Un amigo de España

Madrid 20. El embajador francés en Madrid ha recorrido con el gobernador civil de Guipúzcoa [Antonio Ortega] y varios periodistas extranjeros aquellos lugares de San Sebastián damnificados por el bombardeo aéreo y naval. Ha testimoniado su protesta por tales agresiones contra una ciudad abierta y turística que nada tiene de plaza militar, y ha encabezado con quinientas pesetas la suscripción a beneficio de las víctimas. Es este un acto amistoso digno de gratitud, que le ha sido rendida públicamente al representante de Francia por el gobernador en una cariñosa nota expandida por la radio.

Monsieur Herbette es un gran amigo de España, y acaso lo sea por conocerla bien. Ningún diplomático extranjero de los acreditados cerca del Gobierno de la República está mejor enterado de nuestras cosas que el embajador francés. Este, fiel a su antigua profesión de periodista, sigue aferrado a una gran avidez informativa. Nadie tan constante como él en la tribuna diplomática del Congreso, ni nadie entre sus colegas tan afanoso de escudriñar en los fenómenos de la política española.

Otra singularidad para nosotros simpática concurre en el embajador francés: su amor a la democracia. Porque, bueno será decirlo de pasada, la República española tuvo muy poca suerte con las delegaciones diplomáticas extranjeras, que en su gran mayoría las personificaron hombres tras cuya corrección se adivinaba desafecto o, cuando menos, poca simpatía por el nuevo régimen. En eso ha venido siendo Monsieur Herbette una de las muy contadas excepciones. Quizá por ello los gobernantes del bienio negro quisieron, aunque inútilmente, desplazarle de España.

Hablaba yo una tarde de invierno de 1934 con Herriot en el despacho de ministros de la Cámara de Diputados francesa, y al indicarle que Herbette podía ser en Madrid intérprete de ciertas indicaciones, Herriot me interrumpió moviendo en ademán negativo la mano derecha con que tenía sujeta la pipa. Herbette, según el ministro, no era el hombre adecuado para la gestión, porque precisamente el Quai d’Orsay había tenido que resistir las sugestiones del Gobierno español para que fuese reemplazado.

El acto amistoso que realizó monsieur Herbette en San Sebastián, ¿cabe interpretarlo como un rasgo puramente personal o tiene todo el alcance que le puede atribuir la representación que ostenta quien lo ha verificado?

Me inclino a creer que la iniciativa corresponde de modo exclusivo a D. Jean Herbette, testigo muy cercano desde su residencia veraniega de Fuenterrabía de grandes excesos de los facciosos; pero bajo la plena seguridad de que al proceder como procedió interpretaba los sentimientos de su Gobierno. Acaso ha hecho lo que ha hecho como un lenitivo, como un consuelo, cubriendo con su noble gesto el hueco abierto por actitudes irresolutas, vacilantes y, desde el punto de vista del Derecho Internacional, injustificadas en absoluto. Me duele decirlo, pero no sé callarlo.

De la jornada de hoy recojo como nota destacadísima, más aún que la de las dos nuevas derrotas infligidas a los rebeldes en la Sierra de Guadarrama, donde esta mañana hicieron un desventurado debut los moros que funestos caudillos han traído a España para imponer la civilización, el respeto a la familia y el amor a Dios, esa de los “requetés” que desertan en las líneas de combate guipuzcoanas pasándose directamente a nuestras tropas o atravesando la frontera. Las deserciones venían teniendo como únicos autores a los soldados que, eso sí, no desaprovechaban coyuntura para huir de la opresión a que les tienen sometidos los jefes sediciosos; pero el hecho de que les imiten ya quienes se alistaron de manera voluntaria y llenos de bríos en la facción significa que se está agrietando profundamente el “castillo de ilusiones” —¡trágicas ilusiones! — levantado por unos cuantos insensatos.

Ya dije que descartados los efectos de sorpresa en la intentona, el tiempo había de correr a favor del Gobierno. Y a favor del Gobierno corre; pero habría sido mucho mayor la velocidad si escrúpulos absurdos, que ni política ni jurídicamente podrán justificarse jamás, no hubiesen asaltado a ciertos Gobiernos en orden al cumplimiento de compromisos generales a todos ellos, pero que de modo especialísimo obligaban y obligan a uno determinado. Mediante el cumplimiento de dichos compromisos, es muy probable que a estas horas estuviese sofocada la rebelión y no siguiera desangrándose España. Aunque bien intencionada, la actitud de Francia, como tengo ya reconocido, no deja de ser errónea y candorosa. Su invitación a la neutralidad —una neutralidad equívoca— equivale en estos tiempos de deslealtades internacionales a atar las manos de quienes, no ya por solidaridad, sino en su propio interés, debieran auxiliar al Gobierno español legítimamente constituido, y a dejar libres las de quienes por simpatía política, y principalmente porque les abriría la puerta a su ambición imperialista, desean sustituir la actual República democrática española por un régimen de autoritarismo reaccionario.

