Recapitulación

Madrid, 31. Al concluir el mes de agosto, se nos ocurre echar una mirada retrospectiva de los acontecimientos desde que la subversión estalló, procediendo a una recapitulación sincera.

Dos méritos cabe atribuir a los rebeldes: primero, el de haber conseguido traer a la Península parte el ejército de África; segundo, el de lograr después la unión de sus fuerzas del Sur y del Norte, a través de Extremadura. No hallamos otras cosas de relieve que registrar en su favor después de la fecha en que surgieron las insurrecciones en los territorios de África y en los peninsulares.

Estos dos éxitos solo han sido posibles por la acumulación de material de guerra moderno y abundantísimo procedente de dos naciones extranjeras y por el auxilio, en forma indirecta, de una tercera. La escuadra española, poniéndose al lado del Gobierno después de reducir la marinería a los jefes y oficiales que, según testimonios que obran en el sumario, estaban comprometidos desde el mes de marzo, impidió el paso de tropas de Marruecos. Solamente al amparo de la sorpresa que produjo el estallido, llegaron fuerzas, muy escasas, de Regulares indígenas y Tercio a bordo del Churruca. Luego, el transporte se siguió haciendo, aunque lenta y difícilmente, por el aire, de Tetuán a Algeciras y Sevilla, utilizando los trimotores de que disponían los rebeldes; pero cuando la aviación de éstos se reforzó con aparatos de marca italiana y este refuerzo pudo entorpecer la acción vigilante de nuestros buques de guerra, se consiguió que el España número 5, muy protegido desde el aire, llevase de Ceuta a Algeciras unos contingentes numerosos de tropas marroquíes.

Situadas estas tropas en Andalucia, hubieron de esperar allí otro auxilio extranjero eficacísimo para avanzar hacia Mérida. Su avance se inició luego de montar en el aeródromo de Tablada los aviones alemanes desembarcados en Cádiz, y bajo la protección de escuadrillas formadas por aparatos modernísimos y el empleo en tierra de material de la misma procedencia, se verificó la conjunción entre las fuerzas rebeldes del Sur y del Norte, lo cual ha permitido la exhibición, más espectacular que efectiva, de moros y legionarios en las cercanías de Madrid, en Guipúzcoa y en otros territorios.

Ahí termina el capítulo de triunfos de los rebeldes, frente al cual cabe alinear, no solo sus fracasos, sino las victorias de las tropas leales. Los fracasos más sobresalientes están constituidos por sus reiterados intentos de apoderarse de Madrid y aislar a Guipúzcoa, cortando las comunicaciones, por un lado, con la frontera francesa, por otro con Vizcaya y, de consiguiente, con todo el resto del Cantábrico. En persecución de tales objetivos se han librado combates muy reñidos en la Sierra de Guadarrama, en las cercanías de Irún y en las proximidades de Tolosa. De la dureza con que ha sido castigado el enemigo dan fe los prisioneros que se le han hecho. Madrid sigue indemne y Guipúzcoa mantiene las dos comunicaciones que se le han querido cortar.

Procedamos ahora a enumerar los éxitos correspondientes a las tropas leales. A partir de haber ahogado victoriosamente la subversión en Madrid y Barcelona, fueron tomadas sucesivamente Alcalá de Henares, Guadalajara, Toledo y Albacete. Se hizo frustrar la sublevación que amenazaba en Valencia y Murcia. Se obtuvo la rendición de los cuarteles de Loyola en San Sebastián. Se batió la resistencia de los regimientos de Zapadores y de Simancas, en Gijón. Se reconquistaron las islas de Ibiza y Mahón, y se inmovilizó a gran parte del ejército sedicioso mediante los sitios de Oviedo, Córdoba, Granada y Zaragoza.

Con ser numerosas las fuerzas sublevadas, su acción ofensiva se limita a tres frentes: el de Extremadura, el de Madrid y el de Guipúzcoa. Esta acción la sostiene, no con sus propios medios, sino con los ajenos, tan copiosamente suministrados.

Puede decirse, en rigor de exactitud, que la guerra civil se encuentra ahora en un periodo casi estacionario, y estos últimos días parece desvaírse (no podemos emplear con justeza el verbo extinguir) el ímpetu que los caudillos de la rebelión sintieron ante la recepción de tan poderosos auxilios. Así comienza este mes de septiembre, tercero de la bárbara sangría española.

El primer bombardeo aéreo de Madrid

Madrid, 29. Madrid ha recibido ya su bautismo de bombardeo aéreo. Ayer a media noche, los aviones enemigos que hasta ahora se habían contentado con lanzar bombas sobre los aeródromos próximos, arrojaron algunas dentro del casco urbano de la villa. Así, Madrid ha cobrado el rango de gran capital europea, pudiendo parangonarse a partir de anoche con aquellas otras que durante la gran guerra fueron agredidas desde el aire.

El vecindario madrileño, todo el cual oyó las explosiones, no parece haberse inmutado por tal novedad bélica. Esta mañana se entretuvo con el vistoso espectáculo de la escolta presidencial, que uniformada de gala acompañó al Palacio Nacional al embajador de Rusia. Y en cuanto al suceso de anoche, satisfizo su curiosidad contemplando varios árboles desgajados por los explosivos.

Madrid ha acogido con mayor imperturbabilidad que París la primera agresión aérea. Por haber sido testigo de ambos debuts me atrevo a afirmarlo. Cuando los Gothas, a comienzos de 1918, guiándose por la línea plateada del Sena, empezaron a visitar la capital de Francia, estaba yo allí junto a otros camaradas que hubieron de expatriarse, lo mismo que yo, a consecuencia de la huelga revolucionaria de 1917. El parisién se habituó pronto a los bombardeos aéreos, mas los primeros no dejaron de impresionarle. Luego, no; luego, a pesar del consejo de las autoridades de que al darse la señal de alarma se retirara la gente de las calles, en los bulevares ni siquiera se disgregaban los corrillos formados en rededor de los camelots. En los cafés se apagaban las luces y en los teatros se interrumpía medio minuto la representación para anunciar un actor el ataque y suplicar a la concurrencia que no abandonase la sala hasta que las sirenas de los bomberos advirtiesen que había desaparecido el peligro. En noches sucesivas, incluso se desdeñaron las instrucciones de buscar refugio en las estaciones subterráneas del Metro.

Recuerdo que yo me despedí de París con uno de los más intensos bombardeos nocturnos. Era un domingo de marzo. Yo iba hacia Hendaya llamado por mis amigos de Bilbao, quienes me notificaron telegráficamente la noticia de que se me designaba candidato para las inmediatas elecciones legislativas. Apenas había salido el tren del túnel que cubre la línea férrea desde la estación de Quai d’Orsay, cuando comenzaron a oírse grandes estampidos. El tren apagó su alumbrado y siguió avanzando por entre una obscuridad densa que rasgaban con frecuencia las luces fulgurantes de los explosivos. En el vagón restaurante continuamos comiendo a oscuras, mientras el convoy parecía caminar impávido en busca del peligro. En la colección de El Liberal debe de haber alguna crónica mía relatando estos sucesos que ahora recuerdo. ¿Quién había de decirme entonces que al cabo de los años iba a ser también testigo de análogo bombardeo en Madrid?

No sé si porque la gente se halle más familiarizada con la aviación que hace dieciocho años o porque Madrid se expone alegremente al peligro a cuenta de satisfacer su curiosidad, lo cierto es que la noche del primer bombardeo apenas hubo familias que atendiendo las indicaciones publicadas se decidieron a refugiarse en el Metro. Las más, luego de apagar las luces domésticas, tomaron puesto tranquilamente en los balcones para ver los aparatos agresores. El riesgo que corrieron fue, más que por las bombas aéreas, por los disparos de fusil de los milicianos, a quienes no hubo medio de impedir que dieran gusto al gatillo apuntando al cielo. El debut de los madrileños fue, pues, magnífico, excelente.

Estas agresiones sobre el casco urbano de una ciudad sin perseguir objetivos determinados (en París se buscaba, principalmente, la destrucción de sus nudos ferroviarios y de sus industrias de guerra) tienen por única finalidad desmoralizar a la población civil. Según todas las trazas, no lo va a lograr el enemigo por mucho que intensifique los ataques aéreos por la noche, que es cuando más impresión pueden producir. No me sorprendería que aun se acabase tomando esto a broma, como se tomó la gripe de 1918, llamada “el soldado de Nápoles”, por coincidir con una canción zarzuelera entonces muy en boga. Desde luego, el bombardeo aéreo, por duro que sea, ha de causar muchísimas menos víctimas que aquella peste. Surgirá el apodo, no lo duden ustedes, y surgirán también cantares. Aunque la cosa ahora tiene proporciones muchísimo mayores, acordémonos de la canción que inventaron los bilbaínos sitiados el año 1874:

La primer bomba al río cayó/y la segunda corta quedó/y a la tercera, llegamos ya,/a recibirla sin novedad.

Pues bien; yo afirmo, aunque sin poner música a mi afirmación, que aquí se ha recibido sin novedad incluso la bomba primera. El bombardeo de anoche ha sido para los madrileños como un festejo, en sustitución de las verbenas veraniegas que las circunstancias han hecho suprimir este año.

Inhibición en pugna con sagrados compromisos

Madrid, 28. Aunque con poca eficacia, el enemigo se entrega estos días a exhibiciones de aviación en el Norte, Centro y Sur. En esas exhibiciones figuran flamantes aparatos de modelos muy modernos. ¿Quién se los proporciona? Porque, indudablemente, él no los fabrica. Pues se los proporcionan algunas naciones de las que, invitadas por Francia, parecen haber asentido a la fórmula neutral de “no intervención”.

El auxilio de estos países a los insurgentes es cosa que no ofrece duda alguna. Hay hechos que lo demuestran de modo incontrovertible y de cuya enunciación prescindimos ahora. A lo sumo, puede surgir la duda respecto a si ese auxilio consiste en simple tolerancia para la provisión de material de guerra a Empresas privadas o si se extiende a una protección directa a los propios Gobiernos. No me atrevo a sentar afirmación rotunda sobre este extremo, ni siquiera basándome en documento autógrafo de uno de los caudillos de la rebelión que llevaba consigo un jefe sedicioso cuyo cadáver fue hallado en Extremadura, documento que hablaba de la perentoriedad de entrega de determinados elementos ofrecidos por persona cuyo nombre corresponde al de cierto militar extranjero tan conocido en Madrid por el puesto oficial que aquí desempeñó.

Desde luego, el material de aviación desembarcado en Cádiz, transportado a Sevilla por ferrocarril y montado en el aeródromo de Tablada por técnicos extranjeros a los cuales, según parece, se les ha enrolado en el Tercio; el material que conducido por otro buque del mismo pabellón no pudo ser desembarcado en España y lo está siendo en puerto extranjero; el recibido directamente en Marruecos y el que ha debido de arribar estos días a Coruña, importa cifra muy considerable que sobrepasa los recursos de que, según mis cálculos, podían disponer los facciosos. Pero quizá estos cálculos hayan sido erróneos, quedándome yo muy por bajo de la realidad, y que los rebeldes dispusieran de fondos bastantes para tan cuantiosas inversiones. Sea de una forma o de otra, lo indudablemente cierto es que los insurrectos reciben del extranjero material de guerra y personal apto para su manejo, lo cual revela la torpeza diplomática cometida por Francia al apadrinar su ya famosísima fórmula de neutralidad, cuyos resultados prácticos son —no podían ser otros— que los países amigos de España se desentiendan de su obligación de apoyar a nuestro Gobierno legítimo y que las naciones simpatizantes con el movimiento insurreccional apoyen éste con poco o ningún disimulo.

