Fotografías y papeles

Madrid, 1. El reporterismo gráfico, el elemento más sugestivo de la Prensa moderna, tiene ahora ancho campo en nuestra guerra civil. Los periódicos publican multitud de clisés que reproducen escenas heroicas, escenas sentimentales, escenas patéticas y hasta escenas cómicas. Y es que la guerra civil, aun dentro de su terrible espanto, no desdeña lo bufo. Es muy difícil hallar tragedia alguna que esté enteramente limpia de toda faceta ridícula. La vida es así, incluso cuando se deshace en desgarrones sangrientos.

A partir de julio no había visto yo en las páginas periodísticas otras instantáneas guerreras que las obtenidas en los frentes leales. Es hoy cuando he tenido ocasión de ver por primera vez placas impresionadas en el campo rebelde. Las contemplo curiosamente mientras llega hasta mí el eco de tambores y cornetas, de canciones proletarias, de vítores y aplausos, el eco, en fin, del estruendo que produce el desfile interminable de las juventudes agrupadas militarmente.

Cae la tarde. El sol, al retirarse, decora de modo fantástico el cielo, tachonando su fondo azul con otros colores maravillosos, anaranjados y rojos, cual si se incendiara el firmamento. Es el mismo cielo desde el que se siembra la muerte. Quizá cuando estos colores espléndidos los anegue la oscuridad, vuelvan los aeroplanos, como el viernes y como anoche, a arrojar sobre Madrid bombas cargadas de trilita. Tan magnífica puesta de sol reclama la augusta soledad del campo. Desde luego, riñe con el estruendo callejero que promueve la multitud enardecida.

Luego de ensoñar unos minutos mirando hacia arriba desoyendo el barullo, mis ojos se vuelven sobre las hojas satinadas que antes curioseaba. Son las del último número de la revista inglesa The Sphere. En gran parte está consagrada a la guerra civil española, actualidad máxima en el mundo entero. Vistas de puentes destruidos, de casa derrumbadas, de guerrillas en despliegue, de heridos, de prisioneros… Nada de esto nos llama la atención. La visión del desastre de nuestra España reviste ya cierta monotonía. Un hecho aislado de esos que en multitud ha recogido el objetivo nos causaría impresión. Su agrupamiento parece dejarnos insensibles. Acaso la capacidad para el dolor sea muy poco elástica y se rompa, originando el embotellamiento moral cuando las causas del dolor son muchas.

Nuestra atención se concentra en instantáneas más singulares. Una de ellas nos presenta alineados al obispo de Madrid-Alcalá, a varios canónigos más y a algunos jefes rebeldes delante de hileras de tropas sediciosas, presidiendo una ceremonia en Vigo. Otra de las fotografías reproduce la escena de una misa de campaña en el frente guipuzcoano, escena en la cual el paisaje, la figura de oficiante y la traza de los fieles evocan las luchas fratricidas del siglo XIX en el País Vasco. Por último, dos grabados soberbios en que vemos a los generales Cavalcanti, Franco y Mola dirigiéndose a la catedral de Burgos y saliendo del templo, al que concurren rodeados de séquito numeroso y entusiasta para asistir a misa.

Estos documentos gráficos revelan la íntima compenetración entre la iglesia católica y los rebeldes, exactamente lo mismo que en las antiguas carlistadas. La iglesia no ha querido permanecer neutral en esta contienda pavorosa. Se ha sumado a uno de los bandos y le ha cubierto de bendiciones. No ha querido seguir en esta ocasión, como no las ha seguido en otras, las cautas normas de Roma, de acatar en todo país el régimen legalmente constituido. Aun había, además de esta, otra posición muy discreta, la neutralidad; pero también ha sido despreciada por los representantes de la iglesia, que han preferido alistar a ésta como beligerante. Lo que pueda subsistir de los intereses del catolicismo en España cuando la legalidad triunfe, se reducirá a aquella parte del clero que no ha rehuido la verdadera significación del sacerdocio.

Pero The Sphere, con buen arte periodístico, ha sabido destacar, colocándola de portada, la fotografía más interesante de su reportaje. Aparecen en ella varios rifeños de los que Franco nos ha traído como garantía del más fino respeto a los principios de la civilización cristiana. Los moros están retratados en Burgos. Se tocan con fez y llevan adherida a la guerrera la estampa del Sagrado Corazón. Seguramente que la católica alegoría ha sido prendida sobre los pechos musulmanes por piadosas damas burgalesas.

