Una neutralidad incomprensible

Madrid, 6. Dentro de las vastísimas zonas de mi ignorancia está incluido cuanto se refiere a la diplomacia. Jamás pude entender sus sutilezas. Alguna vez que con todo el esfuerzo de mi inteligencia he querido traducirlas, mi fracaso ha sido completo, porque levantando la vista de los papeles de supuestos y diversos colores —el Libro Azul, el Libro Amarillo, el Libro Rosa…— y poniendo los ojos en la realidad, me ha parecido todo lo escrito una serie de sorprendentes paradojas, muchas de ellas teñidas de sarcasmo. La pugna entre los compromisos solemnes pactados y el proceder de las “altas partes contratantes”, como diríamos en lenguaje cancilleresco, ha sido constante. En realidad, aquella brutal frase alemana de 1914 diciendo que un Tratado internacional era simplemente un “chifon de papier”, frase con la cual se quiso justificar la violación del respeto ofrecido a la neutralidad belga, no pasaba de ser, aunque en forma cínica, la expresión de una gran verdad que frecuente y dolorosamente hacían sentir los fuertes a los débiles. La única modalidad nueva que cabe registrar desde entonces, cual si hubiese sido iniciada por la dañosa e histórica frase, es un mayor desenfado en el incumplimiento de los Tratados cuando no conviene cumplirlos. Ahí está como ejemplo vivo de ello esa pobre Sociedad de Naciones que tantas ingenuas esperanzas suscitó al nacer y que está amenazada de sucumbir envuelta en el ridículo.

La confesión previa de mi desconocimiento en cuanto a la diplomacia concierne, acaso prive de todo valor lo que voy a decir seguidamente: no he podido desentrañar el sentido de la declaración de neutralidad que, a instancias del Gobierno francés, vienen formulando algunos países europeos con respecto a la lucha que sostenemos en España. Creía yo que una declaración de este género solo era pertinente en una guerra entre dos países, pero me parecía absurda —y en mi ignorancia sigue pareciéndomelo, aunque la iniciativa haya salido de centro tan ducho como el Quai d’Orsay— cuando se tratase, como ahora, de una contienda interior.

No dudo de las bonísimas intenciones del Gabinete de París, dentro del que tengo excelentes amigos; pero me atrevo a afirmar que esa invitación suya, siquiera esté paliada por el último párrafo del acuerdo en que aparece contenida, constituye un equívoco, porque ante cualquier mirada perspicaz, y mejor aún, ante cualquier mirada traviesa, de las que abundan entre los diplomáticos, semejante declaración puede equivaler, hasta cierto punto, al reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes.

Conste que no late entre estas consideraciones, probablemente heréticas, el deseo de que Francia, Inglaterra, ni ningún otro país, intervengan en nuestros problemas internos; pero lo que quiero decir es que, según mi saber y entender, no puede darse el mismo trato al Gobierno legítimo de una nación amiga y a quienes se levanten en armas contra él. Y si esa declaración de neutralidad sirve para considerar en el mismo plano de respeto a quienes representan la legalidad y a quienes encarnan la subversión, diré que no me parece justa. He aquí un razonamiento que se me viene a los puntos de la pluma, escoltado por muchos recuerdos: no se es neutral, por lo visto, cuando la subversión resulta pequeña; pero se proclama la neutralidad cuando la subversión llega a ser grande. Pues bien, la regla inflexible del deber no puede admitir gradaciones. Una subversión, por extensa que sea, no justifica que los países amigos establezcan, por lo que a España se refiere y en lo que afecta a determinados provisionamientos, sistemas distintos a los establecidos antes de que la subversión estallara. Tan legítimo y tan preponderante debe ser para ellos ahora el Gobierno de la República como lo era hace un mes. Y, consiguientemente, no puede haber la más mínima incorrección en suministrarle lo que sin impedimento alguno se le venía suministrando.

Supongo que la declaración de neutralidad que gloso en estas líneas con demasiado atrevimiento no significa alteraciones como las que apuntadas quedan, porque si las ocasionara sería medir con el mismo rasero al Poder legalmente constituido y a quienes se alzan subversivamente contra él. Y para un ignorante como yo, una neutralidad así entendida resultaría absolutamente incomprensible.

