Bajo el cielo de Madrid

Madrid, 28. Al reanudar mi comunicación con los lectores de El Liberal, interrumpida hace ya unos cuantos días, no puedo ofrecerles estampas guerreras de esas en que el colorismo reporteril, a base de la urdimbre dramática de los hechos, se encarga de tejer narraciones sugestivas. No he estado en ninguno de los frentes de combate y, por lo tanto, no he presenciado escenas heroicas. Sigo sin perder mi traza urbana. Tengo asignadas funciones semiburocráticas y para desempeñarlas no he introducido en mi indumenta más variaciones que la de sustituir por una liviana chaqueta de pijama la pesada americana del traje callejero. Y así me defiendo del calor, que es lo único de que por ahora he de defenderme.

Tuvo Madrid los días primeros de la rebelión el aspecto excepcional que le daban las milicias en su ir y venir automovilístico por las calles. Pero esta vigilancia está ya exclusivamente confiada a la fuerza pública, y Madrid recobró su fisonomía normal. Juegan los niños en plazas y jardines, y cuando el sol deja de caldear la calle, las terrazas de los cafés se pueblan de comentaristas que, ahora, naturalmente, consagran sus charlas a los episodios de la sublevación en vez de dedicarlas a los incidentes parlamentarios o a las proezas taurinas de Domingo Ortega.

La única nota pintoresca es la de ver en posesión de los Círculos aristocráticos y de recreo a las milicias populares y a los partidos republicanos. Han desaparecido de los sillones de paja de las terrazas casineras los señorones de antes, y en su reemplazo encontramos a ciudadanos modestos y jóvenes milicianos vestidos con un mono azul y tocados con la gorra cuartelera.

Lo demás, está como siempre. Muchos madrileños para distraerse organizan excursiones a la Sierra. El Guadarrama tiene ahora, además de los encantos de su divina frescura, el atractivo de ver aeroplanos y oír algún que otro cañonazo, cuyo eco, por muy distante, no puede llegar a Madrid. Ahora se va al alto del León y al puerto de Somosierra a dejarse acariciar por la brisa serrana y, además, a distraerse con el espectáculo de las guerrillas milicianas e incluso a gozar del estremecimiento producido por el estampido de los obuses.

Madrid, tranquilo, riente y bien abastecido, parece como ausente de la gran tragedia que vive a estas horas España. Semeja una ciudad asentada a cien mil leguas de los focos de una rebelión que, si se prolonga, agotará y aniquilará a la nación. Y si se liquida mediante el empleo de todos los modernos recursos bélicos, destruirá el país, porque una guerra civil en 1936 es cosa mucho más espantosa que una guerra civil en 1836.

Bilbao se aprestaba a preparar para el 25 de diciembre de este año la conmemoración del centenario de la batalla de Luchana. Aquel éxito de Espartero, como todos los demás episodios de dicha contienda y de la posterior que terminó en 1874, puede aparecer -aparece ya- como incidente minúsculo insignificante ante las luchas de ahora, en que entran en juego la artillería moderna y la aviación. Por ahí van esta noche mis reflexiones, mientras, acodado en el barandal de un balcón, contemplo este maravilloso cielo de Madrid y me llega de la calle la frívola algarabía de las bocinas de los autos y del pregón de los vendedores de periódicos.

90 aniversario del comienzo de la guerra

Se cumplen este mes de julio noventa años del comienzo de la guerra civil española. Con este motivo, recuperamos para los lectores actuales las crónicas que Indalecio Prieto publicó en El Liberal de Bilbao, el periódico en el que escribía habitualmente, entre el 29 de julio y el 4 de septiembre de 1936. En esta última fecha, Prieto entró a formar parte del Gobierno de la República presidido por Francisco Largo Caballero, como ministro de Marina y Aire, y puso fin a su colaboración diaria en la prensa. Sin embargo, la treintena de artículos que vamos a publicar en los próximos días (aprovechando que las fechas del calendario de 2026 coinciden exactamente con las de 1936) permite hacerse una idea cabal de la posición que adoptó ante la contienda y de los peligros que ya vislumbraba para la causa republicana por el abandono de las potencias democráticas europeas.

Como escribió el socialista italiano Pietro Nenni, que le visitó en su despacho el 14 de agosto, Prieto no era en estas primeras semanas de la guerra civil otra cosa que «el diputado de un Parlamento en vacaciones». Sin embargo, su liderazgo y autoridad se pusieron de manifiesto sin necesidad de nombramientos. «Más que de un hombre, se diría que se trata de una prodigiosa máquina de trabajo. Piensa en cien cosas a la vez. Lo sabe todo. Lo ve todo. […] En mangas de camisa, sudoroso y dando resoplidos, Indalecio va del uno al otro, da órdenes, firma cartas, toma notas, grita al teléfono, regaña al uno, sonríe al otro. No es nadie, no es ni siquiera ministro, sino el diputado de un Parlamento en vacaciones. Es todo, es el animador, el coordinador de la acción gubernativa».

El primer artículo de la serie, que publicamos mañana, se titula «Bajo el cielo de Madrid».