¿No tiene todo esto un regusto de herejía, y hasta de escarnio? Si Isabel la Católica puede atalayar desde la gloria a la morisma en tierras castellanas, creerá que fue un sueño su vida terrestre, que culminó en la derrota de los infieles. ¿Cómo podían hallarse ahora los moros en Castilla si ella los arrojó incluso de Granada? ¿Y qué dirá el Cid Campeador en su mansión celestial, adonde le habrán llevado sus proezas contra los sarracenos enemigos de Dios, al verlos nada menos que en su tierra nativa de Burgos?…

Hago sitio en estas notas para recibir a un amigo que me trae una chapa metálica y unos pisapapeles ensangrentados. La chapa es la de un avión italiano que ayer fue derribado. Los papeles, moteados de sangre, son órdenes fechadas el 29 de agosto bajo la firma: “El general jefe del Aire, A. Kindelán”. Entre los papeles hay una tarjeta que sirve para identificar al aviador, también italiano, que fue hallado cadáver. La tarjeta contiene unas líneas de efusiva salutación “al aviatore romano Ernesto Mónico, en prueba de afecto, en recuerdo de su hallazgo por los montes la noche del 22 de agosto de 1936”. Y en la cartulina, en caracteres impresos, el nombre y la dirección de quien envía el saludo: “Miguel Matías Moriñigo, párroco de Cabeza de Diego Gómez (Salamanca)”.

Seguramente, este clérigo que anda por las montañas en días de guerra va por ellas empuñando un fusil. Cuando sepa el trágico fin del aviador venido desde Roma, como los moros vienen desde el Rif, a matar españoles, ¿le darán tiempo los menesterosos guerreros al montaraz párroco salmantino para encomendar a Dios en una oración a su amigo el aviatore romano?

El fracaso del coronel Aranda

Madrid 24. Solo la ingenuidad, que tan mal suele acoplarse a la política, ha podido establecer el supuesto de que la sublevación militar surgió como consecuencia de la muerte violenta del Sr. [José] Calvo Sotelo. En los cinco días que mediaron entre este suceso y el estallido insurreccional, no hay tiempo de organizar subversión tan extensa, en la que, probablemente, se hallaban también complicados elementos a los cuales no les ha sido posible sumarse a los sublevados como era su deseo. Sin parar mientes en otros muchos indicios que amontonados son prueba plena de larga y meditada preparación, hubo tres hechos conocidos por las autoridades que la revelaban clarísimamente. Primero, el descubrimiento de la confección de uniformes de guardia civil en Zaragoza; segundo, las estancias y entrevistas del general [Joaquín] Fanjul en Pamplona; y tercero, la notificación que el coronel [Francisco] García Escámez, jefe de la media brigada de Cazadores de Navarra, hizo al segundo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de aquella provincia donde Mola iba a sublevarse, de que necesitaba conocer en qué actitud se colocarían las fuerzas de este instituto. Hechos, todos ellos, anteriores a la muerte del ex ministro de la dictadura.

Bastantes días antes recibí yo la visita de determinada persona que se hallaba al frente del órgano policiaco más delicado y sensible. Al parecer, esta visita tenía origen en las continuas llamadas de atención que yo venía dando en privado y en público sobre la existencia del peligro que, al fin, se presentó de cara el 17 de julio. Resumí entonces mi juicio sobre la proximidad del movimiento diciendo al referido funcionario: “Otras veces, cuando se conspiraba en los cuarteles, los conspiradores se ocultaban. Ahora son los que no conspiran quienes tienen que ocultarse”.

Pero no hay que andar a la búsqueda de indicios para demostrar de modo patentísimo lo que el otro día dije, de que la insurrección se urdió desde el mismo día de la victoria electoral del Frente Popular. La trama incluso comenzó antes; pero, desde luego, con vistas a dicho acontecimiento político. Tengo la prueba ante mis ojos. Esta prueba la constituye una carta, cuyo original ha llegado a mi poder, fechada el 8 de febrero en Oviedo y dirigida por el coronel [Antonio] Aranda al general [Manuel] Goded. La misiva la forman tres hojas mecanografiadas. Luego de hacer cábalas sobre el posible resultado de la contienda electoral en Asturias, trazar la ficha del gobernador civil de aquella provincia y recalcar que éste le había dejado en libertad para distribuir las fuerzas de la Guardia Civil y de Asalto en el día de las elecciones, lo cual —añade— “es suficiente”, el jefe actualmente sitiado en Oviedo pasa, en esa carta confidencial a Goded, a enumerar con todo detalle las fuerzas disponibles que están bajo su mando y el armamento, municiones y demás material con que cuenta.