¿Cómo deshacer la tremenda injusticia que supone esta realidad? Ya acusé días atrás el carácter universal de la batalla, una de cuyas etapas se está cubriendo ahora en España. Tenemos derecho quienes aquí resistimos la acometida del fascismo a la solidaridad de la democracia del mundo entero; pero no a una solidaridad platónica que tiene por mera expresión mensajes de simpatía, sino a una solidaridad que se traduzca en apoyos efectivos. No reclamamos otros apoyos que los estrictamente legítimos, es decir, los reconocidos por el Derecho internacional a todo Gobierno legalmente constituido. Estos apoyos son los que debe lograr la solidaridad a la que apelamos. ¿Cómo? Presionando las masas de los países demócratas a sus respectivos gobiernos para que enmienden el yerro en que han incurrido y por el cual nos niegan los medios de lucha que naciones de régimen autoritario conceden a manos llenas a nuestros enemigos. Exigimos, simplemente, una conducta lícita frente a un proceder ilegítimo.

Tengo dicho desde el primer instante que vencería quien dispusiera en mayor cantidad de elementos modernos de combate. No podía figurar entre estas suposiciones la de que no les fuesen concedidos dichos elementos al Estado español, la de que internacionalmente se le creara una situación de asfixia. Para mí esto era inconcebible, aunque la realidad quiera demostrarme lo contrario.

Cuando el Gobierno francés se decidió a proclamar una neutralidad tan equívoca como injusta, di desde estas mismas columnas la voz de alarma. Hoy son ya muchas las voces que se alzan clamorosamente en Europa contra tan absurda actitud. Ese clamor, seguramente, ha formado una convicción en las masas. Pues bien, es preciso que tal convicción se exprese en resoluciones congruentes con ella adoptadas por los Gobiernos. Y esto lo pedimos en nombre del pueblo español que, al defender su libertad defiende también la de los demás pueblos amenazados del mismo azote. Vencerá, repito, quien disponga de más elementos modernos de combate. Que no se nos nieguen a nosotros aquellos a que moral y legalmente tenemos derecho. Y, sobre todo, que no se nos brinde a título de amistad con inhibición que pugna con sagrados compromisos.

Consideraciones sobre el espionaje

Madrid, 27. Reportajes, Memorias y monografías nos han puesto en antecedentes de los ingeniosos ardides que emplearon en la gran guerra para el espionaje, que tuvo a su servicio agentes audaces y talentudos. Aquel Poiré que allá por el año 19 inició en el placer de la aviación a varios millares de bilbaínos, se dedicó durante la guerra europea a realizar vuelos nocturnos, situando en campo enemigo espías disfrazados de campesinos, en cuya busca regresaba al cabo de tres o cuatro días para que llevaran al cuartel general los informes recogidos durante sus arriesgadas excursiones.

El espionaje en las guerras civiles no necesita de tante intrepidez. Es infinitamente más fácil. Fijémonos en esta de España. En cada una de las poblaciones no dominadas por la facción hay muchos habitantes que la rinden su simpatía. Todos ellos sienten de modo natural la tentación del espionaje, y la mayor parte pueden ejercerlo sin peligro. Trabados entre sí por relaciones particulares y políticas, constituyen tupidas redes en las que hay constante cruce de noticias. Estas informaciones sirven de modo perfecto al enemigo, que las utiliza para sus fines.

Aun habiendo sido grande la limpia hecha en los centros ministeriales y administrativos, a buen seguro que continúan adscritos a ellos gentes que están de corazón con los facciosos. Las informaciones provechosas para el enemigo están, pues, en medio de la calle y no hace falta sagacidad alguna para captarlas. El único problema es el de su transmisión, y maldito si en estos tiempos ofrece dificultades, habida cuenta la extraordinaria sencillez que han llegado a alcanzar las comunicaciones inalámbricas. Las más inocentes charlas radiofónicas pueden, mediante clave, convertirse en sistemas magníficos de aviso. De modo que el espionaje en la ciudad es sencillo, cómodo y hasta tranquilo. Únicamente en los frentes ofrece ciertos peligros, pero tampoco es imposible, porque en el ejército irregular de las milicias son fáciles las filtraciones.

Durante los primeros días de combate en la Sierra, los periódicos publicaron el retrato de una linda muchacha que acopiada a diversos grupos de milicianos aparecía tan pronto en un frente como en otro. Multiplicaron los elogios a su heroísmo, con esa prodigalidad y esa hipérbole tan propias del periodismo. Pues bien; esa muchacha, como luego se comprobó, era una espía. La Campsa tuvo, al principio de la subversión, dificultades, ya felizmente vencidas, respecto al aprovisionamiento de la gasolina etilada que consumen los aviones más veloces. Es indiscutible que esos obstáculos, surgidos en el extranjero, se provocaron merced a un espionaje realizado desde dentro de la misma Campsa, pues nadie fuera de la Empresa podía conocer los contratos que ésta tenía pendientes de cumplimiento, las cantidades y los puertos de embarque.

Lo más sorprendente en punto a espionaje es lo que voy a referir. Cierta noche, la radio facciosa de Sevilla hizo público que se había acordado el relevo del general Miaja, jefe de la columna de ataque contra Córdoba. El propio general lo oyó desde las inmediaciones de Córdoba, donde se encontraba. No lo creyó, porque nadie le había dicho nada; pero al día siguiente recibió la orden de presentarse en Madrid, y aquí se le notificó que había sido trasladado a otro puesto. Antes de que saliera la orden del ministerio la conoció el enemigo.

La mitad del éxito en una guerra puede provenir de la buena información. De un lado la malicia y de otro la inconsciencia parecen ahora empeñadas en proporcionarle lo que necesita al enemigo. El entusiasmo nos lleva a todos a la imprudencia. El domingo último me pasé la tarde temblando mientras la radio transmitía a toda España los discursos que se pronunciaban en el campo valenciano de Mestalla y se hacía eco de las ovaciones y los vítores de la inmensa muchedumbre allí congregada. ¿Cabe imprudencia más fantástica que esta de reunir apiñados a cien mil izquierdistas en un campo abierto, donde la aviación enemiga, advertida previamente o enterada luego por la misma radio, pudo hacer una espantosa carnicería?

Seamos cautos y prudentes y contengamos en lo posible nuestra característica locuacidad. La fórmula es muy sencilla: nadie debe saber nada en que no tenga que intervenir personalmente. Cualquier lenguaraz, aun sin proponérselo, puede ser un confidente peligroso, y en las guerras civiles suele haber más espías que combatientes.

Etapas de una batalla universal

Madrid, 26. He oído relatar al teniente coronel [Luis] Romero, jefe de las fuerzas españolas de Larache, la dramática odisea que ha constituido su evasión por la zona francesa de Marruecos, y he encontrado en el relato, no solo la explicación de ciertos fenómenos de carácter internacional en orden al desamparo en que se deja al Gobierno legítimo de España, sino lo que es aún mucho más interesante, la significación mundial de la guerra civil española.

Visto a través de las peripecias sufridas por el bravo jefe español, se nos presenta nuestra guerra como un episodio, desde luego el más sangriento de todos, de la formidable lucha entablada en Europa entre la democracia y el autoritarismo.

Romero, jefe leal, se ve obligado, por la defección de los oficiales bajo su mando, a abandonar Larache y trasladarse al pueblo fronterizo de Arbaoua, zona francesa. Le son necesarias muy pocas horas para descubrir, bajo algunas cortesías, que se halla entre sus colegas de Francia, no en calidad de huésped, sino como prisionero. Cuando quiere aclarar su situación encuentra confirmadas estas sospechas. Efectivamente, es un prisionero. Así se lo manifiestan de modo rotundo. Pregunta el motivo de su detención y nadie sabe descírselo, pues todos se excusan en el cumplimiento de órdenes superiores. Mas, ¿en qué pueden basarse semejantes órdenes? Difícil sería encontrar motivos razonables para ellas. Se trata de un jefe adicto al Gobierno de un país amigo que ha buscado refugio en territorio del Protectorado francés. No cabe la más mínima duda sobre su identificación siendo, como es, la autoridad de una zona limítrofe. Pues, a pesar de todo, Romero no es huésped, sino prisionero.

Hay más; mientras a él se le prende, los oficiales facciosos, los que se levantaron en armas contra el Estado español, entran y salen libremente por Arbaoua, recorren el Protectorado francés y se aprovisionan ampliamente en sus plazas, donde se forman con presteza trenes y convoyes cargados de vituallas para los rebeldes. El teniente coronel Romero no acierta a concebir trato tan desigual. A su juicio, a quienes se debe prender en Arbaoua es a los oficiales rebeldes que habían querido asesinarle, y no a él. Aun le parece más fuera de las normas internacionales el descarado aprovisionamiento de los insurrectos españoles en territorios que están bajo el Protectorado de Francia.

Romero va luego encontrando, si no la explicación jurídica de estos hechos, que no pueden tenerla, otra que mana de una realidad que se le presenta cada vez más clara en los días de su cautiverio, a lo largo de las conversaciones con quienes le tienen detenido. Aquellos militares franceses son también fascistas y contemplaban con vivísima simpatía el movimiento sedicioso iniciado en el Marruecos español. No solo por afinidad espiritual, sino, además, por ver en nuestra lucha el prólogo de una contienda idéntica en Francia, y estimar que el triunfo del fascismo español será anticipo de análoga victoria en su país.

“A nosotros —llegó a decir a Romero uno de sus guardianes— nos interesa mucho que vuestra guerra civil dure, cuando menos, un par de meses más hasta que se reanuden las sesiones de nuestro Parlamento, porque entonces, bajo la presión de los éxitos que lograran los militares españoles sublevados, caerá el Gobierno de judíos que preside León Blum”. Y como Romero acogiese estas palabras con gesto de asombro, creyéndolas la expresión de un criterio personal exaltadísimo, su interlocutor las confirmó añadiendo: “Aquí, en Marruecos, todos los oficiales franceses pensamos de esa manera”.

Cuanto a mí me había referido Romero, quise que lo repitiera ante Herman, redactor de Le Populaire, el periódico parisino desde el cual León Blum adoctrina a diario a los socialistas galos. Herman no acusó gran sorpresa. Por el contrario, asentía a lo que Romero iba narrando. A lo visto, no le descubría esto ningún secreto en cuanto al estado de ánimo de la oficialidad francesa residente en Marruecos, que acaso sea también la de buena parte de la que guarnece la metrópoli.

Mientras oía a Romero, recordaba yo la jornada del 14 de julio del año último en París. Por la mañana, en la avenida de los Campos Elíseos, desde el balcón de las oficinas del diario argentino La Nación, presencié la ceremonia oficial, consistente en el desfile militar ante el presidente de la República y el Gobierno. Por la tarde, desde los ventanales del entresuelo de un café de la plaza de la Bastilla, vi la colosal manifestación del Frente Popular, triunfante después en las urnas, y aún tuve tiempo, atravesando en automóvil la recia barrera que formó la Guardia móvil, dividiendo París en dos mitades, de volver a los Campos Elíseos para contemplar el paso ante el Arco del Triunfo de los “Cruces de Fuego”, presididos por el coronel La Rocque. Pude ese día, recogiendo el espíritu palpitante en aquellos actos, darme cuenta de que Francia se hallaba profundamente escindida, como lo estaba ya España, y teniendo cada sector la misma significación política y social de los que aquí se han lanzado a una furiosa pelea. Por la plaza de la Bastilla pasaron ante mí multitudes obreras (hombres, mujeres y niños) frenéticas de entusiasmo, alzando el puño y entonando himnos proletarios. Por la majestuosa avenida que va desde la plaza de la Concordia a la de la Estrella, desfilaron luego en correcta formación, muchos con el pecho constelado de condecoraciones guerreras, los voluntarios del fascismo, y entre ellos muchos sacerdotes. Igual que aquí.

El recuerdo de estos espectáculos inolvidables de hace un año —frío y ceremonioso, el de la mañana, y apasionados e impresionantes los de la tarde— y el relato que acabo de escuchar de labios del teniente coronel Romero, me dicen que asistimos a una batalla universal entre la democracia y la reacción, batalla gigantesca que, naturalmente, tiene diversas etapas. La que ahora cubre España es, desde luego, mucho más sangrienta que las de Italia, Alemania y Austria. No sabemos cómo serán las etapas que hayan de sobrevenir en otras naciones.

