Nuevas consideraciones acerca de la mal llamada neutralidad

Madrid, 11. Volvamos sobre el tema de lo que días atrás hubimos de denominar “neutralidad incomprensible”. Merece la pena. La teoría que con timidez expusimos sobre la improcedencia de una declaración de neutralidad por parte de países extranjeros con respecto a contiendas interiores, la hemos visto ya refrendada muy autorizadamente fuera de España, si no en los propios términos que a nosotros nos sirvieron de expresión, en otros muy parecidos.

El Manchester Guardian, en un artículo de su corresponsal diplomático en Londres, artículo que deja adivinar la inspiración directa del Foreing Office, empieza diciendo esto: “Se admite aquí que la venta de armas a un Gobierno legal no constituye intromisión en los asuntos del país sometido a su Gobierno”. Tras declaración tan rotunda y clara, cabía esperar razonamientos que la refrendasen y reforzaran; pero el prestigioso periódico inglés los reemplaza por distingos y salvedades que en su conjunto contradicen la terminante afirmación previa.

Para el Manchester Guardian, y quizá, por lo visto, para el Gobierno británico, cuyo criterio, al parecer, se recoge, el caso de España es un caso especial, porque se trata de “una guerra civil entre el Gobierno legal y un ejército rebelde, pero existiendo en ambos lados fuerzas heterogéneas sin control central”. De ahí que en Londres se dude, seguimos copiando, en proporcionar armas al Gobierno español como tal, o a las tropas que indubitablemente están bajo su control”. Y añade el oficioso informador para justificar tales dudas, que si “algunas potencias como Francia o Inglaterra venden armas a una de las partes, otras potencias, como Alemania e Italia, podrían vender armas a la otra parte”.

La incongruencia entre lo primeramente afirmado y las conclusiones a que el articulista llega, es absoluta. Desde el punto de vista internacional no se comete falta alguna surtiendo de material de guerra al Gobierno legal de un país amigo. Se incurre precisamente en esa falta por todo lo contrario, es decir, por no facilitárselo, y en el régimen de relaciones no existen trabas que dificulten ese abastecimiento. Y la falta resultaría mucho más notoria —no es este el caso de Inglaterra, aunque podría serlo en cuanto a otra nación— si mediara un pacto comercial una de cuyas cláusulas estableciera el compromiso de venta con el país amigo y de compra por parte de España de dicho material hasta muy elevada suma.

Es lógico que una nación, en el caso presente España, compre al extranjero armas y municiones cuando las necesite. Y si cuando le son indispensables le son negadas, ¿qué valor tienen las estipulaciones comerciales a ese respecto? Estaría fundada semejante negativa si España anduviera en guerra con otro país. Entonces sí, entonces la neutralidad de las naciones no beligerantes impone de modo categórico toda abstención en abastecimientos de esa naturaleza; mas cuando se trata de una contienda interior, la neutralidad obliga a servir material al Gobierno legalmente constituido, es decir, a aquel que esté reconocido por las potencias. Prescindir de dicha obligación a cuenta de la heterogeneidad de las fuerzas que intervengan en esa contienda interior equivale a inmiscuirse en los asuntos internos del país que la padezca. Y más arbitrario resulta aflojar el cumplimiento de deberes inexcusables o prescindir en absoluto de él mirando a la mayor o menor extensión que la rebeldía haya alcanzado.

Pero donde se quiebra totalmente el fundamento de las disquisiciones dubitativas del Manchester Guardian es al justificar la inhibición que preconiza bajo el supuesto de que si Inglaterra y Francia vendieran lícitamente armas al Gobierno español, Alemania e Italia las podrían vender lícitamente a los facciosos. Si así procedieran Italia y Alemania faltarían a un deber elementalísimo. Razón de más para que las naciones amigas cuidasen con celo extremado de cumplir lealmente sus obligaciones, contrarrestando así los excesos de la deslealtad. En el hecho de que Inglaterra y Francia se atuviesen al cumplimiento estricto de esas obligaciones no podrían encontrar Italia y Alemania motivo ni pretexto para la actitud agresiva con respecto a España que se marca en el supuesto del Manchester Guardian. ¿Pero y si las dos naciones fascistas, sin parar mientes en la inhibición que se aconseja a Inglaterra y Francia, dispensaran auxilio a los rebeldes? En caso tal significaría mayor paradoja la conducta abstencionista a ultranza de estos dos países, y en el fondo, habida cuenta de sus resultados, la veríamos transformada en una cooperación más o menos directa a la rebeldía, aunque, naturalmente, no sea ese el propósito. Ello aparece tan claro que no necesita demostración de ningún género.