Esa torpeza obliga a nuestro Frente Popular a centuplicar su esfuerzo. Cuando triunfe podrá registrar, como apéndice de su victoria, el haber liberado a Francia de un azote tan terrible como el que ahora padece España. Porque si aquí llegará a vencer el fascismo, que no vencerá, ya veríamos cuánto tardaba en estallar en tierra francesa una insurrección análoga a esta contra la cual peleamos nosotros.

Quizá por pensar así, pero guardando dentro de su pecho el pensamiento, Monsieur Herbette conmovió ayer a los donostiarras, tan afrancesados de suyo, con tan noble gesto. Mas sea por lo que sea, hay que agradecerle acto tan significativo a este buen amigo de España.

Nuevas consideraciones acerca de la mal llamada neutralidad

Madrid, 11. Volvamos sobre el tema de lo que días atrás hubimos de denominar “neutralidad incomprensible”. Merece la pena. La teoría que con timidez expusimos sobre la improcedencia de una declaración de neutralidad por parte de países extranjeros con respecto a contiendas interiores, la hemos visto ya refrendada muy autorizadamente fuera de España, si no en los propios términos que a nosotros nos sirvieron de expresión, en otros muy parecidos.

El Manchester Guardian, en un artículo de su corresponsal diplomático en Londres, artículo que deja adivinar la inspiración directa del Foreing Office, empieza diciendo esto: “Se admite aquí que la venta de armas a un Gobierno legal no constituye intromisión en los asuntos del país sometido a su Gobierno”. Tras declaración tan rotunda y clara, cabía esperar razonamientos que la refrendasen y reforzaran; pero el prestigioso periódico inglés los reemplaza por distingos y salvedades que en su conjunto contradicen la terminante afirmación previa.

Para el Manchester Guardian, y quizá, por lo visto, para el Gobierno británico, cuyo criterio, al parecer, se recoge, el caso de España es un caso especial, porque se trata de “una guerra civil entre el Gobierno legal y un ejército rebelde, pero existiendo en ambos lados fuerzas heterogéneas sin control central”. De ahí que en Londres se dude, seguimos copiando, en proporcionar armas al Gobierno español como tal, o a las tropas que indubitablemente están bajo su control”. Y añade el oficioso informador para justificar tales dudas, que si “algunas potencias como Francia o Inglaterra venden armas a una de las partes, otras potencias, como Alemania e Italia, podrían vender armas a la otra parte”.

La incongruencia entre lo primeramente afirmado y las conclusiones a que el articulista llega, es absoluta. Desde el punto de vista internacional no se comete falta alguna surtiendo de material de guerra al Gobierno legal de un país amigo. Se incurre precisamente en esa falta por todo lo contrario, es decir, por no facilitárselo, y en el régimen de relaciones no existen trabas que dificulten ese abastecimiento. Y la falta resultaría mucho más notoria —no es este el caso de Inglaterra, aunque podría serlo en cuanto a otra nación— si mediara un pacto comercial una de cuyas cláusulas estableciera el compromiso de venta con el país amigo y de compra por parte de España de dicho material hasta muy elevada suma.

Es lógico que una nación, en el caso presente España, compre al extranjero armas y municiones cuando las necesite. Y si cuando le son indispensables le son negadas, ¿qué valor tienen las estipulaciones comerciales a ese respecto? Estaría fundada semejante negativa si España anduviera en guerra con otro país. Entonces sí, entonces la neutralidad de las naciones no beligerantes impone de modo categórico toda abstención en abastecimientos de esa naturaleza; mas cuando se trata de una contienda interior, la neutralidad obliga a servir material al Gobierno legalmente constituido, es decir, a aquel que esté reconocido por las potencias. Prescindir de dicha obligación a cuenta de la heterogeneidad de las fuerzas que intervengan en esa contienda interior equivale a inmiscuirse en los asuntos internos del país que la padezca. Y más arbitrario resulta aflojar el cumplimiento de deberes inexcusables o prescindir en absoluto de él mirando a la mayor o menor extensión que la rebeldía haya alcanzado.

Pero donde se quiebra totalmente el fundamento de las disquisiciones dubitativas del Manchester Guardian es al justificar la inhibición que preconiza bajo el supuesto de que si Inglaterra y Francia vendieran lícitamente armas al Gobierno español, Alemania e Italia las podrían vender lícitamente a los facciosos. Si así procedieran Italia y Alemania faltarían a un deber elementalísimo. Razón de más para que las naciones amigas cuidasen con celo extremado de cumplir lealmente sus obligaciones, contrarrestando así los excesos de la deslealtad. En el hecho de que Inglaterra y Francia se atuviesen al cumplimiento estricto de esas obligaciones no podrían encontrar Italia y Alemania motivo ni pretexto para la actitud agresiva con respecto a España que se marca en el supuesto del Manchester Guardian. ¿Pero y si las dos naciones fascistas, sin parar mientes en la inhibición que se aconseja a Inglaterra y Francia, dispensaran auxilio a los rebeldes? En caso tal significaría mayor paradoja la conducta abstencionista a ultranza de estos dos países, y en el fondo, habida cuenta de sus resultados, la veríamos transformada en una cooperación más o menos directa a la rebeldía, aunque, naturalmente, no sea ese el propósito. Ello aparece tan claro que no necesita demostración de ningún género.

