Una igualdad desigual

Madrid, 3. Esta mañana conferenció en París con el presidente del Consejo de ministros francés la Comisión de los partidos del Frente Popular español que marchó a recorrer Europa con el propósito de destruir los equívocos que merced a adulteraciones periodísticas se vienen creando en el extranjero a cuenta de la situación de España, del designio de los facciosos y de la significación de los elementos populares que les hacen frente. Nuestra causa tuvo en el despacho del presidente del Consejo de ministros de Francia tres voceros elocuentísimos: Dolores Ibárruri, Marcelino Domingo y Luis Jiménez de Asúa. Por sus labios hablaron la pasión, la experiencia política y el Derecho. Estos tres factores, lejos de discrepar, se acoplaron perfectamente. La experiencia política, a cargo de Marcelino Domingo, tamizó la pasión, que dio tono encendido a las palabras de Dolores Ibárruri, y el Derecho, explicado por tan ilustre maestro como Jiménez de Asúa, abrió cauce jurídico para que por él discurrieran sosegadamente las manifestaciones de los comisionados. He aquí una síntesis de tales manifestaciones.

La Comisión ha podido comprobar, a través de las expresiones de simpatía del pueblo francés, que éste se halla de corazón al lado del pueblo español en su lucha contra el fascismo, y que ansía prestarle toda clase de auxilios para asegurarle la victoria; pero el Gobierno de París, por la actitud en que se ha colocado, acaso no refleje adecuadamente estos sentimientos, ya que su posición significa, al considerar en el mismo pie de igualdad a un Gobierno legítimo y a quienes se levantan en armas contra él.

Los frutos de la iniciativa diplomática del Quai d’Orsay en orden al pacto de “no intervención” están ya a la vista. Las naciones que podían y debían, dentro del más absoluto respeto al Derecho internacional, autorizar la venta de material de guerra de sus industrias privadas al Gobierno español, prohíben su exportación de manera efectiva, en tanto que otros países simpatizantes con los rebeldes no se recatan para suministrárselo. La “no intervención” es, en el fondo, una verdadera intervención, puesto que al anular lo que estaba vigente, y lo que ha sido siempre uso y costumbre en las relaciones internacionales, favorece a los insurrectos.

En fin, los comisionados supieron repetir y mejorar cuanto se ha dicho acerca de la inoportunidad y desventaja que desde un punto de vista amistoso representa para nosotros la conducta del Ministerio francés. No ganó la tesis solo por la elocuencia con que fue expuesta, sino, principalmente, por exponerla téte a téte ante León Blum. Cuando los visitantes quisieron citar ejemplos, señalaron el último, el del reciente desembarco de veinticuatro aviones italianos por un barco, también italiano, en Vigo, hecho sobre el cual no puede caber duda alguna a las potencias amigas, ya que el desembarco lo ha podido presenciar la dotación de un destroyer inglés surto en el mismo puerto. León Blum quiso conocer el día en que los aviones salieron de Italia para comprobar si era anterior o posterior a la fecha en que Mussolini aceptó el convenio de “no intervención”.

Guiados por el sentido de esta indagación que interesa a Blum, aventurémonos a creer que Italia no ha fallado a su compromiso, es decir, que la expedición salió días antes de aceptar Mussolini el pacto. Pues, aun así, quedará claro el perjuicio enorme que nos ha causado el Gobierno francés, porque este adoptó inflexiblemente su actitud, mal llamada de neutralidad, desde el instante mismo en que invitó a guardarla a las demás naciones, y es evidente que algunas de ellas —ahí tenemos el caso citado, entre otros— no han querido observarla, por lo menos, hasta quedar convenida unánimente la “no intervención”. Si hasta que el pacto fue firme —ya veremos qué firmeza efectiva alcanza—, Francia se hubiese ceñido a la norma común del Derecho internacional, y además a cierta cláusula del acuerdo comercial que firmó con España en 1935, el Gobierno de la República española habría podido mantener y aumentar la superioridad en material aéreo y terrestre, garantía indiscutible de una inmediata victoria. Habiéndosenos privado de medios a los cuales tenemos perfecto derecho y a cuya compra, no se olvide esto, se nos obligó en negociaciones recientes, hemos de sostener una lucha más larga, más sangrienta y más desastrosa para España.

He comentado varias veces la injusticia tremenda que entraña el pacto de “no intervención”. Me alegro mucho de que el eco del clamor que ha levantado en España llegase hoy tan directa y autorizadamente a oídos de Blum. De haber estado yo presente en la visita de hoy me hubiese atrevido a decir que era preferible que en vez de negarse por igual a insurgentes y leales material guerrero nos lo suministrasen a ambos bandos con entera libertad, porque así, cuando menos, podría adquirir el Gobierno español en algún sitio lo que en todas partes se le niega y que los rebeldes, desde luego, encuentran. Esa igualdad que se ha ideado en Francia constituye la más terrible de las desigualdades.

