Madrid, 31. Cuando esta tarde iba a iniciarse en la Cámara de los diputados franceses el debate acerca de la actitud de aquel Gobierno con respecto a los sucesos de España, un periódico parisiense, muy aficionado al sensacionalismo, lanzaba una edición con la noticia, transmitida desde Hendaya por uno de sus cronistas de guerra, de que cuatro columnas rebeldes, avanzando hacia Madrid, se hallaban ya en las proximidades de dicha capital, teniéndola de hecho sitiada. ¿Dónde están esas columnas? Parece que dos de ellas las sitúa la fantasía periodística por la parte sur de Madrid.
Pues bien: el foco rebelde más cercano a Madrid por el Sur es Córdoba, y dista de aquí cuatrocientos kilómetros justos. Y en vez de que pueda salir de allí columna alguna, lo cierto es que la ciudad de los Califas está seriamente cercada por las columnas que formaron los campesinos de Jaén y los mineros de Linares y La Carolina, más las que procedentes de Levante, luego de liberar Albacete, marcharon hacia el Mediodía, todas ellas al mando del general [José] Miaja.
Madrid no sufre cerco alguno, como se da en decir por el extranjero. Su situación es francamente despejada, y la vida por entero normal. Pruebanlo, mejor que nada, las cifras siguientes: de ochenta mil personas que suman aquí las colonias extranjeras, solo se han ausentado desde el comienzo de la rebelión 217. Y nadie tropieza con el menor obstáculo para irse, por cuanto que las comunicaciones por carretera y vía férrea por el Mediterráneo están totalmente libres, circulando los trenes con la más perfecta regularidad.
Madrid aplastó en germen el peligro que sobre él se cernía a la hora misma que las milicias populares rindieron el Cuartel de la Montaña. Tras éste, y sin resistencia alguna, se entregaron los demás, en los que, por cierto, no tuvo la rebeldía expresiones manifiestas, aunque había motivos para sospechar que estuviese latente. Y a seguido, cuanto en las proximidades de Madrid se fraguó insurreccionalmente lo hizo fracasar la valentía del pueblo en armas. Se sublevaban los regimientos de Alcalá de Henares y fueron prontamente reducidos a la obediencia, quedando prisioneros todos los promotores. Saltó luego la subversión más a retaguardia, en Guadalajara, y al cabo de un combate de doce horas, muy encarnizado por el tesón de los sediciosos y el coraje de los asaltantes, las fuerzas insurrectas quedaban aniquiladas. Sin dejar enemigos a la espalda, los leales, victoriosos, continuaron adelante hasta más allá de Sigüenza. Esto por lo que toca a la carretera de Aragón. En otros sectores, triunfos también espléndidos sirvieron para deshacer los estorbos que suponían Toledo y Albacete sublevados.
¿Dónde están, pues, las columnas que avanzando sobre Madrid lo tienen cercado? ¿Dónde? En ninguna parte, porque distan de ser siquiera columnas ni columnillas un par de núcleos artilleros que por el Norte, en algunas crestas de la sierra de Guadarrama, hostilizan ligeramente; núcleos que va desmoronando la deserción. Se entretienen disparando cañonazos que Madrid ni siente ni oye y que solo sirven, como el otro día dije, para que las excursiones serranas ofrezcan un nuevo atractivo a los madrileños curiosos y desocupados. Toda guerra es propensa a los bulos; pero como ésta, pocas.