomar la isla de Mallorca. En nuestro poder desde los primeros instantes Mahón por la actitud heroica de la marinería, no creo que de aquel archipiélago nos importara de momento otra cosa que recoger en dicha base naval y en Ibiza el armamento copioso allí depositado y traerlo a la Península, donde era infinitamente más útil que en Mallorca. Comprendería yo la acumulación de toda clase de elementos para someter a la legalidad republicana a los reaccionarios mallorquines, muchos en número, y a aquella guarnición, muy considerable, si todos los territorios peninsulares estuviesen en nuestro poder; pero cuando hay muy extensas zonas rebeldes en la Península resulta, a mi juicio, un poco extemporánea la acción entablada contra Mallorca. Nuestros hombres, de valentía probada, que allí combaten; los fusiles, las ametralladoras y los cañones de que disponen y la aviación y buques de guerra a su servicio estarían dando a estas horas, en cualquiera de los frentes peninsulares a que tuvieran acceso, un rendimiento muy superior al que allí obtienen.

A efectos del más pronto aplastamiento del fascismo, la conquista de cualquier provincia española vale, de momento, muchísimo más que la toma de Mallorca. Por una razón muy sencilla: porque aquí la rebelión puede propagarse si nuestras defensas se debilitan, y en Mallorca, no. Allí había de quedar aislada. No iban a venir los mallorquines a nado, con su fusil a la espalda, a invadirnos por Levante, y de otro modo imposible, por carecer de medios para el desembarco. Pues como este ejemplo que cito, sin menoscabo alguno para el heroísmo de los reconquistadores, a quienes, desde luego, rindo el testimonio de mi admiración, se pueden ofrecer otros muchos, en orden a que en unos frentes sobra lo que en otros falta, a que en unas milicias abunda lo que en otras escasea y a que en la retaguardia hay exceso de ametralladoras y fusiles mientras los reclaman con insistencia desde algunas líneas de combate.

La guerra civil ha entrado ya en una fase que atribuye papel preponderante a la organización. No hay organización posible sin mando único, y no hay mando único verdaderamente efectivo si cada cual se lanza por sí a desarrollar sus propias iniciativas bélicas sin someterse a una alta dirección que, abarcando los problemas todos de la guerra, pueda medir las mayores necesidades de cada hora y en cada lugar.

Esbozo de algunos problemas que surgirán a la hora del triunfo

Madrid 22. Recientemente he aludido a los problemas que se van a plantear en España cuando quede aplastado el movimiento fascista. Esos problemas no puedo enumerarlos aún porque no ha terminado siquiera su iniciación. Irán iniciándose a medida que se prolongue la lucha, y al mismo tiempo se irán agravando los ya iniciados. Entre estos últimos figura el del empobrecimiento de España, que puede llegar a ser pavoroso, ya que esta guerra civil, desde el punto de vista nacional, la hacemos a nuestra propia y exclusiva costa, sin esperanza alguna de que ningún otro país vaya a resarcirnos de los daños sufridos mediante las indemnizaciones que en las guerras internacionales impone el vencedor. Cabe, en el orden puramente interno, hacer la distribución de estos gastos en forma que pesen de modo principal sobre las clases pudientes, pero ello no aminora el quebranto económico de la nación, porque no vamos a incorporarnos nuevos territorios, ni van a crecer en forma milagrosa nuestras fuentes naturales de riqueza. Por el contrario, habrá que atender a la reconstrucción de todo lo destruido, que puede cifrarse en muchos cientos de millones de pesetas, dado el ritmo de intensa violencia que se ha imprimido a la lucha.

Esta ofrece características tan singulares, que deja columbrar algunos de los fenómenos que serán su consecuencia. Casi en masa se han sublevado las Fuerzas Armadas de la nación y el régimen no ha podido defenderse de sublevación tan formidable sino merced al apoyo del pueblo en armas, es decir, del proletariado, hablando específicamente. No ya como factura de su esfuerzo, sino como garantía de que no se repitan las subversiones, la clase obrera tiene derecho a exigir la desaparición de privilegios que son otros tantos parapetos de sus beneficiarios para atacar desde ellos, como ahora lo han hecho, al Estado. Ello es elemental, pero, además, justo.

Cuando las derechas españolas, bajo el patrocinio incorrecto y desleal de quien entonces desempeñaba la presidencia de la República, pretendieron reformar en sentido regresivo la Constitución, yo fui partidario de aceptar el desafío, pero a condición, naturalmente, de que si éramos nosotros los triunfantes se radicalizaría política y socialmente el texto constitucional. Resultaba demasiado cómoda una partida en la que se iba a ganar y a no perder. Si las derechas españolas ganaban, desaparecían los postulados democráticos y las posibilidades socializadoras que la Constitución de 1931 contiene, y si perdían, las cosas iban a seguir como estaban. Esto hubiese sido, de nuestra parte, sencillamente estúpido. No, las derechas, si perdían, debían perder con todas sus consecuencias.

