Aspecto internacional de nuestra contienda íntima

Madrid, 29. ¿De cuándo data mi preocupación de que un estado de desorden muy prolongado en España puede originar complicaciones internacionales que, incluso, hagan peligrar nuestra independencia? De hace mucho tiempo.

Esa preocupación asomó varias veces en discursos y artículos míos, y recuerdo que hube de formularla de modo muy especial en una conferencia que hace cerca de dos años di en Toledo a las Juventudes socialistas allí agrupadas.

Quienes oyeran mi discurso que la otra noche se radió desde Madrid, observarían que mis palabras emocionadas reflejaban esa misma preocupación, la cual se adueña más profundamente de mi espíritu a medida que van transcurriendo estas horas angustiosas de la gran crisis española.

Europa no contempla nuestra guerra civil como una simple contienda interior.

La multitud de barcos de guerra extranjeros que hacen flamear sus banderas respectivas en nuestras radas más importantes, señala mejor que nada toda la trascendencia que puede tener en el exterior la pelea que aquí libramos.

Ese excepcional interés lo explican la privilegiada situación geográfica de la Península ibérica, el enorme valor estratégico de las islas Baleares y el vehemente deseo de algunas potencias de clavar sus pabellones en el Norte de África.

Europa, crispada y nerviosa, sigue atenta cuanto aquí ocurre. Y son varias las naciones que se miran, recelosas, acaso atribuyendo mutuamente a las visitas de los barcos de guerra designios más vastos, aunque de momento ocultos, que el de proteger la vida de los súbditos respectivos.

La Prensa extranjera es a esta hora portavoz del recelo de las Cancillerías.

Días atrás el Manchester Guardian publicó un suelto marcadamente oficioso de su redactor diplomático, que sin duda revelaba el pensamiento del Foreing Office.

Según este informador asegura, en los círculos londinenses prevalece el parecer de que la guerra civil española será de extraordinaria duración.

Además da a entender que los rebeldes cuentan con el apoyo de Italia y Alemania, y señala como precio a este auxilio, posibles concesiones territoriales en el archipiélago balear y en el Norte de África.

El diario oficioso no dice ni media palabra sobre la actitud de Inglaterra.

Su misión, de momento, queda, por lo visto, reducida a llamar la atención de la opinión pública inglesa sobre la extraordinaria trascendencia que tendría la victoria de los sublevados por esas concomitancias que el periódico señala sin embozo ni veladuras.

¿Será tan triste el sino de España como para que nuestras discordias intestinas sirvan de incentivo a los apetitos de naciones imperialistas, dispuestas en cuanto la ocasión se les depare a hacer presa de nuestros territorios?

¡Qué responsabilidad tan terrible para quienes hubiesen preparado tal coyuntura! Además de arruinar a la Patria la habrían entregado a las codicias ajenas.

Su grito de ¡Arriba España! tendría entonces acento de sarcasmo, porque en vez de levantarla la habrán hundido para siempre.