Recapitulación

Madrid, 31. Al concluir el mes de agosto, se nos ocurre echar una mirada retrospectiva de los acontecimientos desde que la subversión estalló, procediendo a una recapitulación sincera.

Dos méritos cabe atribuir a los rebeldes: primero, el de haber conseguido traer a la Península parte el ejército de África; segundo, el de lograr después la unión de sus fuerzas del Sur y del Norte, a través de Extremadura. No hallamos otras cosas de relieve que registrar en su favor después de la fecha en que surgieron las insurrecciones en los territorios de África y en los peninsulares.

Estos dos éxitos solo han sido posibles por la acumulación de material de guerra moderno y abundantísimo procedente de dos naciones extranjeras y por el auxilio, en forma indirecta, de una tercera. La escuadra española, poniéndose al lado del Gobierno después de reducir la marinería a los jefes y oficiales que, según testimonios que obran en el sumario, estaban comprometidos desde el mes de marzo, impidió el paso de tropas de Marruecos. Solamente al amparo de la sorpresa que produjo el estallido, llegaron fuerzas, muy escasas, de Regulares indígenas y Tercio a bordo del Churruca. Luego, el transporte se siguió haciendo, aunque lenta y difícilmente, por el aire, de Tetuán a Algeciras y Sevilla, utilizando los trimotores de que disponían los rebeldes; pero cuando la aviación de éstos se reforzó con aparatos de marca italiana y este refuerzo pudo entorpecer la acción vigilante de nuestros buques de guerra, se consiguió que el España número 5, muy protegido desde el aire, llevase de Ceuta a Algeciras unos contingentes numerosos de tropas marroquíes.

Situadas estas tropas en Andalucia, hubieron de esperar allí otro auxilio extranjero eficacísimo para avanzar hacia Mérida. Su avance se inició luego de montar en el aeródromo de Tablada los aviones alemanes desembarcados en Cádiz, y bajo la protección de escuadrillas formadas por aparatos modernísimos y el empleo en tierra de material de la misma procedencia, se verificó la conjunción entre las fuerzas rebeldes del Sur y del Norte, lo cual ha permitido la exhibición, más espectacular que efectiva, de moros y legionarios en las cercanías de Madrid, en Guipúzcoa y en otros territorios.

Ahí termina el capítulo de triunfos de los rebeldes, frente al cual cabe alinear, no solo sus fracasos, sino las victorias de las tropas leales. Los fracasos más sobresalientes están constituidos por sus reiterados intentos de apoderarse de Madrid y aislar a Guipúzcoa, cortando las comunicaciones, por un lado, con la frontera francesa, por otro con Vizcaya y, de consiguiente, con todo el resto del Cantábrico. En persecución de tales objetivos se han librado combates muy reñidos en la Sierra de Guadarrama, en las cercanías de Irún y en las proximidades de Tolosa. De la dureza con que ha sido castigado el enemigo dan fe los prisioneros que se le han hecho. Madrid sigue indemne y Guipúzcoa mantiene las dos comunicaciones que se le han querido cortar.

Procedamos ahora a enumerar los éxitos correspondientes a las tropas leales. A partir de haber ahogado victoriosamente la subversión en Madrid y Barcelona, fueron tomadas sucesivamente Alcalá de Henares, Guadalajara, Toledo y Albacete. Se hizo frustrar la sublevación que amenazaba en Valencia y Murcia. Se obtuvo la rendición de los cuarteles de Loyola en San Sebastián. Se batió la resistencia de los regimientos de Zapadores y de Simancas, en Gijón. Se reconquistaron las islas de Ibiza y Mahón, y se inmovilizó a gran parte del ejército sedicioso mediante los sitios de Oviedo, Córdoba, Granada y Zaragoza.

Con ser numerosas las fuerzas sublevadas, su acción ofensiva se limita a tres frentes: el de Extremadura, el de Madrid y el de Guipúzcoa. Esta acción la sostiene, no con sus propios medios, sino con los ajenos, tan copiosamente suministrados.