Los incidentes caóticos que fueron promoviendo desde el Poder los elementos reaccionarios en la etapa de gobierno más absurda de que tenemos memoria, desplazaron de la contienda electoral la reforma de la Constitución. Derrotados en las urnas, comenzaron a urdir, desde el mismo día de su derrota, este movimiento, sin reparar para obtener la revancha en ninguna clase de medios, puesto que ni siquiera han repudiado los más bárbaros y sangrientos. Pues bien; digo ante la lucha ilegal lo que dije ante la lucha legal: si les llega la hora de perder, que pierdan con todas las consecuencias. Al triunfar nosotros, ni pueden ni deben quedar las cosas cual estaban el 17 de julio.

Hay que domeñar, abatiéndolos definitivamente, a los elementos incursos en la sublevación. El capitalismo, la iglesia y el Ejército, que en conjunción innegable han alentado, promovido y sostenido el movimiento, deben ser castigados privándoles de su poderío. Pero semejante empresa será preciso acometerla con un justo sentido de la realidad. Si desbordamos esa realidad, la victoria no nos habrá servido de nada, como no sea para suicidarnos.

Al anular el gran capitalismo convirtiendo sus concentraciones en pilares de la economía del Estado, no se debe ahogar la iniciativa individual, quizá más provechosa que en ninguna otra raza en la nuestra. Al someter a la iglesia, no procede estrangular violentamente el sentimiento religioso. Y al rehacer el Ejército sobre bases democráticas, no cabe consentir que subsistan Fuerzas Armadas que no se hallen directa y exclusivamente al servicio de la nación.

Pero, sobre todo, cuidemos de no caer bajo las garras de un fascismo extranjero después de derrotar al fascismo interior que ahora nos presenta combate. Aquel sería aún más repulsivo.

He ahí, levemente esbozados, algunos de los magnos problemas que se nos habrán de presentar a la hora del triunfo. Conviene ir pensando en ellos desde ahora.

Profunda significación de lo pintoresco

Madrid, 17. En esta bárbara y espantosa tragedia en que se debate España y cuyas proporciones —quiero creerlo así— no pudieron ser imaginadas por quienes la provocaron, acaso hallen los aficionados a lo pintoresco notas singulares, que deformadas por los cristales cóncavos y convexos tras los cuales se nos contempla desde el extranjero pueden aparecer deformadas caricaturescamente. Y, sin embargo, esas notas revelan mejor que nada las características de nuestra lucha y la honda sima que separa a las dos Españas en pugna, a esas dos Españas que siempre se han mirado hostilmente y que ahora se acometen con fiereza.

Ha habido ayer varios festivales taurinos donde los acordes viriles y majestuosos de “La Internacional” han sustituido a los pasacalles flamencos que de ordinario sirven para marcar el contoneo de los toreros cuando las cuadrillas atraviesan el ruedo. Y en una de nuestras grandes plazas de toros, en la Monumental de Barcelona, la lidia se ha entreverado con desfiles de milicianos, discursos fogosos de sindicalistas y una encendida arenga del presidente de la Generalidad.

¿Quién hubiera sido capaz de concebir la curiosísima amalgama de tan excepcional espectáculo? Yo recuerdo cómo las organizaciones obreras, sin distinción de matices, se enrolaban en las campañas antitaurinas. Hace cuarenta años, mucho antes de que surgiera a la vida literaria Eugenio Noel, el periodista Ferreras hizo desde El Correo, periódico sagastino, una violenta cruzada contra la fiesta nacional, y hasta fundó una Liga antitaurina a la cual se alistaron los principales líderes del socialismo y del anarquismo. Por aquellos tiempos era El Correo el único diario que no publicaba información ni reseña que a toros se refiriera.

Si alguna de las regiones españolas, por su idiosincrasia, puede considerarse refractaria a tal espectáculo es la catalana, más aún que la vascongada, puesto que ésta proporcionó y sigue proporcionando primeras figuras a la tauromaquia. Precisamente el héroe del festival barcelonés fue un torero vasco, el eibarrés Pedrucho [Pedro Basauri]. Pues bien, allí tuvimos confundidos el domingo en un mismo entusiasmo y un mismo clamor, a los catalanistas, personificados por Luis Companys; a los sindicalistas, a los socialistas y a la que por antonomasia denominamos la “afición”. En resumen, el pueblo. El pueblo con todas sus virtudes y todos sus defectos, el pueblo en bloque sin tallar, la cantera magnífica de una raza inmortal; el pueblo que apiñado en los cosos enronquece furiosísimo pidiendo que se martirice más a un animal y que de pronto, sintiendo que le tintinean dentro las fibras de la sensibilidad, se alza angustiado a pedir clemencia para un cornúpeto que trae consigo de la dehesa la historieta de que se dejaba acariciar el testuz por la hija de los dueños de la vacada.