Inhibición en pugna con sagrados compromisos

Madrid, 28. Aunque con poca eficacia, el enemigo se entrega estos días a exhibiciones de aviación en el Norte, Centro y Sur. En esas exhibiciones figuran flamantes aparatos de modelos muy modernos. ¿Quién se los proporciona? Porque, indudablemente, él no los fabrica. Pues se los proporcionan algunas naciones de las que, invitadas por Francia, parecen haber asentido a la fórmula neutral de “no intervención”.

El auxilio de estos países a los insurgentes es cosa que no ofrece duda alguna. Hay hechos que lo demuestran de modo incontrovertible y de cuya enunciación prescindimos ahora. A lo sumo, puede surgir la duda respecto a si ese auxilio consiste en simple tolerancia para la provisión de material de guerra a Empresas privadas o si se extiende a una protección directa a los propios Gobiernos. No me atrevo a sentar afirmación rotunda sobre este extremo, ni siquiera basándome en documento autógrafo de uno de los caudillos de la rebelión que llevaba consigo un jefe sedicioso cuyo cadáver fue hallado en Extremadura, documento que hablaba de la perentoriedad de entrega de determinados elementos ofrecidos por persona cuyo nombre corresponde al de cierto militar extranjero tan conocido en Madrid por el puesto oficial que aquí desempeñó.

Desde luego, el material de aviación desembarcado en Cádiz, transportado a Sevilla por ferrocarril y montado en el aeródromo de Tablada por técnicos extranjeros a los cuales, según parece, se les ha enrolado en el Tercio; el material que conducido por otro buque del mismo pabellón no pudo ser desembarcado en España y lo está siendo en puerto extranjero; el recibido directamente en Marruecos y el que ha debido de arribar estos días a Coruña, importa cifra muy considerable que sobrepasa los recursos de que, según mis cálculos, podían disponer los facciosos. Pero quizá estos cálculos hayan sido erróneos, quedándome yo muy por bajo de la realidad, y que los rebeldes dispusieran de fondos bastantes para tan cuantiosas inversiones. Sea de una forma o de otra, lo indudablemente cierto es que los insurrectos reciben del extranjero material de guerra y personal apto para su manejo, lo cual revela la torpeza diplomática cometida por Francia al apadrinar su ya famosísima fórmula de neutralidad, cuyos resultados prácticos son —no podían ser otros— que los países amigos de España se desentiendan de su obligación de apoyar a nuestro Gobierno legítimo y que las naciones simpatizantes con el movimiento insurreccional apoyen éste con poco o ningún disimulo.

¿Cómo deshacer la tremenda injusticia que supone esta realidad? Ya acusé días atrás el carácter universal de la batalla, una de cuyas etapas se está cubriendo ahora en España. Tenemos derecho quienes aquí resistimos la acometida del fascismo a la solidaridad de la democracia del mundo entero; pero no a una solidaridad platónica que tiene por mera expresión mensajes de simpatía, sino a una solidaridad que se traduzca en apoyos efectivos. No reclamamos otros apoyos que los estrictamente legítimos, es decir, los reconocidos por el Derecho internacional a todo Gobierno legalmente constituido. Estos apoyos son los que debe lograr la solidaridad a la que apelamos. ¿Cómo? Presionando las masas de los países demócratas a sus respectivos gobiernos para que enmienden el yerro en que han incurrido y por el cual nos niegan los medios de lucha que naciones de régimen autoritario conceden a manos llenas a nuestros enemigos. Exigimos, simplemente, una conducta lícita frente a un proceder ilegítimo.

Tengo dicho desde el primer instante que vencería quien dispusiera en mayor cantidad de elementos modernos de combate. No podía figurar entre estas suposiciones la de que no les fuesen concedidos dichos elementos al Estado español, la de que internacionalmente se le creara una situación de asfixia. Para mí esto era inconcebible, aunque la realidad quiera demostrarme lo contrario.

Cuando el Gobierno francés se decidió a proclamar una neutralidad tan equívoca como injusta, di desde estas mismas columnas la voz de alarma. Hoy son ya muchas las voces que se alzan clamorosamente en Europa contra tan absurda actitud. Ese clamor, seguramente, ha formado una convicción en las masas. Pues bien, es preciso que tal convicción se exprese en resoluciones congruentes con ella adoptadas por los Gobiernos. Y esto lo pedimos en nombre del pueblo español que, al defender su libertad defiende también la de los demás pueblos amenazados del mismo azote. Vencerá, repito, quien disponga de más elementos modernos de combate. Que no se nos nieguen a nosotros aquellos a que moral y legalmente tenemos derecho. Y, sobre todo, que no se nos brinde a título de amistad con inhibición que pugna con sagrados compromisos.