El mando único

Madrid 25. Dos o más años tardaron los ejércitos aliados que se batían al norte de Francia y en territorio belga durante la gran guerra en establecer el mando único. La heterogeneidad de aquellos ejércitos hacía dificilísimo semejante acuerdo, al cual se oponía no solo el puntilloso amor propio de los respectivos caudillos, sino incluso la honrilla nacional, pues resultaba muy duro que tropas de un país cifradas en millones de hombres aparecieran bajo las órdenes de un general aliado, pero, al fin, extranjero. Mas las altísimas conveniencias de unificar la acción concluyeron por apartar todos esos obstáculos subalternos y, bajo el mando único, pudieron al cabo los aliados ganar la guerra.

En nuestra guerra civil es también absolutamente indispensable que tropas y milicias al servicio de la causa de la libertad tengan mando único. Corresponde éste, como es natural, al Gobierno o a la persona en quien el Gobierno delegue, y aunque desde el ministerio de la Guerra se viene ejerciendo dicho mando, pueden estorbarle, a mi juicio, iniciativas aisladas que surgen por exceso de entusiasmo. Vale más un solo mando, por malo que sea, que veinte mandos buenos que lo ejerzan de modo simultáneo y no trabado, ya que esta pluralización supone, o acciones contradictorias o dispersión de fuerzas que esteriliza energías.

Esto que acabo de decir constituye al abecé del arte de guerrear. Todos tenemos ahora un objetivo común: derrotar al fascismo. Las gentes de ideología más extrema verían truncadas sus esperanzas si no aniquilamos al fascismo. Ese aniquilamiento podrá ser, para unos, el máximo y para otros, el mínimo, pero para todos es aspiración común e indeclinable. Pues bien; a tal enemigo se le derrota con mayor facilidad cuanto más perfecta sea la coordinación de quienes pelean contra él. No basta con haber triunfado en Cataluña y todo Levante, con haber ahogado la sublevación en Madrid y sus cercanías ni con haberla contenido en el Cantábrico, ni bastará con que en cualquier día próximo se rindan Oviedo y Córdoba y se tome Aragón. Hay que triunfar en España entera, y para obtener esa victoria general, la única que nos habrá de salvar, es improcedente atalayar el problema guerrero desde puntos de vista locales, provinciales o regionales. Tan absurdo como contemplarlo con las miras estrechas del partidismo. Si nos llegara la mala hora de una derrota, idea que, desde luego, desecho, no habría cuartel para nadie en las izquierdas, y el mismo extremo rigor padecerían los republicanos tibios que los anarquistas más exaltados. Ahí están, para demostrarlo, las represalias realizadas por la facción, que a la hora de fusilar no se ha entretenido en hacer distinciones. Con ser de izquierda basta para el suplicio y la muerte.

Creo que hemos pasado del periodo del entusiasmo inicial para entrar ya de lleno en el de la organización, sin la cual no habrá modo de proseguir con éxito la guerra. Y no hay organización posible sin un alto mando único, que conociendo en su conjunto las necesidades de la campaña y a la vista de las disponibilidades, señale uno a uno los objetivos sobre los cuales deba concentrarse la acción y distribuya las fuerzas, obteniendo de ellas la máxima elasticidad y, por lo tanto, logrando la mayor eficacia.

El ímpetu de los leales de cada zona tiende, como es natural, a atacar a los rebeldes que tienen más próximos; pero, a veces, los objetivos que de este modo se persiguen interesan muy secundariamente y el esfuerzo que para conseguirlo se emplea adquiriría una utilidad centuplicada aprovechándole en atenciones distintas. Pongamos, por ejemplo, el caso de más bulto que se presenta ante nuestros ojos: la acción contra las Baleares. El triunfo ha venido nimbando a los reconquistadores, a quienes acompañan mis fervientes votos por que también la victoria corone la más ardua empresa en que ahora andan metidos de tomar la isla de Mallorca. En nuestro poder desde los primeros instantes Mahón por la actitud heroica de la marinería, no creo que de aquel archipiélago nos importara de momento otra cosa que recoger en dicha base naval y en Ibiza el armamento copioso allí depositado y traerlo a la Península, donde era infinitamente más útil que en Mallorca. Comprendería yo la acumulación de toda clase de elementos para someter a la legalidad republicana a los reaccionarios mallorquines, muchos en número, y a aquella guarnición, muy considerable, si todos los territorios peninsulares estuviesen en nuestro poder; pero cuando hay muy extensas zonas rebeldes en la Península resulta, a mi juicio, un poco extemporánea la acción entablada contra Mallorca. Nuestros hombres, de valentía probada, que allí combaten; los fusiles, las ametralladoras y los cañones de que disponen y la aviación y buques de guerra a su servicio estarían dando a estas horas, en cualquiera de los frentes peninsulares a que tuvieran acceso, un rendimiento muy superior al que allí obtienen.

A efectos del más pronto aplastamiento del fascismo, la conquista de cualquier provincia española vale, de momento, muchísimo más que la toma de Mallorca. Por una razón muy sencilla: porque aquí la rebelión puede propagarse si nuestras defensas se debilitan, y en Mallorca, no. Allí había de quedar aislada. No iban a venir los mallorquines a nado, con su fusil a la espalda, a invadirnos por Levante, y de otro modo imposible, por carecer de medios para el desembarco. Pues como este ejemplo que cito, sin menoscabo alguno para el heroísmo de los reconquistadores, a quienes, desde luego, rindo el testimonio de mi admiración, se pueden ofrecer otros muchos, en orden a que en unos frentes sobra lo que en otros falta, a que en unas milicias abunda lo que en otras escasea y a que en la retaguardia hay exceso de ametralladoras y fusiles mientras los reclaman con insistencia desde algunas líneas de combate.

La guerra civil ha entrado ya en una fase que atribuye papel preponderante a la organización. No hay organización posible sin mando único, y no hay mando único verdaderamente efectivo si cada cual se lanza por sí a desarrollar sus propias iniciativas bélicas sin someterse a una alta dirección que, abarcando los problemas todos de la guerra, pueda medir las mayores necesidades de cada hora y en cada lugar.

El fracaso del coronel Aranda

Madrid 24. Solo la ingenuidad, que tan mal suele acoplarse a la política, ha podido establecer el supuesto de que la sublevación militar surgió como consecuencia de la muerte violenta del Sr. [José] Calvo Sotelo. En los cinco días que mediaron entre este suceso y el estallido insurreccional, no hay tiempo de organizar subversión tan extensa, en la que, probablemente, se hallaban también complicados elementos a los cuales no les ha sido posible sumarse a los sublevados como era su deseo. Sin parar mientes en otros muchos indicios que amontonados son prueba plena de larga y meditada preparación, hubo tres hechos conocidos por las autoridades que la revelaban clarísimamente. Primero, el descubrimiento de la confección de uniformes de guardia civil en Zaragoza; segundo, las estancias y entrevistas del general [Joaquín] Fanjul en Pamplona; y tercero, la notificación que el coronel [Francisco] García Escámez, jefe de la media brigada de Cazadores de Navarra, hizo al segundo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de aquella provincia donde Mola iba a sublevarse, de que necesitaba conocer en qué actitud se colocarían las fuerzas de este instituto. Hechos, todos ellos, anteriores a la muerte del ex ministro de la dictadura.

Bastantes días antes recibí yo la visita de determinada persona que se hallaba al frente del órgano policiaco más delicado y sensible. Al parecer, esta visita tenía origen en las continuas llamadas de atención que yo venía dando en privado y en público sobre la existencia del peligro que, al fin, se presentó de cara el 17 de julio. Resumí entonces mi juicio sobre la proximidad del movimiento diciendo al referido funcionario: “Otras veces, cuando se conspiraba en los cuarteles, los conspiradores se ocultaban. Ahora son los que no conspiran quienes tienen que ocultarse”.

Pero no hay que andar a la búsqueda de indicios para demostrar de modo patentísimo lo que el otro día dije, de que la insurrección se urdió desde el mismo día de la victoria electoral del Frente Popular. La trama incluso comenzó antes; pero, desde luego, con vistas a dicho acontecimiento político. Tengo la prueba ante mis ojos. Esta prueba la constituye una carta, cuyo original ha llegado a mi poder, fechada el 8 de febrero en Oviedo y dirigida por el coronel [Antonio] Aranda al general [Manuel] Goded. La misiva la forman tres hojas mecanografiadas. Luego de hacer cábalas sobre el posible resultado de la contienda electoral en Asturias, trazar la ficha del gobernador civil de aquella provincia y recalcar que éste le había dejado en libertad para distribuir las fuerzas de la Guardia Civil y de Asalto en el día de las elecciones, lo cual —añade— “es suficiente”, el jefe actualmente sitiado en Oviedo pasa, en esa carta confidencial a Goded, a enumerar con todo detalle las fuerzas disponibles que están bajo su mando y el armamento, municiones y demás material con que cuenta.

Previas las correspondientes sumas y restas —en las municiones, suma de la producción en Lugones y La Manjoya y restas del consumo en el armamento, suma de producción en la fábrica de La Vega, resta de ametralladoras y fusiles de los regimientos rendidos, y en las tropas, exclusivamente, restas de las que desde febrero se retiraron de Asturias y de las que se han entregado en Gijón—, puede servirnos la histórica carta para fijar casi con exactitud las cifras de hombres y armas que acompañan en el asedio al coronel. Pero no es la parte más interesante del documento, porque tales cifras podrían señalarse de modo aproximado sin necesidad de datos tan concretos. La parte más interesante es el final, en que se detalla el plan subversivo. Lo reproduzco textualmente. Dice así:

Transportes

Carreteras. —Se garantizarán por el siguiente orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Mieres, Oviedo-Santander, Oviedo-Galicia, Mieres-Puerto de Pajares.

Vías férreas. —Orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Avilés, Oviedo-León, Oviedo-San Esteban de Pravia, Oviedo-Llanes.

Movilización

Se ha preparado en primer lugar la movilización civil de servicios públicos para caso de huelga. Después, la civil para reforzar la defensa de las plazas y pueblos de menor importancia. En primer término, está estudiada la movilización militar de cuatro reemplazos 1930 a 1934.

Movilización civil de servicios. —Todos los servicios públicos de Oviedo, Gijón y Avilés pueden incautarse en doce horas bajo la dirección de jefes y oficiales que los han estudiado. Hay exceso de voluntarios capacitados para atenderlos. Oviedo, después de aislado, tendría agua para cuarenta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente para los servicios oficiales, pan para diecisiete días, alimentación para un mes. Gijón, después de aislado, tendría agua para treinta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente, abastecimientos propios para un mes e ilimitados por mar. El tener sus dispositivos de agua a tres kilómetros (en Roces) puede dificultar el abastecimiento, pero puede suplirse el mismo dada la gran cantidad de pozos y manantiales dentro de la población.

Movilización militar de voluntarios civiles. —Puede realizarse en seis horas en la medida de mil hombres para Oviedo y quinientos para Gijón, sobrando voluntarios de responsabilidad. En todos los pueblos de importancia, está prevista la movilización de grupos de veinte a cien hombres. El encuadramiento está asegurado, en principio, por las fuerzas de Guardia Civil y Asalto y, además, por unos sesenta jefes y oficiales de las fábricas militares, Cajas de Recluta, Centros de movilización, Comisión militar de movilización de industrias civiles, Comandancia exenta de Ingenieros, disponibles, transeúntes y retirados. Serían utilizados, exclusivamente, para la defensa de las poblaciones.