Mas ya que nos hemos puesto a reparar en las explosiones políticas a que dan motivo los festejos taurinos de estos días, hemos de examinar otro fenómeno todavía más digno de atención, cual es la actitud de los toreros ante la guerra civil. Los toreros, al fin españoles, están también divididos. Aparecen unos a un lado y otros a otro. Los primeros días de la sangrienta contienda insertaron los periódicos una lista de toreros que se baten entre las milicias madrileñas en los campos de la Sierra del Guadarrama. Era una relación de artistas oscuros, los más, picadores y banderilleros, y algunos modestísimos matadores de novillos. Ahora, a medida que van llegando noticias de los focos insurrectos de Andalucía, sobresalen como figuras señeras de la sedición toreros de relieve que reniegan del pueblo del cual proceden. Así, en Sevilla, capitanean a las partidas de fascistas que en unión de moros y de gentes del Tercio realizan razzias sangrientas por los pueblos, Pepe el Algabeño [José García Carranza] y Emilio Torres, el mayor de los Bombitas. Y en Córdoba, actúa casi de generalísimo el rejoneador [Antonio] Cañero. El torero aseñoritado y enriquecido se suma a los facciosos, los dirige y les alienta, y el torero oscuro que no se ha desprendido del pueblo, se bate al lado de él.

¡Qué magnífica síntesis de la guerra civil española ofrecen esas dos actitudes! Los espíritus superficiales que desde el extranjero asistan curiosos al espectáculo dramático que hoy ofrecemos al mundo entero, podrán no ver en eso sino facetas de pintoresquismo; pero es lo cierto que tal fenómeno revela magníficamente las razones políticas y sociales de los respectivos emplazamientos de los sectores que sostienen la pelea.

Ya, en el extranjero, aunque con lentitud, van conociendo toda la verdad de la trascendencia de nuestra contienda. La verdad concluye siempre por abrirse camino. Claro que a veces se le abre muy tarde, sin otro resultado práctico que el de dejar recogidos los hechos de manera justa en la Historia. Celebramos que ahora la verdad camine más deprisa por tierras lejanas donde se nos desconoce. Hemos visto atisbos de cómo marcha la verdad en una agudísima caricatura del dibujante inglés [David] Low. Un grupo de soldados españoles rodeados de Regulares indígenas y legionarios del Tercio, medita ante los partes de guerra, y con aire meditabundo, exclama el más destacado de los caudillos rebeldes: “Qué lástima no tener bastantes moros y legionarios extranjeros para matar a los españoles. Así habríamos salvado a España”.

Nuevas consideraciones acerca de la mal llamada neutralidad

Madrid, 11. Volvamos sobre el tema de lo que días atrás hubimos de denominar “neutralidad incomprensible”. Merece la pena. La teoría que con timidez expusimos sobre la improcedencia de una declaración de neutralidad por parte de países extranjeros con respecto a contiendas interiores, la hemos visto ya refrendada muy autorizadamente fuera de España, si no en los propios términos que a nosotros nos sirvieron de expresión, en otros muy parecidos.

El Manchester Guardian, en un artículo de su corresponsal diplomático en Londres, artículo que deja adivinar la inspiración directa del Foreing Office, empieza diciendo esto: “Se admite aquí que la venta de armas a un Gobierno legal no constituye intromisión en los asuntos del país sometido a su Gobierno”. Tras declaración tan rotunda y clara, cabía esperar razonamientos que la refrendasen y reforzaran; pero el prestigioso periódico inglés los reemplaza por distingos y salvedades que en su conjunto contradicen la terminante afirmación previa.

Para el Manchester Guardian, y quizá, por lo visto, para el Gobierno británico, cuyo criterio, al parecer, se recoge, el caso de España es un caso especial, porque se trata de “una guerra civil entre el Gobierno legal y un ejército rebelde, pero existiendo en ambos lados fuerzas heterogéneas sin control central”. De ahí que en Londres se dude, seguimos copiando, en proporcionar armas al Gobierno español como tal, o a las tropas que indubitablemente están bajo su control”. Y añade el oficioso informador para justificar tales dudas, que si “algunas potencias como Francia o Inglaterra venden armas a una de las partes, otras potencias, como Alemania e Italia, podrían vender armas a la otra parte”.

La incongruencia entre lo primeramente afirmado y las conclusiones a que el articulista llega, es absoluta. Desde el punto de vista internacional no se comete falta alguna surtiendo de material de guerra al Gobierno legal de un país amigo. Se incurre precisamente en esa falta por todo lo contrario, es decir, por no facilitárselo, y en el régimen de relaciones no existen trabas que dificulten ese abastecimiento. Y la falta resultaría mucho más notoria —no es este el caso de Inglaterra, aunque podría serlo en cuanto a otra nación— si mediara un pacto comercial una de cuyas cláusulas estableciera el compromiso de venta con el país amigo y de compra por parte de España de dicho material hasta muy elevada suma.

