La guerra en la retaguardia

Madrid, 15. En la guerra no lo hace todo el heroísmo. Lo haría, si acaso, en tiempos del Cid. Ahora, la guerra es principalmente producción, por lo cual resulta tan interesante como el valor en la vanguardia la organización en la retaguardia.

Esta mañana he visto desfilar por el paseo del Prado, en correcta formación, marcando muy marcialmente el paso, un batallón de milicianas, y a diario la prensa gráfica nos solaza con bellas estampas de muchachas equipadas militarmente que actúan con bravura en la Sierra. No desconozco el estímulo guerrero que significa ver cómo la mujer participa de los rigores y peligros de la campaña. Todo eso es muy simpático y muy atrayente, pero, a mi juicio, poco práctico. Sobrando, como sobran, hombres para combatir, la mujer es infinitamente más útil en labores de retaguardia que provista de fusil en las líneas avanzadas.

No descubro con ello nada nuevo. Lo que digo es algo elementalísimo, pero lo proclamo porque pasado el ímpetu inicial del entusiasmo me parece llegada ya la hora de iniciar en la retaguardia una organización seria y eficaz. Viví en Francia unos cuantos meses de los años de 1917 y 1918, durante la guerra mundial, y allí vi cómo atraídos hacia los frentes los hombres casi en masa fue necesario utilizar las mujeres para trabajos hasta entonces reservados exclusivamente a los hombres. Vi a las mujeres francesas de conductoras e interventoras en los trenes metropolitanos, de revisoras de billetes en los expresos de las grandes líneas, de encargadas de los servicios de alumbrado y de limpieza, en fin, en cien faenas de las cuales había permanecido apartado el sexo femenino; pero singularmente fueron utilizadas en la producción de municiones. Todo ello, claro es, además de aquellas otras labores propias de la feminidad, como el cuidado de hospitales de sangre, la protección de los huérfanos de la guerra y la confección de vestuario y calzado para las tropas. La contienda civil que nosotros sostenemos, aunque terriblemente cruenta, no exigirá tal consumo de hombres —perdóneseme la expresión un poco brutal por ser guerrera— que exija que nuestras mujeres desempeñen trabajos masculinos; pero estas tienen misiones interesantísimas que realizar a retaguardia. La principal entre todas es atender desde detrás de las líneas de batalla a los combatientes. Fijemos, de momento, la atención en un solo problema: el vestuario. Dentro de pocas, de muy pocas semanas, no podrán permanecer las milicias en el campo, y menos en las cumbres serranas, sin más traje que el mono liviano de tela de mahón o de terliz. Necesitarán ropas de abrigo, trajes invernales, que incluso se hacen ya indispensables en algunas noches frescas.

Sobre ese problema hay que poner mano inmediatamente creando talleres a cientos y empleando mujeres a miles. No es solo traje de abrigo lo que necesita el miliciano sino, además, ropa interior, alpargatas, botas, calcetines, todo lo que en campaña se destroza cien veces antes que en la vida urbana. No se aspirará a que los ciudadanos que han empuñado las armas para ir a pelear estén tiritando de frío.

Pensemos en que esta guerra nuestra puede ser una guerra de posiciones, como lo fue en su última etapa la guerra europea. Para que las fuerzas leales puedan mantenerse, no solo bien vestidas, sino bien alimentadas, bien provistas de todo, es decisiva la organización de retaguardia, que exige unidad de acción, coordinación de esfuerzos, suma de voluntades y dirección inteligente. Ahí tiene la mujer republicana y socialista vastísimo campo de acción. Ahí, y en la guarda de los niños que queden desvalidos y en el incremento de la producción de municiones. Todos o casi todos los servicios de intendencia deben correr a su cargo.

A mí me agradan mucho esas fotos que el reporterismo nos trae del frente con figuras de lindas muchachas a las que dan una gracia especial la gorra cuartelera, el mono que sirve a nuestras tropas populares de uniforme veraniego y todo el atuendo miliciano, pero me agradarán mucho más las fotos, que espero ver pronto, en que aparezcan esas mismas muchachas afanosas y disciplinadas en fábricas y talleres, para surtir de cuanto necesiten a los hombres que sigan en el frente.

