Madrid, 3. En España estamos en plena guerra, una guerra cuyo alcance no supieron medir quienes la provocaron, pues creyeron, sin duda, que su plan iba a ser cosa de coser y cantar. A estas horas habrán ya apreciado toda la magnitud de su error, error nacido de que al calcular sus fuerzas, deslumbrados por la extensión de las mismas, olvidaron calcular las del adversario, que dieron por nulas. No supusieron que era tan grande la adhesión del pueblo a la República, ni su fervor por defenderla. Y lo que creyeron iba a reducirse a la lectura de un bando marcial, y, a lo sumo, a algún paseo militar, se lo encuentran hoy trocado en una guerra espantosa.
Toda guerra es escuela de crueldades. No escapará la nuestra a esta consecuencia fatal, verdaderamente terrible. Ni siquiera cuando los sangrientos combates cesen habrá sonado la hora de la paz. El rescoldo de los odios lo estará avivando a cada instante la pasión, y acaso surjan nuevas llamaradas. Es muy distinto el final de una lucha entre dos países enemigos, cuyos ejércitos, al concertarse la paz, pierden todo contacto, que la conclusión de una guerra civil que determina la convivencia en el mismo territorio de los combatientes. De vencedores y vencidos. El rencor sobrevivirá por mucho tiempo al armisticio. Ese rencor será más hondo cuanto más se prolongue la bárbara pelea, que llegará a secar de tal manera los espíritus que no deje florecer en ellos los principios más elementales de la moral en que ha de descansar la solidaridad humana.
Nuestras preocupaciones deben situarse más allá del término de la guerra civil. Quizá esas, de orden espiritual, parezcan en estos momentos de furia, prédicas pueriles que ahoguen fácilmente el estallido de las bombas; pero aun en el orden material estricto hay motivos para que no podamos contemplar sin angustia el porvenir de España.
La lesión que la guerra civil produce en nuestra economía es ya bien evidente. Para apreciar esa lesión no solo hay que contar el esfuerzo económico que realiza el Estado para sofocar la rebelión. Desde un punto de vista nacional es computable también el esfuerzo que en ese aspecto realizan los insurgentes. Legiones de hombres están apartados hoy del trabajo, que es riqueza, para consagrarse a la guerra, que es destrucción. Las manos que habían de recoger las cosechas empuñan las armas, mientras en el campo se agostan y pudren las mieses y los frutos. Y, en tanto, cañones y aeroplanos siembran la ruina. La peseta, que aún mantiene su fuerza adquisitiva en el interior, es un signo monetario casi nulo en el exterior. No tenemos crédito. La contienda civil ha acabado de desbaratarlo. Y a medida que la lucha se prolongue, esas heridas se profundizarán, poniendo en peligro la vida misma de España. Todo eso han hecho quienes, según su decir, se proponían salvarla.