El artículo que comentamos es de una data algo atrasada. Tenemos la firme esperanza de que de entonces a acá haya ido girando el pensamiento oficial inglés hasta situarse en el terreno correcto que claramente señalan las primeras líneas del mencionado artículo. La posición que ella dibuja es la que corresponde a un país noblemente amigo. De otro modo, se llamaría neutralidad a lo que sería faltar fundamentalmente a ella.

El auxilio extranjero a los rebeldes

Madrid, 4. El descenso obligado, por faltarles gasolina, de tres aviones italianos en tierra francesa, muy cerca del río Muluya, demuestra, pese a protestas y disimulos de Cancillería, el auxilio de una nación extranjera a los rebeldes españoles. Esos tres aeroplanos, juntamente con otros de la misma procedencia y nacionalidad, que a salvo de todo percance debieron llegar al aeródromo de Tahuima [sic], en Melilla, iban tripulados por pilotos italianos. La información se ha publicado con toda clase de detalles en la Prensa francesa. Y como el accidente ocurrió en territorio francés, al Gobierno de París no puede caberle duda alguna respecto a la trascendencia de semejante episodio, que aparecería aún más caracterizado si fuera cierto, cual se afirma, que uno de los tripulantes de esas naves aéreas que volando sobre África no pudieron llegar a su destino en el Protectorado español, es un capitán del Ejército italiano, y si se comprueba que los aparatos fueron dados de baja en fecha muy reciente en las escuadrillas mussolinianas y pintados de distinto modo a como lo estaban cuando aún seguían al servicio del Ejército de Italia.

Este suceso suscita consideraciones de orden nacional y de orden internacional. Veámoslas, aunque sea brevemente. En primer término se destaca el hecho de que los militares españoles alzados en armas contra el Poder legítimo del pueblo no han sentido el menor escrúpulo en solicitar el auxilio extranjero. Extraña psicología la de estos titulados defensores de la patria, porque esa influencia por ellos indudablemente solicitada y, desde luego, admitida, supone en sí misma una ofensa al decoro español.

Ya es bochornoso que en nuestras querellas internas se mezclen los extraños. ¿Pero se han parado los sediciosos a meditar sobre las posibles consecuencias de una injerencia de tal género? En la política internacional pesan poco —lo hemos visto muchas veces y lo estamos viendo ahora— las afinidades políticas. Las potencias, inspiradas por profundos egoísmos nacionalistas, no se mueven a impulsos de la simpatía o la antipatía por un régimen determinado. Se mueven exclusivamente a impulsos de sus intereses, nada más que de sus intereses. A Italia, por ejemplo, le sugestionaría muy poco la implantación en España del fascismo, de un régimen autoritario cualquiera, si no adivinara la posibilidad de obtener a través de él ventajas considerables para su afán imperialista. Si un auxilio suyo determinase la victoria de los facciosos pasaría muy pronto su factura, la cual habría de ir en detrimento de nuestra soberanía.

El Manchester Guardian, previniendo a la opinión inglesa, se encargó días atrás, como vimos, de señalar lo que Italia ambiciona respecto al archipiélago balear y el norte de África, y descubrió las esperanzas de dicha nación mediterránea de ver realizada su ambición mediante el triunfo de nuestros militares insurrectos. Bastaría con que las cosas llevaran ese camino sin que en él hubiese estorbos, para que la pesadumbre de una gravísima preocupación enturbiara la conciencia de cualquier español responsable.

¡Ah! Pero hay más, mucho más. Hay que los países cuya conveniencia quedase lesionada por la satisfacción de dichas aspiraciones italianas se creerían obligados a cerrarlas el paso en un momento determinado. Entonces podría ocurrir que descargaran sobre España, en tremendas turbonadas, las rivalidades europeas. Quienes sin más guía que su ciega pasión se sublevaron contra la República, no han caído en cuenta de que podían convertir España en una especie de Balcanes de Occidente, haciendo que nuestras querellas sirvan de pretexto para el choque de todas las grandes ambiciones internacionales, choque en el cual —reiteramos una vieja preocupación— puede peligrar nuestra integridad y nuestra independencia.