Movilización militar. —Los cinco reemplazos de la primera situación del servicio activo en Asturias suman unos ocho mil hombres, más unos dos mil en Caja de la primera situación, sin instrucción, correspondiendo mil quinientos a Zapadores, cerca de seis mil a Infantería y el resto del último reemplazo licenciado de Artillería. Aun prescindiendo de los de la zona minera y extremistas del resto de la provincia, y contando con bastantes faltas de concentración, con que cada uno de los cinco reemplazos disponibles aludidos pueda facilitar de ochocientos a mil hombres, bastarían dos reemplazos para nutrir los cuerpos y servicios y sostener una campaña de dos meses. Está preparada su movilización y concentración con transporte automóvil a los puntos de concentración previstos. La munición de las fuerzas del Ejército, Guardia civil y Asalto es completa.

El fracaso de Aranda se evidencia con la reproducción de los párrafos de su carta de 8 de febrero que quedan copiados, porque ni es dueño de las carreteras y vías férreas que enumera, ni ha podido efectuar las movilizaciones por él ideadas, ni, en suma, pisa más terreno que el del recinto urbano de Oviedo, donde, según sus propios cálculos, se le han debido de acabar ya los alimentos y estará a punto de acabarse el agua.

En el minucioso plan de Aranda no figura la treta, monstruosamente trágica, que se le ocurrió a última hora de la noche del 18 de julio, cuando entre disimulos engañosos boicoteaba las órdenes que se le transmitían de Madrid de proporcionar armas a los mineros. Esa treta consistía en meter dos mil obreros en los patios del cuartel de Santa Clara, a pretexto de entregarles allí las armas, para fusilarlos a mansalva. Por no prestarse a tan vil estratagema fue fusilado por orden de Aranda el comandante de Asalto Sr. [Alfonso] Ros, cuyo nombre sabrán guardar en su memoria Asturias y España entera.

Esbozo de algunos problemas que surgirán a la hora del triunfo

Madrid 22. Recientemente he aludido a los problemas que se van a plantear en España cuando quede aplastado el movimiento fascista. Esos problemas no puedo enumerarlos aún porque no ha terminado siquiera su iniciación. Irán iniciándose a medida que se prolongue la lucha, y al mismo tiempo se irán agravando los ya iniciados. Entre estos últimos figura el del empobrecimiento de España, que puede llegar a ser pavoroso, ya que esta guerra civil, desde el punto de vista nacional, la hacemos a nuestra propia y exclusiva costa, sin esperanza alguna de que ningún otro país vaya a resarcirnos de los daños sufridos mediante las indemnizaciones que en las guerras internacionales impone el vencedor. Cabe, en el orden puramente interno, hacer la distribución de estos gastos en forma que pesen de modo principal sobre las clases pudientes, pero ello no aminora el quebranto económico de la nación, porque no vamos a incorporarnos nuevos territorios, ni van a crecer en forma milagrosa nuestras fuentes naturales de riqueza. Por el contrario, habrá que atender a la reconstrucción de todo lo destruido, que puede cifrarse en muchos cientos de millones de pesetas, dado el ritmo de intensa violencia que se ha imprimido a la lucha.

Esta ofrece características tan singulares, que deja columbrar algunos de los fenómenos que serán su consecuencia. Casi en masa se han sublevado las Fuerzas Armadas de la nación y el régimen no ha podido defenderse de sublevación tan formidable sino merced al apoyo del pueblo en armas, es decir, del proletariado, hablando específicamente. No ya como factura de su esfuerzo, sino como garantía de que no se repitan las subversiones, la clase obrera tiene derecho a exigir la desaparición de privilegios que son otros tantos parapetos de sus beneficiarios para atacar desde ellos, como ahora lo han hecho, al Estado. Ello es elemental, pero, además, justo.

Cuando las derechas españolas, bajo el patrocinio incorrecto y desleal de quien entonces desempeñaba la presidencia de la República, pretendieron reformar en sentido regresivo la Constitución, yo fui partidario de aceptar el desafío, pero a condición, naturalmente, de que si éramos nosotros los triunfantes se radicalizaría política y socialmente el texto constitucional. Resultaba demasiado cómoda una partida en la que se iba a ganar y a no perder. Si las derechas españolas ganaban, desaparecían los postulados democráticos y las posibilidades socializadoras que la Constitución de 1931 contiene, y si perdían, las cosas iban a seguir como estaban. Esto hubiese sido, de nuestra parte, sencillamente estúpido. No, las derechas, si perdían, debían perder con todas sus consecuencias.

Los incidentes caóticos que fueron promoviendo desde el Poder los elementos reaccionarios en la etapa de gobierno más absurda de que tenemos memoria, desplazaron de la contienda electoral la reforma de la Constitución. Derrotados en las urnas, comenzaron a urdir, desde el mismo día de su derrota, este movimiento, sin reparar para obtener la revancha en ninguna clase de medios, puesto que ni siquiera han repudiado los más bárbaros y sangrientos. Pues bien; digo ante la lucha ilegal lo que dije ante la lucha legal: si les llega la hora de perder, que pierdan con todas las consecuencias. Al triunfar nosotros, ni pueden ni deben quedar las cosas cual estaban el 17 de julio.

Hay que domeñar, abatiéndolos definitivamente, a los elementos incursos en la sublevación. El capitalismo, la iglesia y el Ejército, que en conjunción innegable han alentado, promovido y sostenido el movimiento, deben ser castigados privándoles de su poderío. Pero semejante empresa será preciso acometerla con un justo sentido de la realidad. Si desbordamos esa realidad, la victoria no nos habrá servido de nada, como no sea para suicidarnos.

Al anular el gran capitalismo convirtiendo sus concentraciones en pilares de la economía del Estado, no se debe ahogar la iniciativa individual, quizá más provechosa que en ninguna otra raza en la nuestra. Al someter a la iglesia, no procede estrangular violentamente el sentimiento religioso. Y al rehacer el Ejército sobre bases democráticas, no cabe consentir que subsistan Fuerzas Armadas que no se hallen directa y exclusivamente al servicio de la nación.

Pero, sobre todo, cuidemos de no caer bajo las garras de un fascismo extranjero después de derrotar al fascismo interior que ahora nos presenta combate. Aquel sería aún más repulsivo.

He ahí, levemente esbozados, algunos de los magnos problemas que se nos habrán de presentar a la hora del triunfo. Conviene ir pensando en ellos desde ahora.

Heroísmo inútil

Madrid 21. Estos días, cada jornada se apunta el Gobierno una victoria. Hoy, al atardecer, ha quedado abatida la resistencia que ofrecía en su acuartelamiento, del antiguo convento de los jesuitas de Gijón, el regimiento de Simancas. No digo que se ha rendido porque, según mis informes, no ha habido tal rendición. Los insurrectos, principalmente oficiales, con el cuartel envuelto en llamas desde hacía doce horas, siguieron defendiéndose dentro de un patio detrás de sacos terreros y murieron matando. Descubrámonos respetuosamente ante sus cadáveres.

Un mes largo ha durado el asedio de los que han sucumbido hoy y cuya defensa era punto menos que imposible desde que se rindió en cuartel inmediato el regimiento de Zapadores. Un mes en que no solo los combatientes, sino la población civil entera de Gijón, ha sufrido las torturas de una lucha espantosa en la cual los bombardeos del Almirante Cervera causaron víctimas inocentes y ocasionaron daños cuantiosos. Y estos estragos ¿para qué? Para sostener la resistencia de los que desde el momento de quedar sitiados estaban perdidos.

Entre las primeras noticias que llegan del asalto al cuartel hay una espeluznante, la de que los asaltantes hallaron amarrado en escondido calabozo el cadáver de un capitán, único oficial que se negó a secundar la sublevación. Sus compañeros, por lo visto, le sacrificaron, pero estas notas han de ser comentario y no narración, y por eso voy a prescindir de todo relato detallado del suceso.

Simancas era una de las unidades de infantería mejor dotadas. [José María] Gil Robles, desde el Ministerio de la Guerra, puso especialísimo empeño en dotar magníficamente a estas fuerzas, cuyo armamento era copioso y moderno. El regimiento quedó hoy aniquilado. Probablemente entre la inmensa hoguera que desde las nueve de la mañana constituía el cuartel, se habrá destruido gran parte del material. Las continuas detonaciones que sonaban dentro parecían obedecer a la explosión de granadas y cajas de cartuchería; pero, aun así, algún armamento estará a salvo. En busca de él andan a estas horas quienes habiendo producido por la mañana el incendio se dedican afanosos por la noche a sofocarlo, a fin de que no se pierda todo el botín.

Que se recoja mucho o poco armamento en el cuartel de Simancas es cosa secundaria. Lo importante es que extinguido ese foco el coronel Aranda está totalmente solo en Asturias, porque maldito si le sirve de compañía útil la pequeña columna que procedente de Galicia está embotellada por los mineros desde hace bastantes días en el difícil y sinuoso camino del puerto de La Espina. A estas tropas gallegas las cogerá inmovilizadas en aquel abrupto lugar la noticia de la rendición de Oviedo, como las habrá cogido hoy el mensaje del aniquilamiento de Simancas, y acaso su mando dé en meditar si no le sería más conveniente volver grupas en busca de sus, por ahora, plácidas guarniciones, en vez de intentar la prosecución de un avance notoriamente imposible. Para cortar el paso a esa columna y para cerrarlo a los núcleos mucho más insignificantes que asoman por Pajares y Leitariegos, los mineros necesitan poquísima gente. Se lo da todo hecho el terreno.

Destruidos los focos de la revuelta en Gijón, de cuyos cuarteles solo quedan escombros, el esfuerzo del proletariado asturiano, que con tanta cautela ha sabido contener sus impaciencias, se concentrará sobre Oviedo. ¿Habrá allí también una resistencia a la desesperada, o se rendirá Aranda perdida toda esperanza de socorro? Serán pocos los días que falten para trocar el apretado cerco en furioso ataque si el coronel no se rinde, y entrarán en juego la artillería, la aviación y esa arma terrible que es la dinámica en manos de los mineros, que la encienden con sus pitillos como si se tratara de cohetes de romería. ¿Habrá también en Oviedo otro derroche de heroísmo inútil? Pronto vamos a verlo.

Un amigo de España

Madrid 20. El embajador francés en Madrid ha recorrido con el gobernador civil de Guipúzcoa [Antonio Ortega] y varios periodistas extranjeros aquellos lugares de San Sebastián damnificados por el bombardeo aéreo y naval. Ha testimoniado su protesta por tales agresiones contra una ciudad abierta y turística que nada tiene de plaza militar, y ha encabezado con quinientas pesetas la suscripción a beneficio de las víctimas. Es este un acto amistoso digno de gratitud, que le ha sido rendida públicamente al representante de Francia por el gobernador en una cariñosa nota expandida por la radio.

Monsieur Herbette es un gran amigo de España, y acaso lo sea por conocerla bien. Ningún diplomático extranjero de los acreditados cerca del Gobierno de la República está mejor enterado de nuestras cosas que el embajador francés. Este, fiel a su antigua profesión de periodista, sigue aferrado a una gran avidez informativa. Nadie tan constante como él en la tribuna diplomática del Congreso, ni nadie entre sus colegas tan afanoso de escudriñar en los fenómenos de la política española.

Otra singularidad para nosotros simpática concurre en el embajador francés: su amor a la democracia. Porque, bueno será decirlo de pasada, la República española tuvo muy poca suerte con las delegaciones diplomáticas extranjeras, que en su gran mayoría las personificaron hombres tras cuya corrección se adivinaba desafecto o, cuando menos, poca simpatía por el nuevo régimen. En eso ha venido siendo Monsieur Herbette una de las muy contadas excepciones. Quizá por ello los gobernantes del bienio negro quisieron, aunque inútilmente, desplazarle de España.

Hablaba yo una tarde de invierno de 1934 con Herriot en el despacho de ministros de la Cámara de Diputados francesa, y al indicarle que Herbette podía ser en Madrid intérprete de ciertas indicaciones, Herriot me interrumpió moviendo en ademán negativo la mano derecha con que tenía sujeta la pipa. Herbette, según el ministro, no era el hombre adecuado para la gestión, porque precisamente el Quai d’Orsay había tenido que resistir las sugestiones del Gobierno español para que fuese reemplazado.