Es lógico que una nación, en el caso presente España, compre al extranjero armas y municiones cuando las necesite. Y si cuando le son indispensables le son negadas, ¿qué valor tienen las estipulaciones comerciales a ese respecto? Estaría fundada semejante negativa si España anduviera en guerra con otro país. Entonces sí, entonces la neutralidad de las naciones no beligerantes impone de modo categórico toda abstención en abastecimientos de esa naturaleza; mas cuando se trata de una contienda interior, la neutralidad obliga a servir material al Gobierno legalmente constituido, es decir, a aquel que esté reconocido por las potencias. Prescindir de dicha obligación a cuenta de la heterogeneidad de las fuerzas que intervengan en esa contienda interior equivale a inmiscuirse en los asuntos internos del país que la padezca. Y más arbitrario resulta aflojar el cumplimiento de deberes inexcusables o prescindir en absoluto de él mirando a la mayor o menor extensión que la rebeldía haya alcanzado.

Pero donde se quiebra totalmente el fundamento de las disquisiciones dubitativas del Manchester Guardian es al justificar la inhibición que preconiza bajo el supuesto de que si Inglaterra y Francia vendieran lícitamente armas al Gobierno español, Alemania e Italia las podrían vender lícitamente a los facciosos. Si así procedieran Italia y Alemania faltarían a un deber elementalísimo. Razón de más para que las naciones amigas cuidasen con celo extremado de cumplir lealmente sus obligaciones, contrarrestando así los excesos de la deslealtad. En el hecho de que Inglaterra y Francia se atuviesen al cumplimiento estricto de esas obligaciones no podrían encontrar Italia y Alemania motivo ni pretexto para la actitud agresiva con respecto a España que se marca en el supuesto del Manchester Guardian. ¿Pero y si las dos naciones fascistas, sin parar mientes en la inhibición que se aconseja a Inglaterra y Francia, dispensaran auxilio a los rebeldes? En caso tal significaría mayor paradoja la conducta abstencionista a ultranza de estos dos países, y en el fondo, habida cuenta de sus resultados, la veríamos transformada en una cooperación más o menos directa a la rebeldía, aunque, naturalmente, no sea ese el propósito. Ello aparece tan claro que no necesita demostración de ningún género.

El artículo que comentamos es de una data algo atrasada. Tenemos la firme esperanza de que de entonces a acá haya ido girando el pensamiento oficial inglés hasta situarse en el terreno correcto que claramente señalan las primeras líneas del mencionado artículo. La posición que ella dibuja es la que corresponde a un país noblemente amigo. De otro modo, se llamaría neutralidad a lo que sería faltar fundamentalmente a ella.

Réplica a unas palabras del general Mola

Madrid, 10. El general [Emilio] Mola, según me dicen, pues yo no tuve ocasión de oírle, ha contestado, también por radio, al discurso que pronuncié anteanoche desde el micrófono del ministerio de la Guerra. La síntesis de esa respuesta, según las referencias que de ella me dan, es negar fundamento a mis aseveraciones relativas a que triunfará en la presente guerra civil, como en todas las guerras, quien posea mayores elementos de resistencia, considerando, por tanto, baladí que el Gobierno disponga de todas las reservas de oro del Banco de España y estén en sus manos las zonas industriales del litoral. Según el general Mola, los rebeldes, entre cuyos caudillos figura, triunfarán rapidísimamente.

No desconozco el valor que en esta clase de contiendas tiene la propaganda y, por consiguiente, estimo atinado que el señor Mola apele, como apelamos nosotros, al procedimiento de difusión más poderoso y eficaz en estos instantes, el de la radio, mereciendo la pena anotar que al utilizarlo él haya prescindido de las chocarrerías y necedades que caracterizan los discursos radiofónicos de otros jefes de la insurrección. Declaro que esta notable diferencia no me sorprende, conociendo como conozco a casi todos ellos. Sin haber llegado a tener trato directo con el general Mola, sé bastante de él desde que como teniente coronel del regimiento de Andalucía perteneció a la guarnición de Santoña. Cuando en 1921 fue a Melilla, a sustituir en el mando de los Regulares indígenas a [Santiago] González Tablas, la primera vez que éste cayó herido, pedí antecedentes de Mola, y los tuve muy satisfactorios a través de Gregorio Villarías.

Los hombres nunca somos dueños de nuestros destinos. Mola no lo fue de los suyos. Una íntima amistad con D. Dámaso Berenguer le obligó a venir de Marruecos para hacerse cargo de la Dirección General de Seguridad cuando la monarquía agonizaba y eran inútiles todos los esfuerzos policiacos para salvar la vida de aquella institución en podredumbre. Posiblemente, el desempeño de la Dirección General de Seguridad en circunstancias tan excepcionales y duras cambió el rumbo de la vida política de Mola, quien, quizá, quizá de no mediar ese periodo, que hubo de caracterizarle singularmente, hubiese marchado por otros derroteros. Claro que en las Memorias publicadas por el general no se hallará atisbo alguno de esto que de él me atrevo a pensar yo. Estas son cosas que, adheridas con fuerza a lo más íntimo del espíritu, nunca las dejamos desprenderse para que jueguen libre y escandalosamente.