Previas las correspondientes sumas y restas —en las municiones, suma de la producción en Lugones y La Manjoya y restas del consumo en el armamento, suma de producción en la fábrica de La Vega, resta de ametralladoras y fusiles de los regimientos rendidos, y en las tropas, exclusivamente, restas de las que desde febrero se retiraron de Asturias y de las que se han entregado en Gijón—, puede servirnos la histórica carta para fijar casi con exactitud las cifras de hombres y armas que acompañan en el asedio al coronel. Pero no es la parte más interesante del documento, porque tales cifras podrían señalarse de modo aproximado sin necesidad de datos tan concretos. La parte más interesante es el final, en que se detalla el plan subversivo. Lo reproduzco textualmente. Dice así:

Transportes

Carreteras. —Se garantizarán por el siguiente orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Mieres, Oviedo-Santander, Oviedo-Galicia, Mieres-Puerto de Pajares.

Vías férreas. —Orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Avilés, Oviedo-León, Oviedo-San Esteban de Pravia, Oviedo-Llanes.

Movilización

Se ha preparado en primer lugar la movilización civil de servicios públicos para caso de huelga. Después, la civil para reforzar la defensa de las plazas y pueblos de menor importancia. En primer término, está estudiada la movilización militar de cuatro reemplazos 1930 a 1934.

Movilización civil de servicios. —Todos los servicios públicos de Oviedo, Gijón y Avilés pueden incautarse en doce horas bajo la dirección de jefes y oficiales que los han estudiado. Hay exceso de voluntarios capacitados para atenderlos. Oviedo, después de aislado, tendría agua para cuarenta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente para los servicios oficiales, pan para diecisiete días, alimentación para un mes. Gijón, después de aislado, tendría agua para treinta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente, abastecimientos propios para un mes e ilimitados por mar. El tener sus dispositivos de agua a tres kilómetros (en Roces) puede dificultar el abastecimiento, pero puede suplirse el mismo dada la gran cantidad de pozos y manantiales dentro de la población.

Movilización militar de voluntarios civiles. —Puede realizarse en seis horas en la medida de mil hombres para Oviedo y quinientos para Gijón, sobrando voluntarios de responsabilidad. En todos los pueblos de importancia, está prevista la movilización de grupos de veinte a cien hombres. El encuadramiento está asegurado, en principio, por las fuerzas de Guardia Civil y Asalto y, además, por unos sesenta jefes y oficiales de las fábricas militares, Cajas de Recluta, Centros de movilización, Comisión militar de movilización de industrias civiles, Comandancia exenta de Ingenieros, disponibles, transeúntes y retirados. Serían utilizados, exclusivamente, para la defensa de las poblaciones.

Movilización militar. —Los cinco reemplazos de la primera situación del servicio activo en Asturias suman unos ocho mil hombres, más unos dos mil en Caja de la primera situación, sin instrucción, correspondiendo mil quinientos a Zapadores, cerca de seis mil a Infantería y el resto del último reemplazo licenciado de Artillería. Aun prescindiendo de los de la zona minera y extremistas del resto de la provincia, y contando con bastantes faltas de concentración, con que cada uno de los cinco reemplazos disponibles aludidos pueda facilitar de ochocientos a mil hombres, bastarían dos reemplazos para nutrir los cuerpos y servicios y sostener una campaña de dos meses. Está preparada su movilización y concentración con transporte automóvil a los puntos de concentración previstos. La munición de las fuerzas del Ejército, Guardia civil y Asalto es completa.

El fracaso de Aranda se evidencia con la reproducción de los párrafos de su carta de 8 de febrero que quedan copiados, porque ni es dueño de las carreteras y vías férreas que enumera, ni ha podido efectuar las movilizaciones por él ideadas, ni, en suma, pisa más terreno que el del recinto urbano de Oviedo, donde, según sus propios cálculos, se le han debido de acabar ya los alimentos y estará a punto de acabarse el agua.

En el minucioso plan de Aranda no figura la treta, monstruosamente trágica, que se le ocurrió a última hora de la noche del 18 de julio, cuando entre disimulos engañosos boicoteaba las órdenes que se le transmitían de Madrid de proporcionar armas a los mineros. Esa treta consistía en meter dos mil obreros en los patios del cuartel de Santa Clara, a pretexto de entregarles allí las armas, para fusilarlos a mansalva. Por no prestarse a tan vil estratagema fue fusilado por orden de Aranda el comandante de Asalto Sr. [Alfonso] Ros, cuyo nombre sabrán guardar en su memoria Asturias y España entera.