El acto amistoso que realizó monsieur Herbette en San Sebastián, ¿cabe interpretarlo como un rasgo puramente personal o tiene todo el alcance que le puede atribuir la representación que ostenta quien lo ha verificado?

Me inclino a creer que la iniciativa corresponde de modo exclusivo a D. Jean Herbette, testigo muy cercano desde su residencia veraniega de Fuenterrabía de grandes excesos de los facciosos; pero bajo la plena seguridad de que al proceder como procedió interpretaba los sentimientos de su Gobierno. Acaso ha hecho lo que ha hecho como un lenitivo, como un consuelo, cubriendo con su noble gesto el hueco abierto por actitudes irresolutas, vacilantes y, desde el punto de vista del Derecho Internacional, injustificadas en absoluto. Me duele decirlo, pero no sé callarlo.

De la jornada de hoy recojo como nota destacadísima, más aún que la de las dos nuevas derrotas infligidas a los rebeldes en la Sierra de Guadarrama, donde esta mañana hicieron un desventurado debut los moros que funestos caudillos han traído a España para imponer la civilización, el respeto a la familia y el amor a Dios, esa de los “requetés” que desertan en las líneas de combate guipuzcoanas pasándose directamente a nuestras tropas o atravesando la frontera. Las deserciones venían teniendo como únicos autores a los soldados que, eso sí, no desaprovechaban coyuntura para huir de la opresión a que les tienen sometidos los jefes sediciosos; pero el hecho de que les imiten ya quienes se alistaron de manera voluntaria y llenos de bríos en la facción significa que se está agrietando profundamente el “castillo de ilusiones” —¡trágicas ilusiones! — levantado por unos cuantos insensatos.

Ya dije que descartados los efectos de sorpresa en la intentona, el tiempo había de correr a favor del Gobierno. Y a favor del Gobierno corre; pero habría sido mucho mayor la velocidad si escrúpulos absurdos, que ni política ni jurídicamente podrán justificarse jamás, no hubiesen asaltado a ciertos Gobiernos en orden al cumplimiento de compromisos generales a todos ellos, pero que de modo especialísimo obligaban y obligan a uno determinado. Mediante el cumplimiento de dichos compromisos, es muy probable que a estas horas estuviese sofocada la rebelión y no siguiera desangrándose España. Aunque bien intencionada, la actitud de Francia, como tengo ya reconocido, no deja de ser errónea y candorosa. Su invitación a la neutralidad —una neutralidad equívoca— equivale en estos tiempos de deslealtades internacionales a atar las manos de quienes, no ya por solidaridad, sino en su propio interés, debieran auxiliar al Gobierno español legítimamente constituido, y a dejar libres las de quienes por simpatía política, y principalmente porque les abriría la puerta a su ambición imperialista, desean sustituir la actual República democrática española por un régimen de autoritarismo reaccionario.

Esa torpeza obliga a nuestro Frente Popular a centuplicar su esfuerzo. Cuando triunfe podrá registrar, como apéndice de su victoria, el haber liberado a Francia de un azote tan terrible como el que ahora padece España. Porque si aquí llegará a vencer el fascismo, que no vencerá, ya veríamos cuánto tardaba en estallar en tierra francesa una insurrección análoga a esta contra la cual peleamos nosotros.

Quizá por pensar así, pero guardando dentro de su pecho el pensamiento, Monsieur Herbette conmovió ayer a los donostiarras, tan afrancesados de suyo, con tan noble gesto. Mas sea por lo que sea, hay que agradecerle acto tan significativo a este buen amigo de España.

El fantasma de las garras de acero

Madrid, 19. El lector que recuerde dos artículos míos de los de esta serie, el último publicado ayer, que llevan por títulos “Madrid objetivo preferente” y “La importancia de una victoria”, podrá por sí mismo, con la simple lectura de la narración del combate que se libró hoy en los alrededores de Navalperal de Pinares, figurarse toda la importancia que concedo al éxito obtenido por las milicias de Mangada, con el muy eficaz auxilio de la Aviación. La importancia, y más todavía la composición de la columna rebelde, demuestra bien a las claras que se le había asignado la arriesgadísima empresa de acercarse a Madrid.

Por primera vez han aparecido entre las tropas facciosas operantes en la Sierra elementos montados. En las crestas donde se desarrolló hoy la lucha no hay terreno a propósito para que maniobre la caballería. Esta, si acaso, tendría papel adecuado en planos más inferiores de la Sierra por la vertiente sur; es decir, en las llanadas que con algunas ondulaciones se extienden más debajo de El Escorial, por un lado, y de Cercedilla, por otro, entre los pueblos de Guadarrama, Villalba y Galapagar, en primer término, y después desde Torrelodones a Las Matas y Las Rozas, donde el campo es más abierto y, de consiguiente, propicio al despliegue de la caballería.

Partiendo del supuesto de que solo en tales parajes podía ser útil la caballería, lógicamente se debe colegir que se abrigaba el designio de llegar hasta ellos, porque de otro modo no cabe explicar que figurasen varios escuadrones incorporados a una columna que únicamente debía batirse en terreno abrupto y escarpado. Juzgando por esos datos, podemos afirmar que el de esta tarde ha sido el intento más serio de avance sobre Madrid, ya que todo lo demás se ha reducido hasta ahora a mantener en cierta actividad determinados núcleos artilleros con el apoyo de fuego de ametralladoras en dos pasos de la Sierra.

El intento lo han frustrado las milicias de Mangada y la Aviación. Tiene, pues, indiscutible trascendencia la victoria. No se trata de un episodio de guerrillas, sino de un combate formal, lo mismo por su larga duración que por la cuantía de las columnas que lo han mantenido y por el objetivo que persiguen los atacantes.

Cada uno de los combates serios que entablan constituye una catástrofe para los facciosos. Hoy les ha vencido un “republicano de toda la vida”, que la frase, a pesar de haber sido tan manoseada, sigue conservando su valor, porque Julio Mangada, este militar con aire de filósofo, no es un republicano improvisado. Por proclamar su fe en tiempos de la monarquía sufrió toda clase de persecuciones, sin que éstas llegarán jamás a arredrar su ánimo; casi estoico, Mangada tiene la audacia del clásico guerrillero español y la serenidad del gran caudillo. Es hombre de armas y de letras, y sus características más acusadas como hombre son la abnegación y la generosidad. Esta noche conversaba yo telefónicamente con su hijo, que le acompaña en sus correrías guerreras. D. Julio se acercó al aparato un instante; pero no para comentar la dura y gloriosa jornada, sino para decir escuetamente esto: “Que me envíen mil quinientos hombres más porque tengo en un frente muy extenso”. Y se retiró sin decir una palabra más. Esta sobriedad pinta un carácter, porque Mangada, habitualmente, es locuaz, de esos que encuentran en la conversación un placer. Pero cuando afanes imperiosos se adueñan de su espíritu administra avaramente la palabra. Sus afanes de esta noche eran atender a los heridos, contabilizar el copioso botín y planear la brega de mañana.

La desesperación del enemigo por su derrota la rebajaron los rabiosos bombardeos aéreos a que se entregó luego sañudamente sobre Navalperal de Pinares, como si quisiera ejercer el derecho del pataleo, pues ya no podía hacer variar estos dos hechos aciagos para él: un objetivo frustrado y una columna poderosa totalmente deshecha.

“Columna fantasma” han dado en llamar por aquí a la de Mangada. El remoquete le viene de su presentación inopinada y sorprendente donde menos se la espera. No podía proceder el apodo de su falta de corporeidad. Bien a su costa, han podido hoy enterarse los sediciosos de que tal fantasma no es una sombra vana, sino que tiene garras de acero.

Importancia de una victoria

Madrid, 18. Atribuyo tanta trascendencia al triunfo alcanzado ayer a orillas del Guadiana por las tropas leales y singularmente por la aviación, que fue, en realidad, quien decidió el combate, que lo considero como la victoria más importante de cuantas se han obtenido a lo largo del mes que lleva ya de duración la guerra civil. Hoy, nuestros aeroplanos, en minuciosos reconocimientos por tierras extremeñas no han visto enemigo. De esto no se debe colegir que haya desaparecido por completo, sino, a lo sumo, que está oculto y disperso, lo cual es bastante.

Discretamente apunté en uno de mis anteriores artículos todo lo que suponía este esfuerzo de los facciosos de unir sus tropas del Sur con las del Norte a través de Extremadura, pegados a la línea fronteriza portuguesa, tan extraordinariamente interesante para ellos. Pues bien; si en un punto u otro la columna de enlace queda cortada, los propósitos del enemigo se frustran. ¿Cuáles son esos propósitos? Dos, desde luego. Uno, que yo juzgo secundario por lo remoto, de crear hacia este lado un peligro sobre Madrid siguiendo la línea del Tajo, y otro, a mi entender principal, de reforzar las tropas, escasas en número, que quieren ir sobre el centro de Asturias, por Luarca y por los puertos de Leitariegos y Pajares, a fin de debilitar el asedio de Oviedo y, a ser posible, que se salve el coronel Aranda, cada día en situación más crítica.

Oviedo es la clave de la guerra en el Norte. Cuando Oviedo se rinda se habrá despejado en el acto la situación, no solamente en Asturias y León, sino también en Guipúzcoa, a quien ha habido que regatear medios de auxilio por la necesidad de acumularlos en Asturias. Después los mineros asturianos constituirán el núcleo más potente para la reconquista de Castilla la Vieja.

Quienes mantienen el asedio de la vieja ciudad ovetense, la Vetusta de Clarín, venían animados del generoso deseo de no producir en ella daños superiores aún a los que sufrió en octubre de 1934. Creían disponer de un tiempo ilimitado que permitiera el agotamiento de las reservas de agua con que cuentan los sitiados y la consunción de todos los víveres. Es decir, que esperaban tranquilamente una rendición por hambre y sed. Su humanitarismo ha llegado al extremo de consentir que fuera saliendo de la capital del Principado la población civil, con daño notorio de los efectos del asedio, porque a menor número de sitiados mayor holgura para los combatientes que siguen dentro.

Ni aún con esa desventaja deben arrepentirse de su conducta; pero las leyes de la guerra se caracterizan por inflexibilidades y rigideces que es peligroso contravenir. A esas características indeclinables habrán de atenerse los obreros de Asturias, decidiéndose al ataque de Oviedo sin aguardar pacientemente a que la capital se les rinda por penuria de municiones de boca, porque prolongando la espera podrían llegar a encontrarse los sitiadores con menos desenvoltura.

Afortunadamente para ellos, y para todos, el resultado victorioso del combate de ayer junto al puente de Santa Amalia retrasa de modo considerable el peligro. Pero no lo elimina por completo. Puede resurgir. Por ahora, el teniente coronel Yagüe ve alejadas las posibilidades de llegar a Oviedo como llegó en octubre del 34, y con las mismas tropas, Tercio y Regulares, que acaudillaba entonces.

Si es verdad lo que con sádico entusiasmo se comunicó por radio desde Elvas a un diario italiano respecto a la ferocidad de los invasores de Badajoz, hay motivos para recordar los tiempos neronianos. En Badajoz, a los prisioneros se les encerró en los corrales de la Plaza de Toros, y obligados luego a salir al ruedo por la puerta del chiquero, cuando aparecían en el redondel, desde tendidos, gradas y palcos los facciosos les ametrallaban a placer. En la Roma de Nerón los cristianos empujados hasta la arena del circo sucumbían despedazados por fieras auténticas: leones, tigres, panteras, leopardos… El emperador, su corte y la plebe eran solamente espectadores complacidos de la matanza. Al cabo de veinte siglos, registramos la innovación de que los espectadores sean, a la vez, actores en el martirio, y de que las fieras tengan traza humana. Es posible que en el palco presidencial del circo extremeño haya sustituido a la clámide imperial que lucía en el palco del circo romano la zamarra de cualquier cacique ávido de disfrutar con la orgía sangrienta.

Pensando en esto le entran a uno ansias de morirse, por la sensación asfixiante que producen juntas la pena y la vergüenza.