Tales Memorias registran algunos aciertos y no pocos errores. Uno de los últimos fue el de atribuir mi desaparición de Bilbao en diciembre de 1930, a raíz de la sublevación de Jaca, a una confidencia de Juan Donoso Cortés, entonces secretario del Gobierno civil de Vizcaya. Hoy, que ya ha desaparecido de entre los vivos aquel pulcro funcionario, proclamo su completa inhibición en cuanto se refiere a mi fuga. Y otro error que estampa Mola en la colección de sus recuerdos es el de suponer que no habíamos descubierto a determinado confidente suyo, ofreciendo como prueba de ello, el hecho de que la República le confiara un cargo bien retribuido. En efecto; la benevolencia, que toma frecuentemente aspectos de bobaliconería, y el paisanaje, que suele pasar sobre bastantes escrúpulos, otorgaron esa merced a un sujeto con respecto al cual ya había extendido yo mucho antes, desde el Gobierno, el título de confidente, previniendo de ello a las personas en torno a las cuales andaba revoloteando. Seguro que no todos estábamos en la idea…

Pero, sin darme cuenta, mi pluma ha empezado a esbozar la biografía del general Mola, y hasta se ha entretenido en minucias impropias de la ocasión, porque a lo que yo iba —y ahora voy a ello— es a replicar a las palabras del general.

¿De dónde infiere éste que la guerra civil será corta porque a ella pondrá pronto término la victoria de los facciosos? No será, ciertamente, con los avances de las tropas que personalmente manda Mola, pues todas ellas están, poco más o menos, en los sitios donde se encontraban cuando se sublevaron. Podrán haberse movilizado las tropas del Norte dentro del área que ocuparon en el instante mismo de insurreccionarse; pero, ¿qué extensión han conseguido en esa área? Absolutamente ninguna. Si acaso, habríamos de computarles repliegues y no avances. ¿Cómo, si avanzan desde Pamplona y Vitoria, no se han adueñado de Guipúzcoa y Vizcaya? ¿Y cómo no han ido desde Zaragoza sobre Barcelona y Valencia? ¿Cómo, partiendo de Burgos, no han invadido Santander? ¿Cómo desde Valladolid no se ha caminado hacia Asturias? ¿Cómo con todos los núcleos militares de Castilla la Vieja no se ha entrado en Madrid? Pues, sencillamente, porque no se ha podido. Y cuando al cabo de tres semanas largas no cabe hacer en el balance militar más que una inmovilización desmoralizadora, las palabras anunciando un triunfo inmediato suenan a hueco.

Madrid era el objetivo de las fuerzas que Mola manda, y tan presto creyeron sus compañeros los generales del Sur que la capital caía en sus manos, que incluso llamaban telefónicamente desde Sevilla preguntando por él al ministerio de la Gobernación cuatro o cinco días después del estallido. Y Madrid está indemne, habiendo, cuando no rechazado, contenido, en los puntos donde se presentaron por sorpresa, a las avanzadas que tenían encargo de abrir los boquetes por donde había de entrar victorioso en la capital el ejército de Mola.

En cuanto a la eficiencia de las zonas industriales, supongo que el general con quien discuto cambiaría muy gozosamente, si para el cambio se le ofreciera coyuntura, Galicia por Asturias, Burgos por Santander, Logroño por Vizcaya, Navarra por Guipúzcoa. Y Huesca, Teruel y Zaragoza juntas, no ya por Cataluña, sino por Barcelona sola, y Vitoria, Ávila y Segovia por Valencia.

Las palabras radiadas de Mola tienden a tranquilizar al buen burgués, a ese a quien se le hizo creer que todo iba a reducirse al cambio de decoración teatral, y que un día, acostándose en una República democrática, al despertar del día siguiente nos hallaríamos bajo un régimen autoritario. Ahora, ese buen burgués se encuentra con que no solo no tendrá modo de rescatar los dineros que dio a la insurrección, sino que, además, está abocado a que se le conviertan en cenizas sus acciones industriales y bancarias y sus títulos de renta. Porque no cabe duda que, al empobrecerse el país, como se ha empobrecido con la guerra civil, las primeras víctimas del empobrecimiento serán los ricos, al pulverizarse por la devaluación sus preciadísimos títulos mobiliarios.

