Dinero, dinero y dinero

Madrid, 5. Aquel dios de la guerra, aquel loco magnífico que fue Napoleón, afirmó que para triunfar en las contiendas bélicas era necesario dinero, dinero y dinero. Esta verdad axiomática, proclamada hace cerca de siglo y medio, presenta contornos más convincentes en los tiempos que corremos, porque la guerra moderna exige la concurrencia de elementos costosísimos que eran rudimentarios o totalmente desconocidos en la época napoleónica.

Comparemos el cañón de entonces, tosco y lento, con una de las maravillosas piezas de artillería rápida de ahora. Cotejemos sus costos respectivos y se verá por ellos cómo el factor dinero resulta aún más decisivo. Reparemos en las armas automáticas, invenciones diabólicas, que el caudillo corso no conoció, y en el consumo formidable de municiones que ellas exigen, y tendremos también la sensación de que el dinero juega papel mucho más importante que cuando el primero de los Bonaparte aterraba al mundo con sus audacias. Volvamos luego la vista a instrumento tan novísimo, y a la vez tan caro, como la aviación, en la que el emperador francés ni siquiera pudo soñar, y hallaremos con mayor plenitud confirmada la aseveración de éste: dinero, dinero y dinero. Dinero para cañones, ametralladoras y fusiles. Dinero para cantidades fabulosas de municiones. Dinero para aeroplanos, dinero para gasolina, dinero para productos químicos…

Ya habíamos quedado en que lo de España es una verdadera guerra y no una asonada trivial. Pues bien; conforme al aserto napoleónico, para ganarla, se necesita, principalmente, dinero, dinero y dinero.

¿Quién está mejor provisto de este recurso? ¿Los rebeldes o el Gobierno? El Gobierno, sin duda alguna. Creo en todos los apoyos financieros de que estos días habla la prensa, atribuyéndolos a magnates del capitalismo e incluso a algún famoso contrabandista [Juan March]. ¿Pero que representa todo eso frente a los recursos de que dispone el Estado? No pasa de ser una gota de agua en el mar. En el caso actual, esos concursos privados han podido servir para iniciar la sublevación, pero son insuficientes para sostenerla.

Vamos a pensar por un momento que el capitalismo español, todo él, está dispuesto a destinar la integridad de sus recursos a la causa facciosa. No habría que arredrarse por ello, pues esos recursos, a la hora presente, son limitadísimos. Nuestra burguesía no puede disponer con libertad de sus bienes, no puede vender sus bancas, ni sus talleres, ni sus tierras. ¿Quién se los habría de comprar en circunstancias tan angustiosas y dramáticas? Aparte de lo previsoramente incautado por el Gobierno para satisfacer las necesidades de diverso orden que la guerra crea, lo que en su poder conserva la burguesía no es de momento vendible. Y aquí lo que hace falta es dinero. Y dinero no representado en billetes del Banco de España, que circunstancialmente carecen de valor en el extranjero, sino dinero en francos franceses y suizos, en dólares, en libras esterlinas…, es decir, en oro. Porque es únicamente con oro como España y los españoles pueden hacer transacciones fuera del país, y el oro, todo el oro español, el que garantiza nuestro papel moneda, lo tiene en sus manos el Gobierno.

Cierto que las sacas del precioso metal debilitan dicha garantía y, desde luego, nos empobrecen, porque el metal amarillo no se invierte en adquisiciones que aumenten o mantengan nuestro índice de riqueza, sino que se trueca por elementos de guerra, por instrumentos destructores. El empobrecimiento de España como consecuencia de esta lucha fratricida constituirá una de las grandes responsabilidades de los promotores de la rebeldía.

Desgraciadamente, no será ese el único problema por ellos planteado, sino que serán muchos y todos muy graves. Pero nuestro examen de los aspectos de la contienda se circunscribe hoy a los apremios del presente, sin extender la mirada hacia el futuro. Y atentos a tales apremios nos aferramos a la frase de Napoleón y creemos en nuestra victoria, porque en nuestro poder está el dinero.