Profunda significación de lo pintoresco

Madrid, 17. En esta bárbara y espantosa tragedia en que se debate España y cuyas proporciones —quiero creerlo así— no pudieron ser imaginadas por quienes la provocaron, acaso hallen los aficionados a lo pintoresco notas singulares, que deformadas por los cristales cóncavos y convexos tras los cuales se nos contempla desde el extranjero pueden aparecer deformadas caricaturescamente. Y, sin embargo, esas notas revelan mejor que nada las características de nuestra lucha y la honda sima que separa a las dos Españas en pugna, a esas dos Españas que siempre se han mirado hostilmente y que ahora se acometen con fiereza.

Ha habido ayer varios festivales taurinos donde los acordes viriles y majestuosos de “La Internacional” han sustituido a los pasacalles flamencos que de ordinario sirven para marcar el contoneo de los toreros cuando las cuadrillas atraviesan el ruedo. Y en una de nuestras grandes plazas de toros, en la Monumental de Barcelona, la lidia se ha entreverado con desfiles de milicianos, discursos fogosos de sindicalistas y una encendida arenga del presidente de la Generalidad.

¿Quién hubiera sido capaz de concebir la curiosísima amalgama de tan excepcional espectáculo? Yo recuerdo cómo las organizaciones obreras, sin distinción de matices, se enrolaban en las campañas antitaurinas. Hace cuarenta años, mucho antes de que surgiera a la vida literaria Eugenio Noel, el periodista Ferreras hizo desde El Correo, periódico sagastino, una violenta cruzada contra la fiesta nacional, y hasta fundó una Liga antitaurina a la cual se alistaron los principales líderes del socialismo y del anarquismo. Por aquellos tiempos era El Correo el único diario que no publicaba información ni reseña que a toros se refiriera.

Si alguna de las regiones españolas, por su idiosincrasia, puede considerarse refractaria a tal espectáculo es la catalana, más aún que la vascongada, puesto que ésta proporcionó y sigue proporcionando primeras figuras a la tauromaquia. Precisamente el héroe del festival barcelonés fue un torero vasco, el eibarrés Pedrucho [Pedro Basauri]. Pues bien, allí tuvimos confundidos el domingo en un mismo entusiasmo y un mismo clamor, a los catalanistas, personificados por Luis Companys; a los sindicalistas, a los socialistas y a la que por antonomasia denominamos la “afición”. En resumen, el pueblo. El pueblo con todas sus virtudes y todos sus defectos, el pueblo en bloque sin tallar, la cantera magnífica de una raza inmortal; el pueblo que apiñado en los cosos enronquece furiosísimo pidiendo que se martirice más a un animal y que de pronto, sintiendo que le tintinean dentro las fibras de la sensibilidad, se alza angustiado a pedir clemencia para un cornúpeto que trae consigo de la dehesa la historieta de que se dejaba acariciar el testuz por la hija de los dueños de la vacada.

Mas ya que nos hemos puesto a reparar en las explosiones políticas a que dan motivo los festejos taurinos de estos días, hemos de examinar otro fenómeno todavía más digno de atención, cual es la actitud de los toreros ante la guerra civil. Los toreros, al fin españoles, están también divididos. Aparecen unos a un lado y otros a otro. Los primeros días de la sangrienta contienda insertaron los periódicos una lista de toreros que se baten entre las milicias madrileñas en los campos de la Sierra del Guadarrama. Era una relación de artistas oscuros, los más, picadores y banderilleros, y algunos modestísimos matadores de novillos. Ahora, a medida que van llegando noticias de los focos insurrectos de Andalucía, sobresalen como figuras señeras de la sedición toreros de relieve que reniegan del pueblo del cual proceden. Así, en Sevilla, capitanean a las partidas de fascistas que en unión de moros y de gentes del Tercio realizan razzias sangrientas por los pueblos, Pepe el Algabeño [José García Carranza] y Emilio Torres, el mayor de los Bombitas. Y en Córdoba, actúa casi de generalísimo el rejoneador [Antonio] Cañero. El torero aseñoritado y enriquecido se suma a los facciosos, los dirige y les alienta, y el torero oscuro que no se ha desprendido del pueblo, se bate al lado de él.

¡Qué magnífica síntesis de la guerra civil española ofrecen esas dos actitudes! Los espíritus superficiales que desde el extranjero asistan curiosos al espectáculo dramático que hoy ofrecemos al mundo entero, podrán no ver en eso sino facetas de pintoresquismo; pero es lo cierto que tal fenómeno revela magníficamente las razones políticas y sociales de los respectivos emplazamientos de los sectores que sostienen la pelea.

Ya, en el extranjero, aunque con lentitud, van conociendo toda la verdad de la trascendencia de nuestra contienda. La verdad concluye siempre por abrirse camino. Claro que a veces se le abre muy tarde, sin otro resultado práctico que el de dejar recogidos los hechos de manera justa en la Historia. Celebramos que ahora la verdad camine más deprisa por tierras lejanas donde se nos desconoce. Hemos visto atisbos de cómo marcha la verdad en una agudísima caricatura del dibujante inglés [David] Low. Un grupo de soldados españoles rodeados de Regulares indígenas y legionarios del Tercio, medita ante los partes de guerra, y con aire meditabundo, exclama el más destacado de los caudillos rebeldes: “Qué lástima no tener bastantes moros y legionarios extranjeros para matar a los españoles. Así habríamos salvado a España”.

La guerra en la retaguardia

Madrid, 15. En la guerra no lo hace todo el heroísmo. Lo haría, si acaso, en tiempos del Cid. Ahora, la guerra es principalmente producción, por lo cual resulta tan interesante como el valor en la vanguardia la organización en la retaguardia.

Esta mañana he visto desfilar por el paseo del Prado, en correcta formación, marcando muy marcialmente el paso, un batallón de milicianas, y a diario la prensa gráfica nos solaza con bellas estampas de muchachas equipadas militarmente que actúan con bravura en la Sierra. No desconozco el estímulo guerrero que significa ver cómo la mujer participa de los rigores y peligros de la campaña. Todo eso es muy simpático y muy atrayente, pero, a mi juicio, poco práctico. Sobrando, como sobran, hombres para combatir, la mujer es infinitamente más útil en labores de retaguardia que provista de fusil en las líneas avanzadas.

No descubro con ello nada nuevo. Lo que digo es algo elementalísimo, pero lo proclamo porque pasado el ímpetu inicial del entusiasmo me parece llegada ya la hora de iniciar en la retaguardia una organización seria y eficaz. Viví en Francia unos cuantos meses de los años de 1917 y 1918, durante la guerra mundial, y allí vi cómo atraídos hacia los frentes los hombres casi en masa fue necesario utilizar las mujeres para trabajos hasta entonces reservados exclusivamente a los hombres. Vi a las mujeres francesas de conductoras e interventoras en los trenes metropolitanos, de revisoras de billetes en los expresos de las grandes líneas, de encargadas de los servicios de alumbrado y de limpieza, en fin, en cien faenas de las cuales había permanecido apartado el sexo femenino; pero singularmente fueron utilizadas en la producción de municiones. Todo ello, claro es, además de aquellas otras labores propias de la feminidad, como el cuidado de hospitales de sangre, la protección de los huérfanos de la guerra y la confección de vestuario y calzado para las tropas. La contienda civil que nosotros sostenemos, aunque terriblemente cruenta, no exigirá tal consumo de hombres —perdóneseme la expresión un poco brutal por ser guerrera— que exija que nuestras mujeres desempeñen trabajos masculinos; pero estas tienen misiones interesantísimas que realizar a retaguardia. La principal entre todas es atender desde detrás de las líneas de batalla a los combatientes. Fijemos, de momento, la atención en un solo problema: el vestuario. Dentro de pocas, de muy pocas semanas, no podrán permanecer las milicias en el campo, y menos en las cumbres serranas, sin más traje que el mono liviano de tela de mahón o de terliz. Necesitarán ropas de abrigo, trajes invernales, que incluso se hacen ya indispensables en algunas noches frescas.

Sobre ese problema hay que poner mano inmediatamente creando talleres a cientos y empleando mujeres a miles. No es solo traje de abrigo lo que necesita el miliciano sino, además, ropa interior, alpargatas, botas, calcetines, todo lo que en campaña se destroza cien veces antes que en la vida urbana. No se aspirará a que los ciudadanos que han empuñado las armas para ir a pelear estén tiritando de frío.

Pensemos en que esta guerra nuestra puede ser una guerra de posiciones, como lo fue en su última etapa la guerra europea. Para que las fuerzas leales puedan mantenerse, no solo bien vestidas, sino bien alimentadas, bien provistas de todo, es decisiva la organización de retaguardia, que exige unidad de acción, coordinación de esfuerzos, suma de voluntades y dirección inteligente. Ahí tiene la mujer republicana y socialista vastísimo campo de acción. Ahí, y en la guarda de los niños que queden desvalidos y en el incremento de la producción de municiones. Todos o casi todos los servicios de intendencia deben correr a su cargo.

A mí me agradan mucho esas fotos que el reporterismo nos trae del frente con figuras de lindas muchachas a las que dan una gracia especial la gorra cuartelera, el mono que sirve a nuestras tropas populares de uniforme veraniego y todo el atuendo miliciano, pero me agradarán mucho más las fotos, que espero ver pronto, en que aparezcan esas mismas muchachas afanosas y disciplinadas en fábricas y talleres, para surtir de cuanto necesiten a los hombres que sigan en el frente.

El programa de gobierno de los facciosos

Madrid, 14. En un registro hecho en Madrid, ha sido hallado, con otros documentos complementarios, entre ellos la relación del alto personal de diversos ministerios y el borrador de varias disposiciones de Trabajo, el programa de gobierno de los facciosos, que, según reza su propio epígrafe, había de desarrollarse en una serie de decretos urgentes. No resisto a la tentación de publicarlo. Lo reproduzco íntegramente, sin cambiar palabras ni quitar punto ni coma. Desde un punto de vista periodístico, me hubiera convenido extractar el programa para dejar más espacio a mi comentario; pero el proceder en esa forma suscitaría el recelo de que el extracto fuera tendencioso. Prefiero, pues, insertarlo literalmente a costa de la extensión del comentario. Además, el documento, como verá el lector, se comenta por sí solo. Helo aquí:

Política general.  —Derogación de la Constitución vigente y sustitución provisional de la misma.

Determinación de funciones del Poder legislativo y ejecutivo.

Poder Judicial y su independencia.

Manifiesto sobre las bases en que ha de fundamentarse la nueva situación política como preparación de un nuevo Estado.

Ley de amnistía.

Amplia amnistía de delitos políticos y sociales desde el 16 de febrero.

Facultad del Ejecutivo de retener la aplicación de la amnistía en casos particulares.

Ampliación de la amnistía a los casos que debieron haber sido comprendidos en febrero de 1936 y no lo fueron por partidismo.

Prensa.

Conveniencia de la supresión de toda la prensa con carácter provisional sustituida por un órgano oficial.

Supresión o total modificación de la prensa marxista y antiespañola.

Ley de prensa con una total fiscalización y nombramiento de personal directivo en los casos que se crea necesario.

Prohibición de discutir los principios fundamentales de la civilización cristiana, religión, patria, familia, etcétera.

Supresión de partidos políticos.

Fulminante desaparición de los marxistas y antiespañoles.

Total transformación de los derechistas y unificación de los mismos.

Disposiciones sobre la limitación de garantías y libertades de asociación, reunión, publicaciones, etcétera.

Gobernación. —Conveniencia de establecer gobernadores generales por regiones.

Normas, función y poderes de los gobernadores.

Nombramiento de delegados especiales de Trabajo, bajo la jefatura del gobernador.

Estudio de personas capaces de desempeñar estos cargos (jefes militares, de la Guardia Civil, funcionarios, etcétera).

Agricultura. —Normas de aplicación inmediata sobre la reforma agraria para evitar abusos y represalias.

Problema de los desahucios.

