El fracaso del coronel Aranda

Madrid 24. Solo la ingenuidad, que tan mal suele acoplarse a la política, ha podido establecer el supuesto de que la sublevación militar surgió como consecuencia de la muerte violenta del Sr. [José] Calvo Sotelo. En los cinco días que mediaron entre este suceso y el estallido insurreccional, no hay tiempo de organizar subversión tan extensa, en la que, probablemente, se hallaban también complicados elementos a los cuales no les ha sido posible sumarse a los sublevados como era su deseo. Sin parar mientes en otros muchos indicios que amontonados son prueba plena de larga y meditada preparación, hubo tres hechos conocidos por las autoridades que la revelaban clarísimamente. Primero, el descubrimiento de la confección de uniformes de guardia civil en Zaragoza; segundo, las estancias y entrevistas del general [Joaquín] Fanjul en Pamplona; y tercero, la notificación que el coronel [Francisco] García Escámez, jefe de la media brigada de Cazadores de Navarra, hizo al segundo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de aquella provincia donde Mola iba a sublevarse, de que necesitaba conocer en qué actitud se colocarían las fuerzas de este instituto. Hechos, todos ellos, anteriores a la muerte del ex ministro de la dictadura.

Bastantes días antes recibí yo la visita de determinada persona que se hallaba al frente del órgano policiaco más delicado y sensible. Al parecer, esta visita tenía origen en las continuas llamadas de atención que yo venía dando en privado y en público sobre la existencia del peligro que, al fin, se presentó de cara el 17 de julio. Resumí entonces mi juicio sobre la proximidad del movimiento diciendo al referido funcionario: “Otras veces, cuando se conspiraba en los cuarteles, los conspiradores se ocultaban. Ahora son los que no conspiran quienes tienen que ocultarse”.

Pero no hay que andar a la búsqueda de indicios para demostrar de modo patentísimo lo que el otro día dije, de que la insurrección se urdió desde el mismo día de la victoria electoral del Frente Popular. La trama incluso comenzó antes; pero, desde luego, con vistas a dicho acontecimiento político. Tengo la prueba ante mis ojos. Esta prueba la constituye una carta, cuyo original ha llegado a mi poder, fechada el 8 de febrero en Oviedo y dirigida por el coronel [Antonio] Aranda al general [Manuel] Goded. La misiva la forman tres hojas mecanografiadas. Luego de hacer cábalas sobre el posible resultado de la contienda electoral en Asturias, trazar la ficha del gobernador civil de aquella provincia y recalcar que éste le había dejado en libertad para distribuir las fuerzas de la Guardia Civil y de Asalto en el día de las elecciones, lo cual —añade— “es suficiente”, el jefe actualmente sitiado en Oviedo pasa, en esa carta confidencial a Goded, a enumerar con todo detalle las fuerzas disponibles que están bajo su mando y el armamento, municiones y demás material con que cuenta.

Previas las correspondientes sumas y restas —en las municiones, suma de la producción en Lugones y La Manjoya y restas del consumo en el armamento, suma de producción en la fábrica de La Vega, resta de ametralladoras y fusiles de los regimientos rendidos, y en las tropas, exclusivamente, restas de las que desde febrero se retiraron de Asturias y de las que se han entregado en Gijón—, puede servirnos la histórica carta para fijar casi con exactitud las cifras de hombres y armas que acompañan en el asedio al coronel. Pero no es la parte más interesante del documento, porque tales cifras podrían señalarse de modo aproximado sin necesidad de datos tan concretos. La parte más interesante es el final, en que se detalla el plan subversivo. Lo reproduzco textualmente. Dice así:

Transportes

Carreteras. —Se garantizarán por el siguiente orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Mieres, Oviedo-Santander, Oviedo-Galicia, Mieres-Puerto de Pajares.

Vías férreas. —Orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Avilés, Oviedo-León, Oviedo-San Esteban de Pravia, Oviedo-Llanes.

Movilización

Se ha preparado en primer lugar la movilización civil de servicios públicos para caso de huelga. Después, la civil para reforzar la defensa de las plazas y pueblos de menor importancia. En primer término, está estudiada la movilización militar de cuatro reemplazos 1930 a 1934.

Movilización civil de servicios. —Todos los servicios públicos de Oviedo, Gijón y Avilés pueden incautarse en doce horas bajo la dirección de jefes y oficiales que los han estudiado. Hay exceso de voluntarios capacitados para atenderlos. Oviedo, después de aislado, tendría agua para cuarenta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente para los servicios oficiales, pan para diecisiete días, alimentación para un mes. Gijón, después de aislado, tendría agua para treinta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente, abastecimientos propios para un mes e ilimitados por mar. El tener sus dispositivos de agua a tres kilómetros (en Roces) puede dificultar el abastecimiento, pero puede suplirse el mismo dada la gran cantidad de pozos y manantiales dentro de la población.

Movilización militar de voluntarios civiles. —Puede realizarse en seis horas en la medida de mil hombres para Oviedo y quinientos para Gijón, sobrando voluntarios de responsabilidad. En todos los pueblos de importancia, está prevista la movilización de grupos de veinte a cien hombres. El encuadramiento está asegurado, en principio, por las fuerzas de Guardia Civil y Asalto y, además, por unos sesenta jefes y oficiales de las fábricas militares, Cajas de Recluta, Centros de movilización, Comisión militar de movilización de industrias civiles, Comandancia exenta de Ingenieros, disponibles, transeúntes y retirados. Serían utilizados, exclusivamente, para la defensa de las poblaciones.

