El primer bombardeo aéreo de Madrid

Madrid, 29. Madrid ha recibido ya su bautismo de bombardeo aéreo. Ayer a media noche, los aviones enemigos que hasta ahora se habían contentado con lanzar bombas sobre los aeródromos próximos, arrojaron algunas dentro del casco urbano de la villa. Así, Madrid ha cobrado el rango de gran capital europea, pudiendo parangonarse a partir de anoche con aquellas otras que durante la gran guerra fueron agredidas desde el aire.

El vecindario madrileño, todo el cual oyó las explosiones, no parece haberse inmutado por tal novedad bélica. Esta mañana se entretuvo con el vistoso espectáculo de la escolta presidencial, que uniformada de gala acompañó al Palacio Nacional al embajador de Rusia. Y en cuanto al suceso de anoche, satisfizo su curiosidad contemplando varios árboles desgajados por los explosivos.

Madrid ha acogido con mayor imperturbabilidad que París la primera agresión aérea. Por haber sido testigo de ambos debuts me atrevo a afirmarlo. Cuando los Gothas, a comienzos de 1918, guiándose por la línea plateada del Sena, empezaron a visitar la capital de Francia, estaba yo allí junto a otros camaradas que hubieron de expatriarse, lo mismo que yo, a consecuencia de la huelga revolucionaria de 1917. El parisién se habituó pronto a los bombardeos aéreos, mas los primeros no dejaron de impresionarle. Luego, no; luego, a pesar del consejo de las autoridades de que al darse la señal de alarma se retirara la gente de las calles, en los bulevares ni siquiera se disgregaban los corrillos formados en rededor de los camelots. En los cafés se apagaban las luces y en los teatros se interrumpía medio minuto la representación para anunciar un actor el ataque y suplicar a la concurrencia que no abandonase la sala hasta que las sirenas de los bomberos advirtiesen que había desaparecido el peligro. En noches sucesivas, incluso se desdeñaron las instrucciones de buscar refugio en las estaciones subterráneas del Metro.

Recuerdo que yo me despedí de París con uno de los más intensos bombardeos nocturnos. Era un domingo de marzo. Yo iba hacia Hendaya llamado por mis amigos de Bilbao, quienes me notificaron telegráficamente la noticia de que se me designaba candidato para las inmediatas elecciones legislativas. Apenas había salido el tren del túnel que cubre la línea férrea desde la estación de Quai d’Orsay, cuando comenzaron a oírse grandes estampidos. El tren apagó su alumbrado y siguió avanzando por entre una obscuridad densa que rasgaban con frecuencia las luces fulgurantes de los explosivos. En el vagón restaurante continuamos comiendo a oscuras, mientras el convoy parecía caminar impávido en busca del peligro. En la colección de El Liberal debe de haber alguna crónica mía relatando estos sucesos que ahora recuerdo. ¿Quién había de decirme entonces que al cabo de los años iba a ser también testigo de análogo bombardeo en Madrid?

No sé si porque la gente se halle más familiarizada con la aviación que hace dieciocho años o porque Madrid se expone alegremente al peligro a cuenta de satisfacer su curiosidad, lo cierto es que la noche del primer bombardeo apenas hubo familias que atendiendo las indicaciones publicadas se decidieron a refugiarse en el Metro. Las más, luego de apagar las luces domésticas, tomaron puesto tranquilamente en los balcones para ver los aparatos agresores. El riesgo que corrieron fue, más que por las bombas aéreas, por los disparos de fusil de los milicianos, a quienes no hubo medio de impedir que dieran gusto al gatillo apuntando al cielo. El debut de los madrileños fue, pues, magnífico, excelente.

Estas agresiones sobre el casco urbano de una ciudad sin perseguir objetivos determinados (en París se buscaba, principalmente, la destrucción de sus nudos ferroviarios y de sus industrias de guerra) tienen por única finalidad desmoralizar a la población civil. Según todas las trazas, no lo va a lograr el enemigo por mucho que intensifique los ataques aéreos por la noche, que es cuando más impresión pueden producir. No me sorprendería que aun se acabase tomando esto a broma, como se tomó la gripe de 1918, llamada “el soldado de Nápoles”, por coincidir con una canción zarzuelera entonces muy en boga. Desde luego, el bombardeo aéreo, por duro que sea, ha de causar muchísimas menos víctimas que aquella peste. Surgirá el apodo, no lo duden ustedes, y surgirán también cantares. Aunque la cosa ahora tiene proporciones muchísimo mayores, acordémonos de la canción que inventaron los bilbaínos sitiados el año 1874:

La primer bomba al río cayó/y la segunda corta quedó/y a la tercera, llegamos ya,/a recibirla sin novedad.

Pues bien; yo afirmo, aunque sin poner música a mi afirmación, que aquí se ha recibido sin novedad incluso la bomba primera. El bombardeo de anoche ha sido para los madrileños como un festejo, en sustitución de las verbenas veraniegas que las circunstancias han hecho suprimir este año.