Dinero, dinero y dinero

Madrid, 5. Aquel dios de la guerra, aquel loco magnífico que fue Napoleón, afirmó que para triunfar en las contiendas bélicas era necesario dinero, dinero y dinero. Esta verdad axiomática, proclamada hace cerca de siglo y medio, presenta contornos más convincentes en los tiempos que corremos, porque la guerra moderna exige la concurrencia de elementos costosísimos que eran rudimentarios o totalmente desconocidos en la época napoleónica.

Comparemos el cañón de entonces, tosco y lento, con una de las maravillosas piezas de artillería rápida de ahora. Cotejemos sus costos respectivos y se verá por ellos cómo el factor dinero resulta aún más decisivo. Reparemos en las armas automáticas, invenciones diabólicas, que el caudillo corso no conoció, y en el consumo formidable de municiones que ellas exigen, y tendremos también la sensación de que el dinero juega papel mucho más importante que cuando el primero de los Bonaparte aterraba al mundo con sus audacias. Volvamos luego la vista a instrumento tan novísimo, y a la vez tan caro, como la aviación, en la que el emperador francés ni siquiera pudo soñar, y hallaremos con mayor plenitud confirmada la aseveración de éste: dinero, dinero y dinero. Dinero para cañones, ametralladoras y fusiles. Dinero para cantidades fabulosas de municiones. Dinero para aeroplanos, dinero para gasolina, dinero para productos químicos…

Ya habíamos quedado en que lo de España es una verdadera guerra y no una asonada trivial. Pues bien; conforme al aserto napoleónico, para ganarla, se necesita, principalmente, dinero, dinero y dinero.

¿Quién está mejor provisto de este recurso? ¿Los rebeldes o el Gobierno? El Gobierno, sin duda alguna. Creo en todos los apoyos financieros de que estos días habla la prensa, atribuyéndolos a magnates del capitalismo e incluso a algún famoso contrabandista [Juan March]. ¿Pero que representa todo eso frente a los recursos de que dispone el Estado? No pasa de ser una gota de agua en el mar. En el caso actual, esos concursos privados han podido servir para iniciar la sublevación, pero son insuficientes para sostenerla.

Vamos a pensar por un momento que el capitalismo español, todo él, está dispuesto a destinar la integridad de sus recursos a la causa facciosa. No habría que arredrarse por ello, pues esos recursos, a la hora presente, son limitadísimos. Nuestra burguesía no puede disponer con libertad de sus bienes, no puede vender sus bancas, ni sus talleres, ni sus tierras. ¿Quién se los habría de comprar en circunstancias tan angustiosas y dramáticas? Aparte de lo previsoramente incautado por el Gobierno para satisfacer las necesidades de diverso orden que la guerra crea, lo que en su poder conserva la burguesía no es de momento vendible. Y aquí lo que hace falta es dinero. Y dinero no representado en billetes del Banco de España, que circunstancialmente carecen de valor en el extranjero, sino dinero en francos franceses y suizos, en dólares, en libras esterlinas…, es decir, en oro. Porque es únicamente con oro como España y los españoles pueden hacer transacciones fuera del país, y el oro, todo el oro español, el que garantiza nuestro papel moneda, lo tiene en sus manos el Gobierno.

Cierto que las sacas del precioso metal debilitan dicha garantía y, desde luego, nos empobrecen, porque el metal amarillo no se invierte en adquisiciones que aumenten o mantengan nuestro índice de riqueza, sino que se trueca por elementos de guerra, por instrumentos destructores. El empobrecimiento de España como consecuencia de esta lucha fratricida constituirá una de las grandes responsabilidades de los promotores de la rebeldía.

Desgraciadamente, no será ese el único problema por ellos planteado, sino que serán muchos y todos muy graves. Pero nuestro examen de los aspectos de la contienda se circunscribe hoy a los apremios del presente, sin extender la mirada hacia el futuro. Y atentos a tales apremios nos aferramos a la frase de Napoleón y creemos en nuestra victoria, porque en nuestro poder está el dinero.

