El auxilio extranjero a los rebeldes

Madrid, 4. El descenso obligado, por faltarles gasolina, de tres aviones italianos en tierra francesa, muy cerca del río Muluya, demuestra, pese a protestas y disimulos de Cancillería, el auxilio de una nación extranjera a los rebeldes españoles. Esos tres aeroplanos, juntamente con otros de la misma procedencia y nacionalidad, que a salvo de todo percance debieron llegar al aeródromo de Tahuima [sic], en Melilla, iban tripulados por pilotos italianos. La información se ha publicado con toda clase de detalles en la Prensa francesa. Y como el accidente ocurrió en territorio francés, al Gobierno de París no puede caberle duda alguna respecto a la trascendencia de semejante episodio, que aparecería aún más caracterizado si fuera cierto, cual se afirma, que uno de los tripulantes de esas naves aéreas que volando sobre África no pudieron llegar a su destino en el Protectorado español, es un capitán del Ejército italiano, y si se comprueba que los aparatos fueron dados de baja en fecha muy reciente en las escuadrillas mussolinianas y pintados de distinto modo a como lo estaban cuando aún seguían al servicio del Ejército de Italia.

Este suceso suscita consideraciones de orden nacional y de orden internacional. Veámoslas, aunque sea brevemente. En primer término se destaca el hecho de que los militares españoles alzados en armas contra el Poder legítimo del pueblo no han sentido el menor escrúpulo en solicitar el auxilio extranjero. Extraña psicología la de estos titulados defensores de la patria, porque esa influencia por ellos indudablemente solicitada y, desde luego, admitida, supone en sí misma una ofensa al decoro español.

Ya es bochornoso que en nuestras querellas internas se mezclen los extraños. ¿Pero se han parado los sediciosos a meditar sobre las posibles consecuencias de una injerencia de tal género? En la política internacional pesan poco —lo hemos visto muchas veces y lo estamos viendo ahora— las afinidades políticas. Las potencias, inspiradas por profundos egoísmos nacionalistas, no se mueven a impulsos de la simpatía o la antipatía por un régimen determinado. Se mueven exclusivamente a impulsos de sus intereses, nada más que de sus intereses. A Italia, por ejemplo, le sugestionaría muy poco la implantación en España del fascismo, de un régimen autoritario cualquiera, si no adivinara la posibilidad de obtener a través de él ventajas considerables para su afán imperialista. Si un auxilio suyo determinase la victoria de los facciosos pasaría muy pronto su factura, la cual habría de ir en detrimento de nuestra soberanía.

El Manchester Guardian, previniendo a la opinión inglesa, se encargó días atrás, como vimos, de señalar lo que Italia ambiciona respecto al archipiélago balear y el norte de África, y descubrió las esperanzas de dicha nación mediterránea de ver realizada su ambición mediante el triunfo de nuestros militares insurrectos. Bastaría con que las cosas llevaran ese camino sin que en él hubiese estorbos, para que la pesadumbre de una gravísima preocupación enturbiara la conciencia de cualquier español responsable.

¡Ah! Pero hay más, mucho más. Hay que los países cuya conveniencia quedase lesionada por la satisfacción de dichas aspiraciones italianas se creerían obligados a cerrarlas el paso en un momento determinado. Entonces podría ocurrir que descargaran sobre España, en tremendas turbonadas, las rivalidades europeas. Quienes sin más guía que su ciega pasión se sublevaron contra la República, no han caído en cuenta de que podían convertir España en una especie de Balcanes de Occidente, haciendo que nuestras querellas sirvan de pretexto para el choque de todas las grandes ambiciones internacionales, choque en el cual —reiteramos una vieja preocupación— puede peligrar nuestra integridad y nuestra independencia.

Aspecto internacional de nuestra contienda íntima

Madrid, 29. ¿De cuándo data mi preocupación de que un estado de desorden muy prolongado en España puede originar complicaciones internacionales que, incluso, hagan peligrar nuestra independencia? De hace mucho tiempo.

Esa preocupación asomó varias veces en discursos y artículos míos, y recuerdo que hube de formularla de modo muy especial en una conferencia que hace cerca de dos años di en Toledo a las Juventudes socialistas allí agrupadas.

Quienes oyeran mi discurso que la otra noche se radió desde Madrid, observarían que mis palabras emocionadas reflejaban esa misma preocupación, la cual se adueña más profundamente de mi espíritu a medida que van transcurriendo estas horas angustiosas de la gran crisis española.

Europa no contempla nuestra guerra civil como una simple contienda interior.

La multitud de barcos de guerra extranjeros que hacen flamear sus banderas respectivas en nuestras radas más importantes, señala mejor que nada toda la trascendencia que puede tener en el exterior la pelea que aquí libramos.

Ese excepcional interés lo explican la privilegiada situación geográfica de la Península ibérica, el enorme valor estratégico de las islas Baleares y el vehemente deseo de algunas potencias de clavar sus pabellones en el Norte de África.

Europa, crispada y nerviosa, sigue atenta cuanto aquí ocurre. Y son varias las naciones que se miran, recelosas, acaso atribuyendo mutuamente a las visitas de los barcos de guerra designios más vastos, aunque de momento ocultos, que el de proteger la vida de los súbditos respectivos.

La Prensa extranjera es a esta hora portavoz del recelo de las Cancillerías.

Días atrás el Manchester Guardian publicó un suelto marcadamente oficioso de su redactor diplomático, que sin duda revelaba el pensamiento del Foreing Office.

Según este informador asegura, en los círculos londinenses prevalece el parecer de que la guerra civil española será de extraordinaria duración.

Además da a entender que los rebeldes cuentan con el apoyo de Italia y Alemania, y señala como precio a este auxilio, posibles concesiones territoriales en el archipiélago balear y en el Norte de África.

El diario oficioso no dice ni media palabra sobre la actitud de Inglaterra.

Su misión, de momento, queda, por lo visto, reducida a llamar la atención de la opinión pública inglesa sobre la extraordinaria trascendencia que tendría la victoria de los sublevados por esas concomitancias que el periódico señala sin embozo ni veladuras.

¿Será tan triste el sino de España como para que nuestras discordias intestinas sirvan de incentivo a los apetitos de naciones imperialistas, dispuestas en cuanto la ocasión se les depare a hacer presa de nuestros territorios?

¡Qué responsabilidad tan terrible para quienes hubiesen preparado tal coyuntura! Además de arruinar a la Patria la habrían entregado a las codicias ajenas.

Su grito de ¡Arriba España! tendría entonces acento de sarcasmo, porque en vez de levantarla la habrán hundido para siempre.