Puede decirse, en rigor de exactitud, que la guerra civil se encuentra ahora en un periodo casi estacionario, y estos últimos días parece desvaírse (no podemos emplear con justeza el verbo extinguir) el ímpetu que los caudillos de la rebelión sintieron ante la recepción de tan poderosos auxilios. Así comienza este mes de septiembre, tercero de la bárbara sangría española.

El auxilio extranjero a los rebeldes

Madrid, 4. El descenso obligado, por faltarles gasolina, de tres aviones italianos en tierra francesa, muy cerca del río Muluya, demuestra, pese a protestas y disimulos de Cancillería, el auxilio de una nación extranjera a los rebeldes españoles. Esos tres aeroplanos, juntamente con otros de la misma procedencia y nacionalidad, que a salvo de todo percance debieron llegar al aeródromo de Tahuima [sic], en Melilla, iban tripulados por pilotos italianos. La información se ha publicado con toda clase de detalles en la Prensa francesa. Y como el accidente ocurrió en territorio francés, al Gobierno de París no puede caberle duda alguna respecto a la trascendencia de semejante episodio, que aparecería aún más caracterizado si fuera cierto, cual se afirma, que uno de los tripulantes de esas naves aéreas que volando sobre África no pudieron llegar a su destino en el Protectorado español, es un capitán del Ejército italiano, y si se comprueba que los aparatos fueron dados de baja en fecha muy reciente en las escuadrillas mussolinianas y pintados de distinto modo a como lo estaban cuando aún seguían al servicio del Ejército de Italia.

Este suceso suscita consideraciones de orden nacional y de orden internacional. Veámoslas, aunque sea brevemente. En primer término se destaca el hecho de que los militares españoles alzados en armas contra el Poder legítimo del pueblo no han sentido el menor escrúpulo en solicitar el auxilio extranjero. Extraña psicología la de estos titulados defensores de la patria, porque esa influencia por ellos indudablemente solicitada y, desde luego, admitida, supone en sí misma una ofensa al decoro español.

Ya es bochornoso que en nuestras querellas internas se mezclen los extraños. ¿Pero se han parado los sediciosos a meditar sobre las posibles consecuencias de una injerencia de tal género? En la política internacional pesan poco —lo hemos visto muchas veces y lo estamos viendo ahora— las afinidades políticas. Las potencias, inspiradas por profundos egoísmos nacionalistas, no se mueven a impulsos de la simpatía o la antipatía por un régimen determinado. Se mueven exclusivamente a impulsos de sus intereses, nada más que de sus intereses. A Italia, por ejemplo, le sugestionaría muy poco la implantación en España del fascismo, de un régimen autoritario cualquiera, si no adivinara la posibilidad de obtener a través de él ventajas considerables para su afán imperialista. Si un auxilio suyo determinase la victoria de los facciosos pasaría muy pronto su factura, la cual habría de ir en detrimento de nuestra soberanía.

El Manchester Guardian, previniendo a la opinión inglesa, se encargó días atrás, como vimos, de señalar lo que Italia ambiciona respecto al archipiélago balear y el norte de África, y descubrió las esperanzas de dicha nación mediterránea de ver realizada su ambición mediante el triunfo de nuestros militares insurrectos. Bastaría con que las cosas llevaran ese camino sin que en él hubiese estorbos, para que la pesadumbre de una gravísima preocupación enturbiara la conciencia de cualquier español responsable.

¡Ah! Pero hay más, mucho más. Hay que los países cuya conveniencia quedase lesionada por la satisfacción de dichas aspiraciones italianas se creerían obligados a cerrarlas el paso en un momento determinado. Entonces podría ocurrir que descargaran sobre España, en tremendas turbonadas, las rivalidades europeas. Quienes sin más guía que su ciega pasión se sublevaron contra la República, no han caído en cuenta de que podían convertir España en una especie de Balcanes de Occidente, haciendo que nuestras querellas sirvan de pretexto para el choque de todas las grandes ambiciones internacionales, choque en el cual —reiteramos una vieja preocupación— puede peligrar nuestra integridad y nuestra independencia.