El auxilio extranjero a los rebeldes

Madrid, 4. El descenso obligado, por faltarles gasolina, de tres aviones italianos en tierra francesa, muy cerca del río Muluya, demuestra, pese a protestas y disimulos de Cancillería, el auxilio de una nación extranjera a los rebeldes españoles. Esos tres aeroplanos, juntamente con otros de la misma procedencia y nacionalidad, que a salvo de todo percance debieron llegar al aeródromo de Tahuima [sic], en Melilla, iban tripulados por pilotos italianos. La información se ha publicado con toda clase de detalles en la Prensa francesa. Y como el accidente ocurrió en territorio francés, al Gobierno de París no puede caberle duda alguna respecto a la trascendencia de semejante episodio, que aparecería aún más caracterizado si fuera cierto, cual se afirma, que uno de los tripulantes de esas naves aéreas que volando sobre África no pudieron llegar a su destino en el Protectorado español, es un capitán del Ejército italiano, y si se comprueba que los aparatos fueron dados de baja en fecha muy reciente en las escuadrillas mussolinianas y pintados de distinto modo a como lo estaban cuando aún seguían al servicio del Ejército de Italia.

Este suceso suscita consideraciones de orden nacional y de orden internacional. Veámoslas, aunque sea brevemente. En primer término se destaca el hecho de que los militares españoles alzados en armas contra el Poder legítimo del pueblo no han sentido el menor escrúpulo en solicitar el auxilio extranjero. Extraña psicología la de estos titulados defensores de la patria, porque esa influencia por ellos indudablemente solicitada y, desde luego, admitida, supone en sí misma una ofensa al decoro español.

Ya es bochornoso que en nuestras querellas internas se mezclen los extraños. ¿Pero se han parado los sediciosos a meditar sobre las posibles consecuencias de una injerencia de tal género? En la política internacional pesan poco —lo hemos visto muchas veces y lo estamos viendo ahora— las afinidades políticas. Las potencias, inspiradas por profundos egoísmos nacionalistas, no se mueven a impulsos de la simpatía o la antipatía por un régimen determinado. Se mueven exclusivamente a impulsos de sus intereses, nada más que de sus intereses. A Italia, por ejemplo, le sugestionaría muy poco la implantación en España del fascismo, de un régimen autoritario cualquiera, si no adivinara la posibilidad de obtener a través de él ventajas considerables para su afán imperialista. Si un auxilio suyo determinase la victoria de los facciosos pasaría muy pronto su factura, la cual habría de ir en detrimento de nuestra soberanía.

El Manchester Guardian, previniendo a la opinión inglesa, se encargó días atrás, como vimos, de señalar lo que Italia ambiciona respecto al archipiélago balear y el norte de África, y descubrió las esperanzas de dicha nación mediterránea de ver realizada su ambición mediante el triunfo de nuestros militares insurrectos. Bastaría con que las cosas llevaran ese camino sin que en él hubiese estorbos, para que la pesadumbre de una gravísima preocupación enturbiara la conciencia de cualquier español responsable.

¡Ah! Pero hay más, mucho más. Hay que los países cuya conveniencia quedase lesionada por la satisfacción de dichas aspiraciones italianas se creerían obligados a cerrarlas el paso en un momento determinado. Entonces podría ocurrir que descargaran sobre España, en tremendas turbonadas, las rivalidades europeas. Quienes sin más guía que su ciega pasión se sublevaron contra la República, no han caído en cuenta de que podían convertir España en una especie de Balcanes de Occidente, haciendo que nuestras querellas sirvan de pretexto para el choque de todas las grandes ambiciones internacionales, choque en el cual —reiteramos una vieja preocupación— puede peligrar nuestra integridad y nuestra independencia.

En plena guerra

Madrid, 3. En España estamos en plena guerra, una guerra cuyo alcance no supieron medir quienes la provocaron, pues creyeron, sin duda, que su plan iba a ser cosa de coser y cantar. A estas horas habrán ya apreciado toda la magnitud de su error, error nacido de que al calcular sus fuerzas, deslumbrados por la extensión de las mismas, olvidaron calcular las del adversario, que dieron por nulas. No supusieron que era tan grande la adhesión del pueblo a la República, ni su fervor por defenderla. Y lo que creyeron iba a reducirse a la lectura de un bando marcial, y, a lo sumo, a algún paseo militar, se lo encuentran hoy trocado en una guerra espantosa.