No sé por qué, acaso por suponerle más inteligente que casi todos sus colegas de subversión, creo que el general Mola figura hoy, aunque no lo deje entrever, en la lista de los arrepentidos. ¡Ah, si pudiera retroceder hasta la víspera del día en que, por su encargo, el coronel García Escámez notificó la proximidad de la sublevación al segundo jefe de la Guardia Civil de Navarra! ¡Con qué gusto retiraría semejante orden! Con el mismo con que, seguramente, habría rechazado en 1930 la Dirección General de Seguridad de haber sabido lo que se le venía encima.

En plena guerra

Madrid, 3. En España estamos en plena guerra, una guerra cuyo alcance no supieron medir quienes la provocaron, pues creyeron, sin duda, que su plan iba a ser cosa de coser y cantar. A estas horas habrán ya apreciado toda la magnitud de su error, error nacido de que al calcular sus fuerzas, deslumbrados por la extensión de las mismas, olvidaron calcular las del adversario, que dieron por nulas. No supusieron que era tan grande la adhesión del pueblo a la República, ni su fervor por defenderla. Y lo que creyeron iba a reducirse a la lectura de un bando marcial, y, a lo sumo, a algún paseo militar, se lo encuentran hoy trocado en una guerra espantosa.

Toda guerra es escuela de crueldades. No escapará la nuestra a esta consecuencia fatal, verdaderamente terrible. Ni siquiera cuando los sangrientos combates cesen habrá sonado la hora de la paz. El rescoldo de los odios lo estará avivando a cada instante la pasión, y acaso surjan nuevas llamaradas. Es muy distinto el final de una lucha entre dos países enemigos, cuyos ejércitos, al concertarse la paz, pierden todo contacto, que la conclusión de una guerra civil que determina la convivencia en el mismo territorio de los combatientes. De vencedores y vencidos. El rencor sobrevivirá por mucho tiempo al armisticio. Ese rencor será más hondo cuanto más se prolongue la bárbara pelea, que llegará a secar de tal manera los espíritus que no deje florecer en ellos los principios más elementales de la moral en que ha de descansar la solidaridad humana.

Nuestras preocupaciones deben situarse más allá del término de la guerra civil. Quizá esas, de orden espiritual, parezcan en estos momentos de furia, prédicas pueriles que ahoguen fácilmente el estallido de las bombas; pero aun en el orden material estricto hay motivos para que no podamos contemplar sin angustia el porvenir de España.

La lesión que la guerra civil produce en nuestra economía es ya bien evidente. Para apreciar esa lesión no solo hay que contar el esfuerzo económico que realiza el Estado para sofocar la rebelión. Desde un punto de vista nacional es computable también el esfuerzo que en ese aspecto realizan los insurgentes. Legiones de hombres están apartados hoy del trabajo, que es riqueza, para consagrarse a la guerra, que es destrucción. Las manos que habían de recoger las cosechas empuñan las armas, mientras en el campo se agostan y pudren las mieses y los frutos. Y, en tanto, cañones y aeroplanos siembran la ruina. La peseta, que aún mantiene su fuerza adquisitiva en el interior, es un signo monetario casi nulo en el exterior. No tenemos crédito. La contienda civil ha acabado de desbaratarlo. Y a medida que la lucha se prolongue, esas heridas se profundizarán, poniendo en peligro la vida misma de España. Todo eso han hecho quienes, según su decir, se proponían salvarla.

Los bulos en la guerra

Madrid, 31. Cuando esta tarde iba a iniciarse en la Cámara de los diputados franceses el debate acerca de la actitud de aquel Gobierno con respecto a los sucesos de España, un periódico parisiense, muy aficionado al sensacionalismo, lanzaba una edición con la noticia, transmitida desde Hendaya por uno de sus cronistas de guerra, de que cuatro columnas rebeldes, avanzando hacia Madrid, se hallaban ya en las proximidades de dicha capital, teniéndola de hecho sitiada. ¿Dónde están esas columnas? Parece que dos de ellas las sitúa la fantasía periodística por la parte sur de Madrid.

Pues bien: el foco rebelde más cercano a Madrid por el Sur es Córdoba, y dista de aquí cuatrocientos kilómetros justos. Y en vez de que pueda salir de allí columna alguna, lo cierto es que la ciudad de los Califas está seriamente cercada por las columnas que formaron los campesinos de Jaén y los mineros de Linares y La Carolina, más las que procedentes de Levante, luego de liberar Albacete, marcharon hacia el Mediodía, todas ellas al mando del general [José] Miaja.

Madrid no sufre cerco alguno, como se da en decir por el extranjero. Su situación es francamente despejada, y la vida por entero normal. Pruebanlo, mejor que nada, las cifras siguientes: de ochenta mil personas que suman aquí las colonias extranjeras, solo se han ausentado desde el comienzo de la rebelión 217. Y nadie tropieza con el menor obstáculo para irse, por cuanto que las comunicaciones por carretera y vía férrea por el Mediterráneo están totalmente libres, circulando los trenes con la más perfecta regularidad.