Dinero, dinero y dinero

Madrid, 5. Aquel dios de la guerra, aquel loco magnífico que fue Napoleón, afirmó que para triunfar en las contiendas bélicas era necesario dinero, dinero y dinero. Esta verdad axiomática, proclamada hace cerca de siglo y medio, presenta contornos más convincentes en los tiempos que corremos, porque la guerra moderna exige la concurrencia de elementos costosísimos que eran rudimentarios o totalmente desconocidos en la época napoleónica.

Comparemos el cañón de entonces, tosco y lento, con una de las maravillosas piezas de artillería rápida de ahora. Cotejemos sus costos respectivos y se verá por ellos cómo el factor dinero resulta aún más decisivo. Reparemos en las armas automáticas, invenciones diabólicas, que el caudillo corso no conoció, y en el consumo formidable de municiones que ellas exigen, y tendremos también la sensación de que el dinero juega papel mucho más importante que cuando el primero de los Bonaparte aterraba al mundo con sus audacias. Volvamos luego la vista a instrumento tan novísimo, y a la vez tan caro, como la aviación, en la que el emperador francés ni siquiera pudo soñar, y hallaremos con mayor plenitud confirmada la aseveración de éste: dinero, dinero y dinero. Dinero para cañones, ametralladoras y fusiles. Dinero para cantidades fabulosas de municiones. Dinero para aeroplanos, dinero para gasolina, dinero para productos químicos…

Ya habíamos quedado en que lo de España es una verdadera guerra y no una asonada trivial. Pues bien; conforme al aserto napoleónico, para ganarla, se necesita, principalmente, dinero, dinero y dinero.

¿Quién está mejor provisto de este recurso? ¿Los rebeldes o el Gobierno? El Gobierno, sin duda alguna. Creo en todos los apoyos financieros de que estos días habla la prensa, atribuyéndolos a magnates del capitalismo e incluso a algún famoso contrabandista [Juan March]. ¿Pero que representa todo eso frente a los recursos de que dispone el Estado? No pasa de ser una gota de agua en el mar. En el caso actual, esos concursos privados han podido servir para iniciar la sublevación, pero son insuficientes para sostenerla.

Vamos a pensar por un momento que el capitalismo español, todo él, está dispuesto a destinar la integridad de sus recursos a la causa facciosa. No habría que arredrarse por ello, pues esos recursos, a la hora presente, son limitadísimos. Nuestra burguesía no puede disponer con libertad de sus bienes, no puede vender sus bancas, ni sus talleres, ni sus tierras. ¿Quién se los habría de comprar en circunstancias tan angustiosas y dramáticas? Aparte de lo previsoramente incautado por el Gobierno para satisfacer las necesidades de diverso orden que la guerra crea, lo que en su poder conserva la burguesía no es de momento vendible. Y aquí lo que hace falta es dinero. Y dinero no representado en billetes del Banco de España, que circunstancialmente carecen de valor en el extranjero, sino dinero en francos franceses y suizos, en dólares, en libras esterlinas…, es decir, en oro. Porque es únicamente con oro como España y los españoles pueden hacer transacciones fuera del país, y el oro, todo el oro español, el que garantiza nuestro papel moneda, lo tiene en sus manos el Gobierno.

Cierto que las sacas del precioso metal debilitan dicha garantía y, desde luego, nos empobrecen, porque el metal amarillo no se invierte en adquisiciones que aumenten o mantengan nuestro índice de riqueza, sino que se trueca por elementos de guerra, por instrumentos destructores. El empobrecimiento de España como consecuencia de esta lucha fratricida constituirá una de las grandes responsabilidades de los promotores de la rebeldía.

Desgraciadamente, no será ese el único problema por ellos planteado, sino que serán muchos y todos muy graves. Pero nuestro examen de los aspectos de la contienda se circunscribe hoy a los apremios del presente, sin extender la mirada hacia el futuro. Y atentos a tales apremios nos aferramos a la frase de Napoleón y creemos en nuestra victoria, porque en nuestro poder está el dinero.