Movilización militar. —Los cinco reemplazos de la primera situación del servicio activo en Asturias suman unos ocho mil hombres, más unos dos mil en Caja de la primera situación, sin instrucción, correspondiendo mil quinientos a Zapadores, cerca de seis mil a Infantería y el resto del último reemplazo licenciado de Artillería. Aun prescindiendo de los de la zona minera y extremistas del resto de la provincia, y contando con bastantes faltas de concentración, con que cada uno de los cinco reemplazos disponibles aludidos pueda facilitar de ochocientos a mil hombres, bastarían dos reemplazos para nutrir los cuerpos y servicios y sostener una campaña de dos meses. Está preparada su movilización y concentración con transporte automóvil a los puntos de concentración previstos. La munición de las fuerzas del Ejército, Guardia civil y Asalto es completa.

El fracaso de Aranda se evidencia con la reproducción de los párrafos de su carta de 8 de febrero que quedan copiados, porque ni es dueño de las carreteras y vías férreas que enumera, ni ha podido efectuar las movilizaciones por él ideadas, ni, en suma, pisa más terreno que el del recinto urbano de Oviedo, donde, según sus propios cálculos, se le han debido de acabar ya los alimentos y estará a punto de acabarse el agua.

En el minucioso plan de Aranda no figura la treta, monstruosamente trágica, que se le ocurrió a última hora de la noche del 18 de julio, cuando entre disimulos engañosos boicoteaba las órdenes que se le transmitían de Madrid de proporcionar armas a los mineros. Esa treta consistía en meter dos mil obreros en los patios del cuartel de Santa Clara, a pretexto de entregarles allí las armas, para fusilarlos a mansalva. Por no prestarse a tan vil estratagema fue fusilado por orden de Aranda el comandante de Asalto Sr. [Alfonso] Ros, cuyo nombre sabrán guardar en su memoria Asturias y España entera.

Heroísmo inútil

Madrid 21. Estos días, cada jornada se apunta el Gobierno una victoria. Hoy, al atardecer, ha quedado abatida la resistencia que ofrecía en su acuartelamiento, del antiguo convento de los jesuitas de Gijón, el regimiento de Simancas. No digo que se ha rendido porque, según mis informes, no ha habido tal rendición. Los insurrectos, principalmente oficiales, con el cuartel envuelto en llamas desde hacía doce horas, siguieron defendiéndose dentro de un patio detrás de sacos terreros y murieron matando. Descubrámonos respetuosamente ante sus cadáveres.

Un mes largo ha durado el asedio de los que han sucumbido hoy y cuya defensa era punto menos que imposible desde que se rindió en cuartel inmediato el regimiento de Zapadores. Un mes en que no solo los combatientes, sino la población civil entera de Gijón, ha sufrido las torturas de una lucha espantosa en la cual los bombardeos del Almirante Cervera causaron víctimas inocentes y ocasionaron daños cuantiosos. Y estos estragos ¿para qué? Para sostener la resistencia de los que desde el momento de quedar sitiados estaban perdidos.

Entre las primeras noticias que llegan del asalto al cuartel hay una espeluznante, la de que los asaltantes hallaron amarrado en escondido calabozo el cadáver de un capitán, único oficial que se negó a secundar la sublevación. Sus compañeros, por lo visto, le sacrificaron, pero estas notas han de ser comentario y no narración, y por eso voy a prescindir de todo relato detallado del suceso.

Simancas era una de las unidades de infantería mejor dotadas. [José María] Gil Robles, desde el Ministerio de la Guerra, puso especialísimo empeño en dotar magníficamente a estas fuerzas, cuyo armamento era copioso y moderno. El regimiento quedó hoy aniquilado. Probablemente entre la inmensa hoguera que desde las nueve de la mañana constituía el cuartel, se habrá destruido gran parte del material. Las continuas detonaciones que sonaban dentro parecían obedecer a la explosión de granadas y cajas de cartuchería; pero, aun así, algún armamento estará a salvo. En busca de él andan a estas horas quienes habiendo producido por la mañana el incendio se dedican afanosos por la noche a sofocarlo, a fin de que no se pierda todo el botín.

Que se recoja mucho o poco armamento en el cuartel de Simancas es cosa secundaria. Lo importante es que extinguido ese foco el coronel Aranda está totalmente solo en Asturias, porque maldito si le sirve de compañía útil la pequeña columna que procedente de Galicia está embotellada por los mineros desde hace bastantes días en el difícil y sinuoso camino del puerto de La Espina. A estas tropas gallegas las cogerá inmovilizadas en aquel abrupto lugar la noticia de la rendición de Oviedo, como las habrá cogido hoy el mensaje del aniquilamiento de Simancas, y acaso su mando dé en meditar si no le sería más conveniente volver grupas en busca de sus, por ahora, plácidas guarniciones, en vez de intentar la prosecución de un avance notoriamente imposible. Para cortar el paso a esa columna y para cerrarlo a los núcleos mucho más insignificantes que asoman por Pajares y Leitariegos, los mineros necesitan poquísima gente. Se lo da todo hecho el terreno.

Destruidos los focos de la revuelta en Gijón, de cuyos cuarteles solo quedan escombros, el esfuerzo del proletariado asturiano, que con tanta cautela ha sabido contener sus impaciencias, se concentrará sobre Oviedo. ¿Habrá allí también una resistencia a la desesperada, o se rendirá Aranda perdida toda esperanza de socorro? Serán pocos los días que falten para trocar el apretado cerco en furioso ataque si el coronel no se rinde, y entrarán en juego la artillería, la aviación y esa arma terrible que es la dinámica en manos de los mineros, que la encienden con sus pitillos como si se tratara de cohetes de romería. ¿Habrá también en Oviedo otro derroche de heroísmo inútil? Pronto vamos a verlo.