Etapas de una batalla universal

Madrid, 26. He oído relatar al teniente coronel [Luis] Romero, jefe de las fuerzas españolas de Larache, la dramática odisea que ha constituido su evasión por la zona francesa de Marruecos, y he encontrado en el relato, no solo la explicación de ciertos fenómenos de carácter internacional en orden al desamparo en que se deja al Gobierno legítimo de España, sino lo que es aún mucho más interesante, la significación mundial de la guerra civil española.

Visto a través de las peripecias sufridas por el bravo jefe español, se nos presenta nuestra guerra como un episodio, desde luego el más sangriento de todos, de la formidable lucha entablada en Europa entre la democracia y el autoritarismo.

Romero, jefe leal, se ve obligado, por la defección de los oficiales bajo su mando, a abandonar Larache y trasladarse al pueblo fronterizo de Arbaoua, zona francesa. Le son necesarias muy pocas horas para descubrir, bajo algunas cortesías, que se halla entre sus colegas de Francia, no en calidad de huésped, sino como prisionero. Cuando quiere aclarar su situación encuentra confirmadas estas sospechas. Efectivamente, es un prisionero. Así se lo manifiestan de modo rotundo. Pregunta el motivo de su detención y nadie sabe descírselo, pues todos se excusan en el cumplimiento de órdenes superiores. Mas, ¿en qué pueden basarse semejantes órdenes? Difícil sería encontrar motivos razonables para ellas. Se trata de un jefe adicto al Gobierno de un país amigo que ha buscado refugio en territorio del Protectorado francés. No cabe la más mínima duda sobre su identificación siendo, como es, la autoridad de una zona limítrofe. Pues, a pesar de todo, Romero no es huésped, sino prisionero.

Hay más; mientras a él se le prende, los oficiales facciosos, los que se levantaron en armas contra el Estado español, entran y salen libremente por Arbaoua, recorren el Protectorado francés y se aprovisionan ampliamente en sus plazas, donde se forman con presteza trenes y convoyes cargados de vituallas para los rebeldes. El teniente coronel Romero no acierta a concebir trato tan desigual. A su juicio, a quienes se debe prender en Arbaoua es a los oficiales rebeldes que habían querido asesinarle, y no a él. Aun le parece más fuera de las normas internacionales el descarado aprovisionamiento de los insurrectos españoles en territorios que están bajo el Protectorado de Francia.

Romero va luego encontrando, si no la explicación jurídica de estos hechos, que no pueden tenerla, otra que mana de una realidad que se le presenta cada vez más clara en los días de su cautiverio, a lo largo de las conversaciones con quienes le tienen detenido. Aquellos militares franceses son también fascistas y contemplaban con vivísima simpatía el movimiento sedicioso iniciado en el Marruecos español. No solo por afinidad espiritual, sino, además, por ver en nuestra lucha el prólogo de una contienda idéntica en Francia, y estimar que el triunfo del fascismo español será anticipo de análoga victoria en su país.

“A nosotros —llegó a decir a Romero uno de sus guardianes— nos interesa mucho que vuestra guerra civil dure, cuando menos, un par de meses más hasta que se reanuden las sesiones de nuestro Parlamento, porque entonces, bajo la presión de los éxitos que lograran los militares españoles sublevados, caerá el Gobierno de judíos que preside León Blum”. Y como Romero acogiese estas palabras con gesto de asombro, creyéndolas la expresión de un criterio personal exaltadísimo, su interlocutor las confirmó añadiendo: “Aquí, en Marruecos, todos los oficiales franceses pensamos de esa manera”.

Cuanto a mí me había referido Romero, quise que lo repitiera ante Herman, redactor de Le Populaire, el periódico parisino desde el cual León Blum adoctrina a diario a los socialistas galos. Herman no acusó gran sorpresa. Por el contrario, asentía a lo que Romero iba narrando. A lo visto, no le descubría esto ningún secreto en cuanto al estado de ánimo de la oficialidad francesa residente en Marruecos, que acaso sea también la de buena parte de la que guarnece la metrópoli.

Mientras oía a Romero, recordaba yo la jornada del 14 de julio del año último en París. Por la mañana, en la avenida de los Campos Elíseos, desde el balcón de las oficinas del diario argentino La Nación, presencié la ceremonia oficial, consistente en el desfile militar ante el presidente de la República y el Gobierno. Por la tarde, desde los ventanales del entresuelo de un café de la plaza de la Bastilla, vi la colosal manifestación del Frente Popular, triunfante después en las urnas, y aún tuve tiempo, atravesando en automóvil la recia barrera que formó la Guardia móvil, dividiendo París en dos mitades, de volver a los Campos Elíseos para contemplar el paso ante el Arco del Triunfo de los “Cruces de Fuego”, presididos por el coronel La Rocque. Pude ese día, recogiendo el espíritu palpitante en aquellos actos, darme cuenta de que Francia se hallaba profundamente escindida, como lo estaba ya España, y teniendo cada sector la misma significación política y social de los que aquí se han lanzado a una furiosa pelea. Por la plaza de la Bastilla pasaron ante mí multitudes obreras (hombres, mujeres y niños) frenéticas de entusiasmo, alzando el puño y entonando himnos proletarios. Por la majestuosa avenida que va desde la plaza de la Concordia a la de la Estrella, desfilaron luego en correcta formación, muchos con el pecho constelado de condecoraciones guerreras, los voluntarios del fascismo, y entre ellos muchos sacerdotes. Igual que aquí.

El recuerdo de estos espectáculos inolvidables de hace un año —frío y ceremonioso, el de la mañana, y apasionados e impresionantes los de la tarde— y el relato que acabo de escuchar de labios del teniente coronel Romero, me dicen que asistimos a una batalla universal entre la democracia y la reacción, batalla gigantesca que, naturalmente, tiene diversas etapas. La que ahora cubre España es, desde luego, mucho más sangrienta que las de Italia, Alemania y Austria. No sabemos cómo serán las etapas que hayan de sobrevenir en otras naciones.