Normas de inmediata aplicación sobre el problema triguero.

Enseñanza. —Anulación de toda disposición tomada contra los institutos religiosos a partir del 16 de febrero.

Libertad absoluta de enseñanza a las congregaciones religiosas, en espera de la ley de reorganización de la instrucción pública e inspección del Estado.

Anulación de la libertad de cátedra con pérdida de la misma, multas y confiscaciones cuando se utilice para exponer doctrinas contra la moral cristiana, religión, patria, familia, Gobierno o en defensa de teorías marxistas.

Reposición del crucifijo en las escuelas.

Normas precisas de inspección escolar por delegados especiales del Gobierno con amplias facultades.

Deposición de maestros comunistas.

Enseñanza de la religión en las escuelas oficiales por el párroco.

Política religiosa. —Anuncio de concordato con Roma.

Incompatibilidad del Estado para intervenir en asuntos espirituales de conciencia (cuarto voto).

Obras Públicas. —Comisión para estudio inmediato del problema ferroviario y aplicación de las más urgentes medidas.

Puesta en marcha tras rápido estudio, sin trámites ni dilaciones, de un plan de obras provisionales acoplado la realización de un plan más vasto a estudiar más detenidamente.

Industria y Comercio. —Medidas urgentes para resolver el problema de las divisas y comercio exterior.

Trabajo. —Disolución de las organizaciones sindicales marxistas.

Anulación del decreto de represaliados.

Evitación de represalias o abusos patronales.

Creación de delegados sociales de Trabajo sustitutivos de Jurados Mixtos.

Observe el lector cómo, salvo aquella parte encaminada a marcar una regresión en las leyes genuinamente políticas y en las de Enseñanza y Trabajo, el programa carece en absoluto de contenido. Gedeón hubiese redactado otro más completo. El programa enuncia los temas, pero no señala soluciones. A mera enunciación se reducen títulos como esos de “Problema de los desahucios”, “Normas de inmediata aplicación sobre el problema triguero”, “Comisión para estudio inmediato del problema ferroviario y aplicación de las más urgentes medidas”, “Puesta en marcha de un plan de obras provisionales”, “Medidas urgentes para el problema de las divisas y el comercio exterior”, …

Ni una sola palabra para decir en qué consistirán esas normas y medidas. No caben mayores vaciedades en cuanto a los problemas que más fundamentalmente agobiaban a España. Y hablo en pasado, “agobiaban” en vez de “agobian”, porque los problemas que han creado los insurrectos son mucho más graves aún.

He ahí para qué se ha promovido la más sangrienta y destructora sublevación de cuantas registra la Historia de España, y acaso, a poco que se prolongue, de cuantas registra la Historia del mundo.

Madrid, objetivo preferente

Madrid, 13. Madrid ha sido desde el primer día de la sublevación el objetivo más ansiado de los rebeldes. Está explicada perfectamente tal preferencia por lo que la capital de la República significa moral y materialmente. Según parece, la empresa fue adjudicada al general Mola. Eran las tropas sublevadas en el Norte de España las que debían apoderarse de Madrid, sin perjuicio de que, además, y para facilitarles su cometido, se hostilizase por otros flancos. Para abrir camino al ejército de Mola se pretendió inútilmente forzar el paso por tres puntos distintos de la Sierra de Guadarrama: Navacerrada, Somosierra y el Alto del León, mientras a la vez se producían alzamientos en Toledo, Alcalá y Guadalajara. Falló en el plan el más importante de los apoyos, Madrid mismo, es decir, la sublevación dentro de la villa. Este punto de sustentación del proyecto se vino abajo en el instante mismo que merced al ímpetu de las milicias ciudadanas se rindió el Cuartel de la Montaña. Deshechos los dos regimientos que en él se albergaban y sometido poco después el campamento de Carabanchel, únicos focos donde la insurrección se manifestó de modo inequívoco, procedióse a deponer los mandos de otras unidades en actitud expectante y sospechosa, y no hubo tras esto más acto insurreccional que el del regimiento de Ingenieros de El Pardo, mas no para hacerse fuerte, sino para marchar a la desbandada a unirse con fuerzas rebeldes muy lejanas.

Madrid, pues, había que tomarlo sin la esperanza de que dentro de la ciudad surgiera ninguno de los auxilios que estaban dispuestos. Pero las milicias madrileñas no se contentaron con destruir los focos interiores de la rebeldía, sino que bravamente abatieron unas tras otras las insurrecciones de Alcalá, Guadalajara y Toledo, de las cuales quedó simplemente un núcleo sitiado en el Alcázar toledano, y además dichas milicias taponaron los boquetes que querían abrirse en la Sierra, donde solo se mantienen algunas baterías y nidos de ametralladoras sin posibilidades de avance.

El fracaso, por tanto, de la toma de Madrid confiada al general Mola ha sido absoluto. Esto no quiere decir que el enemigo haya desistido de su porfiadísimo objetivo. Probablemente constituye para él a estas horas una obsesión mucho mayor que cuando inició su insensatísima aventura. Por diversas razones, pero en primer término seguramente por orgullo. Los generales que dirigen la subversión acaso estimen como una afrenta imperdonable el hecho de que fuerzas regulares del Ejército bajo su inmediata dirección y con buenos y copiosos pertrechos hayan sido derrotadas en cosa de horas por el pueblo en armas. Esto, sin duda, les alienta a concentrar su máximo empeño en conquistar Madrid. Pero no dejando de nuevo la empresa exclusivamente fiada a Mola, sino a una acción conjunta de fuerzas del Sur y del Norte.

Para el logro de esa conjunción hay que salvar muchos, muchísimos obstáculos. No es tarea fácil ni corta. Por eso yo me atreví a pronosticar una guerra larga. Hay que clavar esta convicción en el ánimo de nuestras gentes. Si por ventura la lucha resulta corta, tanto mejor. Al presente, mahometanos sedientos de sangre cristiana y católicos con escapularios y medallas sobre los uniformes, en la más extraña amalgama guerrera que vieran los siglos, intentan enlazar con los rebeldes que se extienden más al norte de la frontera portuguesa desde Cáceres hasta Pontevedra.

Pero Madrid, el objetivo tan locamente ansiado, está todavía muy distante, muy distante.

Culpas de todos

Madrid, 12. Buena parte de las dificultades con que el Gobierno de la República ha tropezado ahora en el extranjero proceden de la actitud de nuestro Cuerpo diplomático. Salvo contadas y honrosísimas excepciones, los representantes de España negaron su asistencia en momentos muy críticos al Gobierno del cual dependían, desorientaron, engañándola, a la opinión de los países en que ostentaban nuestra representación y llegaron a revelar, con osadía acaso sin precedentes, secretos de Estado. El delito cometido por algunos de esos funcionarios entra en la categoría de alta traición.

No es propósito mío, en estas notas escritas a vuela pluma y con el difícil sacrificio de dejar al margen de ellas mis más hondas preocupaciones, examinar responsabilidades en cuanto a lo que actualmente acaece. Las hay terribles, en verdad, de nuestro lado. Ese examen sería inoportuno en estos momentos, porque podría llevarnos a polémicas improcedentes y quebrantadoras. Ahora bien; no creo que provoque ni asomo de discusión el proclamar la responsabilidad que nos alcanza por igual a todas las izquierdas —cuando menos a las que están y estuvieron representadas en el Gobierno— por haber sostenido el Cuerpo diplomático que sirvió a la monarquía.

Claro que lo mismo se podría decir de otros órganos del Estado; pero acaso no tan justificadamente como con respecto a la diplomacia, que era casi hechura personal del propio rey. La República pudo y debió extirparla, sin que siquiera le asaltase el escrúpulo de sacrificar a intereses políticos, desde luego altos y respetabilísimos, una rama competente de difícil reemplazo. En nuestra diplomacia no había lumbrera alguna. Ese Cuerpo lo constituía, en general, un señoritismo saturado de mentecatez. Cierto que en 1931 se sustituyó a embajadores cuya preeminencia respondía, no a prendas de talento, sino a servicios domésticos, y hasta de celestineo en relación con la persona del monarca. A uno de ellos le hube yo de denominar en el Congreso hace bastantes años “proveedor de corbatas de la real casa”. Lo de las corbatas era un eufemismo parlamentario, porque los verdaderos títulos de aquel señor consistían en suministrar queridas y en tutelar hijos naturales. Pero ni en 1931 ni después se hizo el intenso desmoche que debió hacerse. Tras algunas amputaciones, bien reducidas en número, el Cuerpo subsistió con toda la morralla de monárquicos cretinos, imagen viva de la más bufa de las vanidades. Jamás se identificaron con la República. La desdeñaron siempre. Cuando pudieron, se burlaron de ella, y ahora la han traicionado de manera alevosa.

El lector, siguiendo estas reflexiones mías, acaso circunscriba la responsabilidad del yerro de no haber descuajado entero el Cuerpo diplomático que creó la monarquía a quienes hubimos de desfilar por los gobiernos de la República. No sería justa esa apreciación, por demasiado superficial. Los gobernantes, digámoslo claro, no estuvieron asistidos suficientemente por sus respectivos partidos políticos para el desmoche, que debió realizarse sin contemplaciones en toda la organización burocrática del Estado. Hablo por propia experiencia. A raíz de la sublevación del 10 de agosto de 1932, las Cortes votaron una ley a virtud de la cual se autorizaba al Gobierno para destituir a los funcionarios cuyo desafecto al régimen se manifestara en actos hostiles a éste. Fui yo uno de los ministros que aplicaron aquella ley excepcional. Pues bien; por cada uno de los casos en que la apliqué me vi en constante asedio, no de gentes del bando opuesto, sino de los diputados republicanos y socialistas, que me pedían con insistencia molestísima, y algunos incidentes me costó ello, la reposición de los destituidos. Y a veces registré el caso curiosísimo de que las más vehementes súplicas en este sentido corrieran precisamente a cargo de quienes alegando hechos concretos e intolerables me habían exigido la destitución.

Cuando a un gobernante se le dificulta así el camino no se le puede exigir que avance. Merced a la enfermiza tendencia que los españoles sienten a la prestación de favores personales, trátese de quien se trate, hay errores de la República computables a cuantos nos adscribimos a ella. Acaso sea uno de los más notorios este que tan caro pagamos ahora, de no haber arrojado en su día a la calle a los diplomáticos que nos dejó, entre otras lamentables herencias, la monarquía.   

Nuevas consideraciones acerca de la mal llamada neutralidad

Madrid, 11. Volvamos sobre el tema de lo que días atrás hubimos de denominar “neutralidad incomprensible”. Merece la pena. La teoría que con timidez expusimos sobre la improcedencia de una declaración de neutralidad por parte de países extranjeros con respecto a contiendas interiores, la hemos visto ya refrendada muy autorizadamente fuera de España, si no en los propios términos que a nosotros nos sirvieron de expresión, en otros muy parecidos.

El Manchester Guardian, en un artículo de su corresponsal diplomático en Londres, artículo que deja adivinar la inspiración directa del Foreing Office, empieza diciendo esto: “Se admite aquí que la venta de armas a un Gobierno legal no constituye intromisión en los asuntos del país sometido a su Gobierno”. Tras declaración tan rotunda y clara, cabía esperar razonamientos que la refrendasen y reforzaran; pero el prestigioso periódico inglés los reemplaza por distingos y salvedades que en su conjunto contradicen la terminante afirmación previa.

Para el Manchester Guardian, y quizá, por lo visto, para el Gobierno británico, cuyo criterio, al parecer, se recoge, el caso de España es un caso especial, porque se trata de “una guerra civil entre el Gobierno legal y un ejército rebelde, pero existiendo en ambos lados fuerzas heterogéneas sin control central”. De ahí que en Londres se dude, seguimos copiando, en proporcionar armas al Gobierno español como tal, o a las tropas que indubitablemente están bajo su control”. Y añade el oficioso informador para justificar tales dudas, que si “algunas potencias como Francia o Inglaterra venden armas a una de las partes, otras potencias, como Alemania e Italia, podrían vender armas a la otra parte”.