Madrid aplastó en germen el peligro que sobre él se cernía a la hora misma que las milicias populares rindieron el Cuartel de la Montaña. Tras éste, y sin resistencia alguna, se entregaron los demás, en los que, por cierto, no tuvo la rebeldía expresiones manifiestas, aunque había motivos para sospechar que estuviese latente. Y a seguido, cuanto en las proximidades de Madrid se fraguó insurreccionalmente lo hizo fracasar la valentía del pueblo en armas. Se sublevaban los regimientos de Alcalá de Henares y fueron prontamente reducidos a la obediencia, quedando prisioneros todos los promotores. Saltó luego la subversión más a retaguardia, en Guadalajara, y al cabo de un combate de doce horas, muy encarnizado por el tesón de los sediciosos y el coraje de los asaltantes, las fuerzas insurrectas quedaban aniquiladas. Sin dejar enemigos a la espalda, los leales, victoriosos, continuaron adelante hasta más allá de Sigüenza. Esto por lo que toca a la carretera de Aragón. En otros sectores, triunfos también espléndidos sirvieron para deshacer los estorbos que suponían Toledo y Albacete sublevados.

¿Dónde están, pues, las columnas que avanzando sobre Madrid lo tienen cercado? ¿Dónde? En ninguna parte, porque distan de ser siquiera columnas ni columnillas un par de núcleos artilleros que por el Norte, en algunas crestas de la sierra de Guadarrama, hostilizan ligeramente; núcleos que va desmoronando la deserción. Se entretienen disparando cañonazos que Madrid ni siente ni oye y que solo sirven, como el otro día dije, para que las excursiones serranas ofrezcan un nuevo atractivo a los madrileños curiosos y desocupados. Toda guerra es propensa a los bulos; pero como ésta, pocas.

Aspecto internacional de nuestra contienda íntima

Madrid, 29. ¿De cuándo data mi preocupación de que un estado de desorden muy prolongado en España puede originar complicaciones internacionales que, incluso, hagan peligrar nuestra independencia? De hace mucho tiempo.

Esa preocupación asomó varias veces en discursos y artículos míos, y recuerdo que hube de formularla de modo muy especial en una conferencia que hace cerca de dos años di en Toledo a las Juventudes socialistas allí agrupadas.

Quienes oyeran mi discurso que la otra noche se radió desde Madrid, observarían que mis palabras emocionadas reflejaban esa misma preocupación, la cual se adueña más profundamente de mi espíritu a medida que van transcurriendo estas horas angustiosas de la gran crisis española.

Europa no contempla nuestra guerra civil como una simple contienda interior.

La multitud de barcos de guerra extranjeros que hacen flamear sus banderas respectivas en nuestras radas más importantes, señala mejor que nada toda la trascendencia que puede tener en el exterior la pelea que aquí libramos.

Ese excepcional interés lo explican la privilegiada situación geográfica de la Península ibérica, el enorme valor estratégico de las islas Baleares y el vehemente deseo de algunas potencias de clavar sus pabellones en el Norte de África.

Europa, crispada y nerviosa, sigue atenta cuanto aquí ocurre. Y son varias las naciones que se miran, recelosas, acaso atribuyendo mutuamente a las visitas de los barcos de guerra designios más vastos, aunque de momento ocultos, que el de proteger la vida de los súbditos respectivos.

La Prensa extranjera es a esta hora portavoz del recelo de las Cancillerías.

Días atrás el Manchester Guardian publicó un suelto marcadamente oficioso de su redactor diplomático, que sin duda revelaba el pensamiento del Foreing Office.

Según este informador asegura, en los círculos londinenses prevalece el parecer de que la guerra civil española será de extraordinaria duración.

Además da a entender que los rebeldes cuentan con el apoyo de Italia y Alemania, y señala como precio a este auxilio, posibles concesiones territoriales en el archipiélago balear y en el Norte de África.

El diario oficioso no dice ni media palabra sobre la actitud de Inglaterra.

Su misión, de momento, queda, por lo visto, reducida a llamar la atención de la opinión pública inglesa sobre la extraordinaria trascendencia que tendría la victoria de los sublevados por esas concomitancias que el periódico señala sin embozo ni veladuras.

¿Será tan triste el sino de España como para que nuestras discordias intestinas sirvan de incentivo a los apetitos de naciones imperialistas, dispuestas en cuanto la ocasión se les depare a hacer presa de nuestros territorios?

¡Qué responsabilidad tan terrible para quienes hubiesen preparado tal coyuntura! Además de arruinar a la Patria la habrían entregado a las codicias ajenas.

Su grito de ¡Arriba España! tendría entonces acento de sarcasmo, porque en vez de levantarla la habrán hundido para siempre.

