Consideraciones sobre el espionaje

Madrid, 27. Reportajes, Memorias y monografías nos han puesto en antecedentes de los ingeniosos ardides que emplearon en la gran guerra para el espionaje, que tuvo a su servicio agentes audaces y talentudos. Aquel Poiré que allá por el año 19 inició en el placer de la aviación a varios millares de bilbaínos, se dedicó durante la guerra europea a realizar vuelos nocturnos, situando en campo enemigo espías disfrazados de campesinos, en cuya busca regresaba al cabo de tres o cuatro días para que llevaran al cuartel general los informes recogidos durante sus arriesgadas excursiones.

El espionaje en las guerras civiles no necesita de tante intrepidez. Es infinitamente más fácil. Fijémonos en esta de España. En cada una de las poblaciones no dominadas por la facción hay muchos habitantes que la rinden su simpatía. Todos ellos sienten de modo natural la tentación del espionaje, y la mayor parte pueden ejercerlo sin peligro. Trabados entre sí por relaciones particulares y políticas, constituyen tupidas redes en las que hay constante cruce de noticias. Estas informaciones sirven de modo perfecto al enemigo, que las utiliza para sus fines.

Aun habiendo sido grande la limpia hecha en los centros ministeriales y administrativos, a buen seguro que continúan adscritos a ellos gentes que están de corazón con los facciosos. Las informaciones provechosas para el enemigo están, pues, en medio de la calle y no hace falta sagacidad alguna para captarlas. El único problema es el de su transmisión, y maldito si en estos tiempos ofrece dificultades, habida cuenta la extraordinaria sencillez que han llegado a alcanzar las comunicaciones inalámbricas. Las más inocentes charlas radiofónicas pueden, mediante clave, convertirse en sistemas magníficos de aviso. De modo que el espionaje en la ciudad es sencillo, cómodo y hasta tranquilo. Únicamente en los frentes ofrece ciertos peligros, pero tampoco es imposible, porque en el ejército irregular de las milicias son fáciles las filtraciones.

Durante los primeros días de combate en la Sierra, los periódicos publicaron el retrato de una linda muchacha que acopiada a diversos grupos de milicianos aparecía tan pronto en un frente como en otro. Multiplicaron los elogios a su heroísmo, con esa prodigalidad y esa hipérbole tan propias del periodismo. Pues bien; esa muchacha, como luego se comprobó, era una espía. La Campsa tuvo, al principio de la subversión, dificultades, ya felizmente vencidas, respecto al aprovisionamiento de la gasolina etilada que consumen los aviones más veloces. Es indiscutible que esos obstáculos, surgidos en el extranjero, se provocaron merced a un espionaje realizado desde dentro de la misma Campsa, pues nadie fuera de la Empresa podía conocer los contratos que ésta tenía pendientes de cumplimiento, las cantidades y los puertos de embarque.

Lo más sorprendente en punto a espionaje es lo que voy a referir. Cierta noche, la radio facciosa de Sevilla hizo público que se había acordado el relevo del general Miaja, jefe de la columna de ataque contra Córdoba. El propio general lo oyó desde las inmediaciones de Córdoba, donde se encontraba. No lo creyó, porque nadie le había dicho nada; pero al día siguiente recibió la orden de presentarse en Madrid, y aquí se le notificó que había sido trasladado a otro puesto. Antes de que saliera la orden del ministerio la conoció el enemigo.

La mitad del éxito en una guerra puede provenir de la buena información. De un lado la malicia y de otro la inconsciencia parecen ahora empeñadas en proporcionarle lo que necesita al enemigo. El entusiasmo nos lleva a todos a la imprudencia. El domingo último me pasé la tarde temblando mientras la radio transmitía a toda España los discursos que se pronunciaban en el campo valenciano de Mestalla y se hacía eco de las ovaciones y los vítores de la inmensa muchedumbre allí congregada. ¿Cabe imprudencia más fantástica que esta de reunir apiñados a cien mil izquierdistas en un campo abierto, donde la aviación enemiga, advertida previamente o enterada luego por la misma radio, pudo hacer una espantosa carnicería?

Seamos cautos y prudentes y contengamos en lo posible nuestra característica locuacidad. La fórmula es muy sencilla: nadie debe saber nada en que no tenga que intervenir personalmente. Cualquier lenguaraz, aun sin proponérselo, puede ser un confidente peligroso, y en las guerras civiles suele haber más espías que combatientes.