Toda guerra es escuela de crueldades. No escapará la nuestra a esta consecuencia fatal, verdaderamente terrible. Ni siquiera cuando los sangrientos combates cesen habrá sonado la hora de la paz. El rescoldo de los odios lo estará avivando a cada instante la pasión, y acaso surjan nuevas llamaradas. Es muy distinto el final de una lucha entre dos países enemigos, cuyos ejércitos, al concertarse la paz, pierden todo contacto, que la conclusión de una guerra civil que determina la convivencia en el mismo territorio de los combatientes. De vencedores y vencidos. El rencor sobrevivirá por mucho tiempo al armisticio. Ese rencor será más hondo cuanto más se prolongue la bárbara pelea, que llegará a secar de tal manera los espíritus que no deje florecer en ellos los principios más elementales de la moral en que ha de descansar la solidaridad humana.

Nuestras preocupaciones deben situarse más allá del término de la guerra civil. Quizá esas, de orden espiritual, parezcan en estos momentos de furia, prédicas pueriles que ahoguen fácilmente el estallido de las bombas; pero aun en el orden material estricto hay motivos para que no podamos contemplar sin angustia el porvenir de España.

La lesión que la guerra civil produce en nuestra economía es ya bien evidente. Para apreciar esa lesión no solo hay que contar el esfuerzo económico que realiza el Estado para sofocar la rebelión. Desde un punto de vista nacional es computable también el esfuerzo que en ese aspecto realizan los insurgentes. Legiones de hombres están apartados hoy del trabajo, que es riqueza, para consagrarse a la guerra, que es destrucción. Las manos que habían de recoger las cosechas empuñan las armas, mientras en el campo se agostan y pudren las mieses y los frutos. Y, en tanto, cañones y aeroplanos siembran la ruina. La peseta, que aún mantiene su fuerza adquisitiva en el interior, es un signo monetario casi nulo en el exterior. No tenemos crédito. La contienda civil ha acabado de desbaratarlo. Y a medida que la lucha se prolongue, esas heridas se profundizarán, poniendo en peligro la vida misma de España. Todo eso han hecho quienes, según su decir, se proponían salvarla.

El entusiasmo popular

Madrid, 1. En los quince días que llevamos de rebelión, yo no había tenido hasta hoy contacto directo con las masas populares. Sabía de su gran entusiasmo, pero no lo había sentido palpitar de cerca.

Esta tarde lo oí vibrar con pasión cuando, invitado por el jefe del Gobierno [José Giral], concurrí, en la estación de Atocha, al recibimiento de las fuerzas militares que venían de Valencia. Una multitud compacta aparecía alineada a ambas orillas del paseo del Prado, apiñándose aún más densa en la glorieta de Atocha. La estación, con su marquesina caldeada por el sol, parecía un inmenso hervidero. Allí dentro, la muchedumbre, apretujada en vías y andenes, soportaba una temperatura infernal.

A medida que iban llegando los ministros y otros hombres representativos del Frente Popular eran acogidos con ovaciones clamorosas. Pero aún fue más prolongada la que acogió la presencia de una Comisión de marinos.

Y luego, al llegar los trenes militares, el entusiasmo no tuvo límites. Soldados y paisanos confundían sus gritos frenéticos de adhesión a la República. El ejército vitoreaba al pueblo y el pueblo vitoreaba al ejército. Se sentían mutuamente reencarnados. En las plataformas que transportaban los cañones, en los tejadillos de los vagones y en las ventanillas de los coches, puños cerrados simbolizaban el saludo de los que venían a los que esperaban, y el de los que esperaban a los que venían.

Más tarde, cuando las luces de la ciudad comenzaban a parpadear, los soldados, envueltos por el pueblo y precedidos de banderas, desfilaron por las calles. Los he visto, y ahora me llega de lejos el eco de los aplausos, que asemejan el tableteo de cientos de ametralladoras. Tomo el espectáculo como signo cierto de que el entusiasmo popular, lejos de decaer, aumenta. A un pueblo en pie resulta muy difícil batirle. La moral es factor importantísimo y a veces decisivo en esta clase de contiendas. Pues bien; la moral del pueblo madrileño alcanza alturas inverosímiles.

Si eso del cerco de Madrid de que viene fantásticamente hablando la prensa extranjera fuese una realidad en vez de una paparrucha y las tropas facciosas pudieran asomarse a la capital, en cada barrio, en cada calle, en cada esquina se verían obligadas a librar combates cruentos. Asistiríamos a jornadas como la del 2 de mayo de 1808, pero infinitamente más sangrientas.

