Madrid, objetivo preferente

Madrid, 13. Madrid ha sido desde el primer día de la sublevación el objetivo más ansiado de los rebeldes. Está explicada perfectamente tal preferencia por lo que la capital de la República significa moral y materialmente. Según parece, la empresa fue adjudicada al general Mola. Eran las tropas sublevadas en el Norte de España las que debían apoderarse de Madrid, sin perjuicio de que, además, y para facilitarles su cometido, se hostilizase por otros flancos. Para abrir camino al ejército de Mola se pretendió inútilmente forzar el paso por tres puntos distintos de la Sierra de Guadarrama: Navacerrada, Somosierra y el Alto del León, mientras a la vez se producían alzamientos en Toledo, Alcalá y Guadalajara. Falló en el plan el más importante de los apoyos, Madrid mismo, es decir, la sublevación dentro de la villa. Este punto de sustentación del proyecto se vino abajo en el instante mismo que merced al ímpetu de las milicias ciudadanas se rindió el Cuartel de la Montaña. Deshechos los dos regimientos que en él se albergaban y sometido poco después el campamento de Carabanchel, únicos focos donde la insurrección se manifestó de modo inequívoco, procedióse a deponer los mandos de otras unidades en actitud expectante y sospechosa, y no hubo tras esto más acto insurreccional que el del regimiento de Ingenieros de El Pardo, mas no para hacerse fuerte, sino para marchar a la desbandada a unirse con fuerzas rebeldes muy lejanas.

Madrid, pues, había que tomarlo sin la esperanza de que dentro de la ciudad surgiera ninguno de los auxilios que estaban dispuestos. Pero las milicias madrileñas no se contentaron con destruir los focos interiores de la rebeldía, sino que bravamente abatieron unas tras otras las insurrecciones de Alcalá, Guadalajara y Toledo, de las cuales quedó simplemente un núcleo sitiado en el Alcázar toledano, y además dichas milicias taponaron los boquetes que querían abrirse en la Sierra, donde solo se mantienen algunas baterías y nidos de ametralladoras sin posibilidades de avance.

El fracaso, por tanto, de la toma de Madrid confiada al general Mola ha sido absoluto. Esto no quiere decir que el enemigo haya desistido de su porfiadísimo objetivo. Probablemente constituye para él a estas horas una obsesión mucho mayor que cuando inició su insensatísima aventura. Por diversas razones, pero en primer término seguramente por orgullo. Los generales que dirigen la subversión acaso estimen como una afrenta imperdonable el hecho de que fuerzas regulares del Ejército bajo su inmediata dirección y con buenos y copiosos pertrechos hayan sido derrotadas en cosa de horas por el pueblo en armas. Esto, sin duda, les alienta a concentrar su máximo empeño en conquistar Madrid. Pero no dejando de nuevo la empresa exclusivamente fiada a Mola, sino a una acción conjunta de fuerzas del Sur y del Norte.

Para el logro de esa conjunción hay que salvar muchos, muchísimos obstáculos. No es tarea fácil ni corta. Por eso yo me atreví a pronosticar una guerra larga. Hay que clavar esta convicción en el ánimo de nuestras gentes. Si por ventura la lucha resulta corta, tanto mejor. Al presente, mahometanos sedientos de sangre cristiana y católicos con escapularios y medallas sobre los uniformes, en la más extraña amalgama guerrera que vieran los siglos, intentan enlazar con los rebeldes que se extienden más al norte de la frontera portuguesa desde Cáceres hasta Pontevedra.

Pero Madrid, el objetivo tan locamente ansiado, está todavía muy distante, muy distante.

Los bulos en la guerra

Madrid, 31. Cuando esta tarde iba a iniciarse en la Cámara de los diputados franceses el debate acerca de la actitud de aquel Gobierno con respecto a los sucesos de España, un periódico parisiense, muy aficionado al sensacionalismo, lanzaba una edición con la noticia, transmitida desde Hendaya por uno de sus cronistas de guerra, de que cuatro columnas rebeldes, avanzando hacia Madrid, se hallaban ya en las proximidades de dicha capital, teniéndola de hecho sitiada. ¿Dónde están esas columnas? Parece que dos de ellas las sitúa la fantasía periodística por la parte sur de Madrid.

Pues bien: el foco rebelde más cercano a Madrid por el Sur es Córdoba, y dista de aquí cuatrocientos kilómetros justos. Y en vez de que pueda salir de allí columna alguna, lo cierto es que la ciudad de los Califas está seriamente cercada por las columnas que formaron los campesinos de Jaén y los mineros de Linares y La Carolina, más las que procedentes de Levante, luego de liberar Albacete, marcharon hacia el Mediodía, todas ellas al mando del general [José] Miaja.

Madrid no sufre cerco alguno, como se da en decir por el extranjero. Su situación es francamente despejada, y la vida por entero normal. Pruebanlo, mejor que nada, las cifras siguientes: de ochenta mil personas que suman aquí las colonias extranjeras, solo se han ausentado desde el comienzo de la rebelión 217. Y nadie tropieza con el menor obstáculo para irse, por cuanto que las comunicaciones por carretera y vía férrea por el Mediterráneo están totalmente libres, circulando los trenes con la más perfecta regularidad.

Madrid aplastó en germen el peligro que sobre él se cernía a la hora misma que las milicias populares rindieron el Cuartel de la Montaña. Tras éste, y sin resistencia alguna, se entregaron los demás, en los que, por cierto, no tuvo la rebeldía expresiones manifiestas, aunque había motivos para sospechar que estuviese latente. Y a seguido, cuanto en las proximidades de Madrid se fraguó insurreccionalmente lo hizo fracasar la valentía del pueblo en armas. Se sublevaban los regimientos de Alcalá de Henares y fueron prontamente reducidos a la obediencia, quedando prisioneros todos los promotores. Saltó luego la subversión más a retaguardia, en Guadalajara, y al cabo de un combate de doce horas, muy encarnizado por el tesón de los sediciosos y el coraje de los asaltantes, las fuerzas insurrectas quedaban aniquiladas. Sin dejar enemigos a la espalda, los leales, victoriosos, continuaron adelante hasta más allá de Sigüenza. Esto por lo que toca a la carretera de Aragón. En otros sectores, triunfos también espléndidos sirvieron para deshacer los estorbos que suponían Toledo y Albacete sublevados.

¿Dónde están, pues, las columnas que avanzando sobre Madrid lo tienen cercado? ¿Dónde? En ninguna parte, porque distan de ser siquiera columnas ni columnillas un par de núcleos artilleros que por el Norte, en algunas crestas de la sierra de Guadarrama, hostilizan ligeramente; núcleos que va desmoronando la deserción. Se entretienen disparando cañonazos que Madrid ni siente ni oye y que solo sirven, como el otro día dije, para que las excursiones serranas ofrezcan un nuevo atractivo a los madrileños curiosos y desocupados. Toda guerra es propensa a los bulos; pero como ésta, pocas.