Madrid 22. Recientemente he aludido a los problemas que se van a plantear en España cuando quede aplastado el movimiento fascista. Esos problemas no puedo enumerarlos aún porque no ha terminado siquiera su iniciación. Irán iniciándose a medida que se prolongue la lucha, y al mismo tiempo se irán agravando los ya iniciados. Entre estos últimos figura el del empobrecimiento de España, que puede llegar a ser pavoroso, ya que esta guerra civil, desde el punto de vista nacional, la hacemos a nuestra propia y exclusiva costa, sin esperanza alguna de que ningún otro país vaya a resarcirnos de los daños sufridos mediante las indemnizaciones que en las guerras internacionales impone el vencedor. Cabe, en el orden puramente interno, hacer la distribución de estos gastos en forma que pesen de modo principal sobre las clases pudientes, pero ello no aminora el quebranto económico de la nación, porque no vamos a incorporarnos nuevos territorios, ni van a crecer en forma milagrosa nuestras fuentes naturales de riqueza. Por el contrario, habrá que atender a la reconstrucción de todo lo destruido, que puede cifrarse en muchos cientos de millones de pesetas, dado el ritmo de intensa violencia que se ha imprimido a la lucha.
Esta ofrece características tan singulares, que deja columbrar algunos de los fenómenos que serán su consecuencia. Casi en masa se han sublevado las Fuerzas Armadas de la nación y el régimen no ha podido defenderse de sublevación tan formidable sino merced al apoyo del pueblo en armas, es decir, del proletariado, hablando específicamente. No ya como factura de su esfuerzo, sino como garantía de que no se repitan las subversiones, la clase obrera tiene derecho a exigir la desaparición de privilegios que son otros tantos parapetos de sus beneficiarios para atacar desde ellos, como ahora lo han hecho, al Estado. Ello es elemental, pero, además, justo.
Cuando las derechas españolas, bajo el patrocinio incorrecto y desleal de quien entonces desempeñaba la presidencia de la República, pretendieron reformar en sentido regresivo la Constitución, yo fui partidario de aceptar el desafío, pero a condición, naturalmente, de que si éramos nosotros los triunfantes se radicalizaría política y socialmente el texto constitucional. Resultaba demasiado cómoda una partida en la que se iba a ganar y a no perder. Si las derechas españolas ganaban, desaparecían los postulados democráticos y las posibilidades socializadoras que la Constitución de 1931 contiene, y si perdían, las cosas iban a seguir como estaban. Esto hubiese sido, de nuestra parte, sencillamente estúpido. No, las derechas, si perdían, debían perder con todas sus consecuencias.
Los incidentes caóticos que fueron promoviendo desde el Poder los elementos reaccionarios en la etapa de gobierno más absurda de que tenemos memoria, desplazaron de la contienda electoral la reforma de la Constitución. Derrotados en las urnas, comenzaron a urdir, desde el mismo día de su derrota, este movimiento, sin reparar para obtener la revancha en ninguna clase de medios, puesto que ni siquiera han repudiado los más bárbaros y sangrientos. Pues bien; digo ante la lucha ilegal lo que dije ante la lucha legal: si les llega la hora de perder, que pierdan con todas las consecuencias. Al triunfar nosotros, ni pueden ni deben quedar las cosas cual estaban el 17 de julio.
Hay que domeñar, abatiéndolos definitivamente, a los elementos incursos en la sublevación. El capitalismo, la iglesia y el Ejército, que en conjunción innegable han alentado, promovido y sostenido el movimiento, deben ser castigados privándoles de su poderío. Pero semejante empresa será preciso acometerla con un justo sentido de la realidad. Si desbordamos esa realidad, la victoria no nos habrá servido de nada, como no sea para suicidarnos.
Al anular el gran capitalismo convirtiendo sus concentraciones en pilares de la economía del Estado, no se debe ahogar la iniciativa individual, quizá más provechosa que en ninguna otra raza en la nuestra. Al someter a la iglesia, no procede estrangular violentamente el sentimiento religioso. Y al rehacer el Ejército sobre bases democráticas, no cabe consentir que subsistan Fuerzas Armadas que no se hallen directa y exclusivamente al servicio de la nación.
Pero, sobre todo, cuidemos de no caer bajo las garras de un fascismo extranjero después de derrotar al fascismo interior que ahora nos presenta combate. Aquel sería aún más repulsivo.
He ahí, levemente esbozados, algunos de los magnos problemas que se nos habrán de presentar a la hora del triunfo. Conviene ir pensando en ellos desde ahora.