Bajo el cielo de Madrid

Madrid, 28. Al reanudar mi comunicación con los lectores de El Liberal, interrumpida hace ya unos cuantos días, no puedo ofrecerles estampas guerreras de esas en que el colorismo reporteril, a base de la urdimbre dramática de los hechos, se encarga de tejer narraciones sugestivas. No he estado en ninguno de los frentes de combate y, por lo tanto, no he presenciado escenas heroicas. Sigo sin perder mi traza urbana. Tengo asignadas funciones semiburocráticas y para desempeñarlas no he introducido en mi indumenta más variaciones que la de sustituir por una liviana chaqueta de pijama la pesada americana del traje callejero. Y así me defiendo del calor, que es lo único de que por ahora he de defenderme.

Tuvo Madrid los días primeros de la rebelión el aspecto excepcional que le daban las milicias en su ir y venir automovilístico por las calles. Pero esta vigilancia está ya exclusivamente confiada a la fuerza pública, y Madrid recobró su fisonomía normal. Juegan los niños en plazas y jardines, y cuando el sol deja de caldear la calle, las terrazas de los cafés se pueblan de comentaristas que, ahora, naturalmente, consagran sus charlas a los episodios de la sublevación en vez de dedicarlas a los incidentes parlamentarios o a las proezas taurinas de Domingo Ortega.

La única nota pintoresca es la de ver en posesión de los Círculos aristocráticos y de recreo a las milicias populares y a los partidos republicanos. Han desaparecido de los sillones de paja de las terrazas casineras los señorones de antes, y en su reemplazo encontramos a ciudadanos modestos y jóvenes milicianos vestidos con un mono azul y tocados con la gorra cuartelera.

Lo demás, está como siempre. Muchos madrileños para distraerse organizan excursiones a la Sierra. El Guadarrama tiene ahora, además de los encantos de su divina frescura, el atractivo de ver aeroplanos y oír algún que otro cañonazo, cuyo eco, por muy distante, no puede llegar a Madrid. Ahora se va al alto del León y al puerto de Somosierra a dejarse acariciar por la brisa serrana y, además, a distraerse con el espectáculo de las guerrillas milicianas e incluso a gozar del estremecimiento producido por el estampido de los obuses.

Madrid, tranquilo, riente y bien abastecido, parece como ausente de la gran tragedia que vive a estas horas España. Semeja una ciudad asentada a cien mil leguas de los focos de una rebelión que, si se prolonga, agotará y aniquilará a la nación. Y si se liquida mediante el empleo de todos los modernos recursos bélicos, destruirá el país, porque una guerra civil en 1936 es cosa mucho más espantosa que una guerra civil en 1836.

Bilbao se aprestaba a preparar para el 25 de diciembre de este año la conmemoración del centenario de la batalla de Luchana. Aquel éxito de Espartero, como todos los demás episodios de dicha contienda y de la posterior que terminó en 1874, puede aparecer -aparece ya- como incidente minúsculo insignificante ante las luchas de ahora, en que entran en juego la artillería moderna y la aviación. Por ahí van esta noche mis reflexiones, mientras, acodado en el barandal de un balcón, contemplo este maravilloso cielo de Madrid y me llega de la calle la frívola algarabía de las bocinas de los autos y del pregón de los vendedores de periódicos.

90 aniversario del comienzo de la guerra

Se cumplen este mes de julio noventa años del comienzo de la guerra civil española. Con este motivo, recuperamos para los lectores actuales las crónicas que Indalecio Prieto publicó en El Liberal de Bilbao, el periódico en el que escribía habitualmente, entre el 29 de julio y el 4 de septiembre de 1936. En esta última fecha, Prieto entró a formar parte del Gobierno de la República presidido por Francisco Largo Caballero, como ministro de Marina y Aire, y puso fin a su colaboración diaria en la prensa. Sin embargo, la treintena de artículos que vamos a publicar en los próximos días (aprovechando que las fechas del calendario de 2026 coinciden exactamente con las de 1936) permite hacerse una idea cabal de la posición que adoptó ante la contienda y de los peligros que ya vislumbraba para la causa republicana por el abandono de las potencias democráticas europeas.

Como escribió el socialista italiano Pietro Nenni, que le visitó en su despacho el 14 de agosto, Prieto no era en estas primeras semanas de la guerra civil otra cosa que «el diputado de un Parlamento en vacaciones». Sin embargo, su liderazgo y autoridad se pusieron de manifiesto sin necesidad de nombramientos. «Más que de un hombre, se diría que se trata de una prodigiosa máquina de trabajo. Piensa en cien cosas a la vez. Lo sabe todo. Lo ve todo. […] En mangas de camisa, sudoroso y dando resoplidos, Indalecio va del uno al otro, da órdenes, firma cartas, toma notas, grita al teléfono, regaña al uno, sonríe al otro. No es nadie, no es ni siquiera ministro, sino el diputado de un Parlamento en vacaciones. Es todo, es el animador, el coordinador de la acción gubernativa».

El primer artículo de la serie, que publicamos mañana, se titula «Bajo el cielo de Madrid».