El imperio de la verdad

Madrid, 2. Estoy de completo acuerdo con cuanto dice D. Ángel Ossorio en un artículo que bajo el epígrafe “La verdad y la ilusión” publica en Ahora. Tiene razón el ilustre jurisconsulto, tan noblemente situado en la actual contienda, al repudiar los embustes que han venido salpicando con excesiva frecuencia las informaciones oficiosas y periodísticas relativas a la guerra civil que nos tiene de duelo. En público no había yo dicho nada acerca de ello hasta hoy, pero en privado y procurando ponerle remedio, escribí bajo mi firma que el sistema me parecía francamente estúpido.

Suscribo íntegras todas las razones expuestas por el Sr. Ossorio y Gallardo para demostrar los inconvenientes que ofrece semejante procedimiento, siendo los principales de entre ellos el descrédito en que quedan envueltas esas informaciones, la desilusión experimentada por la gente al ver desmentidas noticias halagüeñas e incumplidos pronósticos venturosos, y el engaño que sufre el público sobre la duración de la lucha.

La más grave de tales desventajas es, a mi entender, la última de las que quedan enumeradas. Bajo la influencia de una literatura mala en el fondo y, además, deplorable en la forma, muchos elementos combatientes, y con ellos los organismos directivos de algunos sectores, habían dado en creer que la facilidad y rapidez del triunfo les permitía desde ahora mismo tomar posiciones a fin de dejar afirmado previamente el predominio de la respectiva tendencia para después de la victoria. Y por tener la atención excesivamente consagrada a dichas precauciones, ha podido desviarse un tanto del objetivo inmediato e ineludible: el aplastamiento de la sublevación fascista.

Acaso de ahí se haya derivado cierta parte de la flojera en cuanto a la unidad de acción, tema al cual dediqué uno de mis recientes artículos. Con satisfacción anoto la tendencia rectificadora que respecto a ello se acusa estos últimos días y por la cual quedará destruido un germen de disgregación que, al fructificar, podía haber sido muy peligroso. Tan necesaria como la unidad de mando es la unidad de acción. De nada vale la una sin la otra. Acopladas ambas serán base inconmovible del triunfo.

Pero para alcanzar éste, resulta indispensable mantener la moral en vanguardia y en retaguardia, y la moral no se mantiene con la siembra de ilusiones engañosas, pintando como fácil una victoria que se obtendrá, sí, mas a costa de muchísimo esfuerzo. La guerra será larga y dura, me atreví a pronosticar desde el micrófono de la radio. Algunos de mis oyentes, embriagados por los éxitos de la rendición del Cuartel de la Montaña en Madrid y del Campamento de Carabanchel, y de la toma de algunas ciudades, me motejaron entonces de pesimista y me reprocharon en tono cariñoso que me hubiese expresado en términos que creían deprimentes. Yo había expresado mi firme convicción. Si la realidad me desmentía, eso íbamos ganando todos y mi amor propio no había de padecer por el error sufrido. En cambio, si yo pregonaba una victoria inmediata y sin sacrificios, y los hechos concluían por negarla, la equivocación podía revestir efectos desastrosos.

¿A qué ocultar, por ejemplo, que nos hallamos ahora en los comienzos de una ofensiva formidable contra Madrid? La revelan ataques impetuosísimos como el de hoy en el sector de Oropesa, donde nuestra aviación, en un alarde magnífico —el mejor, seguramente, de todos los suyos en esta para ella gloriosísima campaña— ha castigado durísimamente al enemigo. La verdad permite proclamar este nuevo éxito de nuestra aviación (alguno de ellos hubo que repitiendo sus salidas desde Madrid hizo hasta seis bombardeos); pero por otra parte no veda el reconocimiento de que por esa parte de Extremadura subsiste un grave peligro, porque allí han concentrado los insurrectos sus mejores tropas, allí actúan coordinadamente sus máximos caudillos y allí acumulan el material que les envían sin recato algunas naciones de las comprometidas en el desdichadísimo pacto de “no intervención”.

Conociendo la existencia del peligro es como se pueden crear los arrestos suficientes, no solo para contener la avalancha, sino para diezmar a los invasores. De otro modo puede formarse un ambiente frívolo en el cual el peligro que venía ocultándose, por aparecer de modo inopinado, adquiera a los ojos de ignorantes y distraídos proporciones superiores a las efectivas, atribuyéndole los asustadizos caracteres de catástrofe. Por eso es preferible a toda hora, incluso en la más crítica, el imperio de la verdad. Ella puede destruir muchas quimeras de los que dan por olvidar la áspera realidad presente para poner el pensamiento en venturosos días del futuro, para llegar a los cuales hay que pasar por aquellos otros en que el fascismo quede definitivamente abatido.