No hay cuidado de que semejante trance llegue. Madrid se siente tan holgada en su defensa, que estos infantes y artilleros que llegaron de Valencia esta tarde, como el millar de campesinos que arribaron de Ciudad Real por la mañana, servirán de núcleo a columnas que se organizan para marchar al ataque de los focos de la sublevación, todos muy distantes de aquí.

El tiempo es elemento que favorece al Gobierno. Mientras desgasta a los enemigos, a él le permite ir encuadrando las fuerzas que de todas partes se le unen. Tiene el Gobierno una cantera inagotable: el pueblo. Y al pueblo, poseído como está de un fervoroso entusiasmo, no hay quien le aplaste.

Los bulos en la guerra

Madrid, 31. Cuando esta tarde iba a iniciarse en la Cámara de los diputados franceses el debate acerca de la actitud de aquel Gobierno con respecto a los sucesos de España, un periódico parisiense, muy aficionado al sensacionalismo, lanzaba una edición con la noticia, transmitida desde Hendaya por uno de sus cronistas de guerra, de que cuatro columnas rebeldes, avanzando hacia Madrid, se hallaban ya en las proximidades de dicha capital, teniéndola de hecho sitiada. ¿Dónde están esas columnas? Parece que dos de ellas las sitúa la fantasía periodística por la parte sur de Madrid.

Pues bien: el foco rebelde más cercano a Madrid por el Sur es Córdoba, y dista de aquí cuatrocientos kilómetros justos. Y en vez de que pueda salir de allí columna alguna, lo cierto es que la ciudad de los Califas está seriamente cercada por las columnas que formaron los campesinos de Jaén y los mineros de Linares y La Carolina, más las que procedentes de Levante, luego de liberar Albacete, marcharon hacia el Mediodía, todas ellas al mando del general [José] Miaja.

Madrid no sufre cerco alguno, como se da en decir por el extranjero. Su situación es francamente despejada, y la vida por entero normal. Pruebanlo, mejor que nada, las cifras siguientes: de ochenta mil personas que suman aquí las colonias extranjeras, solo se han ausentado desde el comienzo de la rebelión 217. Y nadie tropieza con el menor obstáculo para irse, por cuanto que las comunicaciones por carretera y vía férrea por el Mediterráneo están totalmente libres, circulando los trenes con la más perfecta regularidad.

Madrid aplastó en germen el peligro que sobre él se cernía a la hora misma que las milicias populares rindieron el Cuartel de la Montaña. Tras éste, y sin resistencia alguna, se entregaron los demás, en los que, por cierto, no tuvo la rebeldía expresiones manifiestas, aunque había motivos para sospechar que estuviese latente. Y a seguido, cuanto en las proximidades de Madrid se fraguó insurreccionalmente lo hizo fracasar la valentía del pueblo en armas. Se sublevaban los regimientos de Alcalá de Henares y fueron prontamente reducidos a la obediencia, quedando prisioneros todos los promotores. Saltó luego la subversión más a retaguardia, en Guadalajara, y al cabo de un combate de doce horas, muy encarnizado por el tesón de los sediciosos y el coraje de los asaltantes, las fuerzas insurrectas quedaban aniquiladas. Sin dejar enemigos a la espalda, los leales, victoriosos, continuaron adelante hasta más allá de Sigüenza. Esto por lo que toca a la carretera de Aragón. En otros sectores, triunfos también espléndidos sirvieron para deshacer los estorbos que suponían Toledo y Albacete sublevados.

¿Dónde están, pues, las columnas que avanzando sobre Madrid lo tienen cercado? ¿Dónde? En ninguna parte, porque distan de ser siquiera columnas ni columnillas un par de núcleos artilleros que por el Norte, en algunas crestas de la sierra de Guadarrama, hostilizan ligeramente; núcleos que va desmoronando la deserción. Se entretienen disparando cañonazos que Madrid ni siente ni oye y que solo sirven, como el otro día dije, para que las excursiones serranas ofrezcan un nuevo atractivo a los madrileños curiosos y desocupados. Toda guerra es propensa a los bulos; pero como ésta, pocas.