El artículo que comentamos es de una data algo atrasada. Tenemos la firme esperanza de que de entonces a acá haya ido girando el pensamiento oficial inglés hasta situarse en el terreno correcto que claramente señalan las primeras líneas del mencionado artículo. La posición que ella dibuja es la que corresponde a un país noblemente amigo. De otro modo, se llamaría neutralidad a lo que sería faltar fundamentalmente a ella.

Una neutralidad incomprensible

Madrid, 6. Dentro de las vastísimas zonas de mi ignorancia está incluido cuanto se refiere a la diplomacia. Jamás pude entender sus sutilezas. Alguna vez que con todo el esfuerzo de mi inteligencia he querido traducirlas, mi fracaso ha sido completo, porque levantando la vista de los papeles de supuestos y diversos colores —el Libro Azul, el Libro Amarillo, el Libro Rosa…— y poniendo los ojos en la realidad, me ha parecido todo lo escrito una serie de sorprendentes paradojas, muchas de ellas teñidas de sarcasmo. La pugna entre los compromisos solemnes pactados y el proceder de las “altas partes contratantes”, como diríamos en lenguaje cancilleresco, ha sido constante. En realidad, aquella brutal frase alemana de 1914 diciendo que un Tratado internacional era simplemente un “chifon de papier”, frase con la cual se quiso justificar la violación del respeto ofrecido a la neutralidad belga, no pasaba de ser, aunque en forma cínica, la expresión de una gran verdad que frecuente y dolorosamente hacían sentir los fuertes a los débiles. La única modalidad nueva que cabe registrar desde entonces, cual si hubiese sido iniciada por la dañosa e histórica frase, es un mayor desenfado en el incumplimiento de los Tratados cuando no conviene cumplirlos. Ahí está como ejemplo vivo de ello esa pobre Sociedad de Naciones que tantas ingenuas esperanzas suscitó al nacer y que está amenazada de sucumbir envuelta en el ridículo.

La confesión previa de mi desconocimiento en cuanto a la diplomacia concierne, acaso prive de todo valor lo que voy a decir seguidamente: no he podido desentrañar el sentido de la declaración de neutralidad que, a instancias del Gobierno francés, vienen formulando algunos países europeos con respecto a la lucha que sostenemos en España. Creía yo que una declaración de este género solo era pertinente en una guerra entre dos países, pero me parecía absurda —y en mi ignorancia sigue pareciéndomelo, aunque la iniciativa haya salido de centro tan ducho como el Quai d’Orsay— cuando se tratase, como ahora, de una contienda interior.

No dudo de las bonísimas intenciones del Gabinete de París, dentro del que tengo excelentes amigos; pero me atrevo a afirmar que esa invitación suya, siquiera esté paliada por el último párrafo del acuerdo en que aparece contenida, constituye un equívoco, porque ante cualquier mirada perspicaz, y mejor aún, ante cualquier mirada traviesa, de las que abundan entre los diplomáticos, semejante declaración puede equivaler, hasta cierto punto, al reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes.

Conste que no late entre estas consideraciones, probablemente heréticas, el deseo de que Francia, Inglaterra, ni ningún otro país, intervengan en nuestros problemas internos; pero lo que quiero decir es que, según mi saber y entender, no puede darse el mismo trato al Gobierno legítimo de una nación amiga y a quienes se levanten en armas contra él. Y si esa declaración de neutralidad sirve para considerar en el mismo plano de respeto a quienes representan la legalidad y a quienes encarnan la subversión, diré que no me parece justa. He aquí un razonamiento que se me viene a los puntos de la pluma, escoltado por muchos recuerdos: no se es neutral, por lo visto, cuando la subversión resulta pequeña; pero se proclama la neutralidad cuando la subversión llega a ser grande. Pues bien, la regla inflexible del deber no puede admitir gradaciones. Una subversión, por extensa que sea, no justifica que los países amigos establezcan, por lo que a España se refiere y en lo que afecta a determinados provisionamientos, sistemas distintos a los establecidos antes de que la subversión estallara. Tan legítimo y tan preponderante debe ser para ellos ahora el Gobierno de la República como lo era hace un mes. Y, consiguientemente, no puede haber la más mínima incorrección en suministrarle lo que sin impedimento alguno se le venía suministrando.

Supongo que la declaración de neutralidad que gloso en estas líneas con demasiado atrevimiento no significa alteraciones como las que apuntadas quedan, porque si las ocasionara sería medir con el mismo rasero al Poder legalmente constituido y a quienes se alzan subversivamente contra él. Y para un ignorante como yo, una neutralidad así entendida resultaría absolutamente incomprensible.