La incongruencia entre lo primeramente afirmado y las conclusiones a que el articulista llega, es absoluta. Desde el punto de vista internacional no se comete falta alguna surtiendo de material de guerra al Gobierno legal de un país amigo. Se incurre precisamente en esa falta por todo lo contrario, es decir, por no facilitárselo, y en el régimen de relaciones no existen trabas que dificulten ese abastecimiento. Y la falta resultaría mucho más notoria —no es este el caso de Inglaterra, aunque podría serlo en cuanto a otra nación— si mediara un pacto comercial una de cuyas cláusulas estableciera el compromiso de venta con el país amigo y de compra por parte de España de dicho material hasta muy elevada suma.

Es lógico que una nación, en el caso presente España, compre al extranjero armas y municiones cuando las necesite. Y si cuando le son indispensables le son negadas, ¿qué valor tienen las estipulaciones comerciales a ese respecto? Estaría fundada semejante negativa si España anduviera en guerra con otro país. Entonces sí, entonces la neutralidad de las naciones no beligerantes impone de modo categórico toda abstención en abastecimientos de esa naturaleza; mas cuando se trata de una contienda interior, la neutralidad obliga a servir material al Gobierno legalmente constituido, es decir, a aquel que esté reconocido por las potencias. Prescindir de dicha obligación a cuenta de la heterogeneidad de las fuerzas que intervengan en esa contienda interior equivale a inmiscuirse en los asuntos internos del país que la padezca. Y más arbitrario resulta aflojar el cumplimiento de deberes inexcusables o prescindir en absoluto de él mirando a la mayor o menor extensión que la rebeldía haya alcanzado.

Pero donde se quiebra totalmente el fundamento de las disquisiciones dubitativas del Manchester Guardian es al justificar la inhibición que preconiza bajo el supuesto de que si Inglaterra y Francia vendieran lícitamente armas al Gobierno español, Alemania e Italia las podrían vender lícitamente a los facciosos. Si así procedieran Italia y Alemania faltarían a un deber elementalísimo. Razón de más para que las naciones amigas cuidasen con celo extremado de cumplir lealmente sus obligaciones, contrarrestando así los excesos de la deslealtad. En el hecho de que Inglaterra y Francia se atuviesen al cumplimiento estricto de esas obligaciones no podrían encontrar Italia y Alemania motivo ni pretexto para la actitud agresiva con respecto a España que se marca en el supuesto del Manchester Guardian. ¿Pero y si las dos naciones fascistas, sin parar mientes en la inhibición que se aconseja a Inglaterra y Francia, dispensaran auxilio a los rebeldes? En caso tal significaría mayor paradoja la conducta abstencionista a ultranza de estos dos países, y en el fondo, habida cuenta de sus resultados, la veríamos transformada en una cooperación más o menos directa a la rebeldía, aunque, naturalmente, no sea ese el propósito. Ello aparece tan claro que no necesita demostración de ningún género.

El artículo que comentamos es de una data algo atrasada. Tenemos la firme esperanza de que de entonces a acá haya ido girando el pensamiento oficial inglés hasta situarse en el terreno correcto que claramente señalan las primeras líneas del mencionado artículo. La posición que ella dibuja es la que corresponde a un país noblemente amigo. De otro modo, se llamaría neutralidad a lo que sería faltar fundamentalmente a ella.

Réplica a unas palabras del general Mola

Madrid, 10. El general [Emilio] Mola, según me dicen, pues yo no tuve ocasión de oírle, ha contestado, también por radio, al discurso que pronuncié anteanoche desde el micrófono del ministerio de la Guerra. La síntesis de esa respuesta, según las referencias que de ella me dan, es negar fundamento a mis aseveraciones relativas a que triunfará en la presente guerra civil, como en todas las guerras, quien posea mayores elementos de resistencia, considerando, por tanto, baladí que el Gobierno disponga de todas las reservas de oro del Banco de España y estén en sus manos las zonas industriales del litoral. Según el general Mola, los rebeldes, entre cuyos caudillos figura, triunfarán rapidísimamente.

No desconozco el valor que en esta clase de contiendas tiene la propaganda y, por consiguiente, estimo atinado que el señor Mola apele, como apelamos nosotros, al procedimiento de difusión más poderoso y eficaz en estos instantes, el de la radio, mereciendo la pena anotar que al utilizarlo él haya prescindido de las chocarrerías y necedades que caracterizan los discursos radiofónicos de otros jefes de la insurrección. Declaro que esta notable diferencia no me sorprende, conociendo como conozco a casi todos ellos. Sin haber llegado a tener trato directo con el general Mola, sé bastante de él desde que como teniente coronel del regimiento de Andalucía perteneció a la guarnición de Santoña. Cuando en 1921 fue a Melilla, a sustituir en el mando de los Regulares indígenas a [Santiago] González Tablas, la primera vez que éste cayó herido, pedí antecedentes de Mola, y los tuve muy satisfactorios a través de Gregorio Villarías.

Los hombres nunca somos dueños de nuestros destinos. Mola no lo fue de los suyos. Una íntima amistad con D. Dámaso Berenguer le obligó a venir de Marruecos para hacerse cargo de la Dirección General de Seguridad cuando la monarquía agonizaba y eran inútiles todos los esfuerzos policiacos para salvar la vida de aquella institución en podredumbre. Posiblemente, el desempeño de la Dirección General de Seguridad en circunstancias tan excepcionales y duras cambió el rumbo de la vida política de Mola, quien, quizá, quizá de no mediar ese periodo, que hubo de caracterizarle singularmente, hubiese marchado por otros derroteros. Claro que en las Memorias publicadas por el general no se hallará atisbo alguno de esto que de él me atrevo a pensar yo. Estas son cosas que, adheridas con fuerza a lo más íntimo del espíritu, nunca las dejamos desprenderse para que jueguen libre y escandalosamente.

Tales Memorias registran algunos aciertos y no pocos errores. Uno de los últimos fue el de atribuir mi desaparición de Bilbao en diciembre de 1930, a raíz de la sublevación de Jaca, a una confidencia de Juan Donoso Cortés, entonces secretario del Gobierno civil de Vizcaya. Hoy, que ya ha desaparecido de entre los vivos aquel pulcro funcionario, proclamo su completa inhibición en cuanto se refiere a mi fuga. Y otro error que estampa Mola en la colección de sus recuerdos es el de suponer que no habíamos descubierto a determinado confidente suyo, ofreciendo como prueba de ello, el hecho de que la República le confiara un cargo bien retribuido. En efecto; la benevolencia, que toma frecuentemente aspectos de bobaliconería, y el paisanaje, que suele pasar sobre bastantes escrúpulos, otorgaron esa merced a un sujeto con respecto al cual ya había extendido yo mucho antes, desde el Gobierno, el título de confidente, previniendo de ello a las personas en torno a las cuales andaba revoloteando. Seguro que no todos estábamos en la idea…

Pero, sin darme cuenta, mi pluma ha empezado a esbozar la biografía del general Mola, y hasta se ha entretenido en minucias impropias de la ocasión, porque a lo que yo iba —y ahora voy a ello— es a replicar a las palabras del general.

¿De dónde infiere éste que la guerra civil será corta porque a ella pondrá pronto término la victoria de los facciosos? No será, ciertamente, con los avances de las tropas que personalmente manda Mola, pues todas ellas están, poco más o menos, en los sitios donde se encontraban cuando se sublevaron. Podrán haberse movilizado las tropas del Norte dentro del área que ocuparon en el instante mismo de insurreccionarse; pero, ¿qué extensión han conseguido en esa área? Absolutamente ninguna. Si acaso, habríamos de computarles repliegues y no avances. ¿Cómo, si avanzan desde Pamplona y Vitoria, no se han adueñado de Guipúzcoa y Vizcaya? ¿Y cómo no han ido desde Zaragoza sobre Barcelona y Valencia? ¿Cómo, partiendo de Burgos, no han invadido Santander? ¿Cómo desde Valladolid no se ha caminado hacia Asturias? ¿Cómo con todos los núcleos militares de Castilla la Vieja no se ha entrado en Madrid? Pues, sencillamente, porque no se ha podido. Y cuando al cabo de tres semanas largas no cabe hacer en el balance militar más que una inmovilización desmoralizadora, las palabras anunciando un triunfo inmediato suenan a hueco.

Madrid era el objetivo de las fuerzas que Mola manda, y tan presto creyeron sus compañeros los generales del Sur que la capital caía en sus manos, que incluso llamaban telefónicamente desde Sevilla preguntando por él al ministerio de la Gobernación cuatro o cinco días después del estallido. Y Madrid está indemne, habiendo, cuando no rechazado, contenido, en los puntos donde se presentaron por sorpresa, a las avanzadas que tenían encargo de abrir los boquetes por donde había de entrar victorioso en la capital el ejército de Mola.

En cuanto a la eficiencia de las zonas industriales, supongo que el general con quien discuto cambiaría muy gozosamente, si para el cambio se le ofreciera coyuntura, Galicia por Asturias, Burgos por Santander, Logroño por Vizcaya, Navarra por Guipúzcoa. Y Huesca, Teruel y Zaragoza juntas, no ya por Cataluña, sino por Barcelona sola, y Vitoria, Ávila y Segovia por Valencia.

Las palabras radiadas de Mola tienden a tranquilizar al buen burgués, a ese a quien se le hizo creer que todo iba a reducirse al cambio de decoración teatral, y que un día, acostándose en una República democrática, al despertar del día siguiente nos hallaríamos bajo un régimen autoritario. Ahora, ese buen burgués se encuentra con que no solo no tendrá modo de rescatar los dineros que dio a la insurrección, sino que, además, está abocado a que se le conviertan en cenizas sus acciones industriales y bancarias y sus títulos de renta. Porque no cabe duda que, al empobrecerse el país, como se ha empobrecido con la guerra civil, las primeras víctimas del empobrecimiento serán los ricos, al pulverizarse por la devaluación sus preciadísimos títulos mobiliarios.

No sé por qué, acaso por suponerle más inteligente que casi todos sus colegas de subversión, creo que el general Mola figura hoy, aunque no lo deje entrever, en la lista de los arrepentidos. ¡Ah, si pudiera retroceder hasta la víspera del día en que, por su encargo, el coronel García Escámez notificó la proximidad de la sublevación al segundo jefe de la Guardia Civil de Navarra! ¡Con qué gusto retiraría semejante orden! Con el mismo con que, seguramente, habría rechazado en 1930 la Dirección General de Seguridad de haber sabido lo que se le venía encima.

Una neutralidad incomprensible

Madrid, 6. Dentro de las vastísimas zonas de mi ignorancia está incluido cuanto se refiere a la diplomacia. Jamás pude entender sus sutilezas. Alguna vez que con todo el esfuerzo de mi inteligencia he querido traducirlas, mi fracaso ha sido completo, porque levantando la vista de los papeles de supuestos y diversos colores —el Libro Azul, el Libro Amarillo, el Libro Rosa…— y poniendo los ojos en la realidad, me ha parecido todo lo escrito una serie de sorprendentes paradojas, muchas de ellas teñidas de sarcasmo. La pugna entre los compromisos solemnes pactados y el proceder de las “altas partes contratantes”, como diríamos en lenguaje cancilleresco, ha sido constante. En realidad, aquella brutal frase alemana de 1914 diciendo que un Tratado internacional era simplemente un “chifon de papier”, frase con la cual se quiso justificar la violación del respeto ofrecido a la neutralidad belga, no pasaba de ser, aunque en forma cínica, la expresión de una gran verdad que frecuente y dolorosamente hacían sentir los fuertes a los débiles. La única modalidad nueva que cabe registrar desde entonces, cual si hubiese sido iniciada por la dañosa e histórica frase, es un mayor desenfado en el incumplimiento de los Tratados cuando no conviene cumplirlos. Ahí está como ejemplo vivo de ello esa pobre Sociedad de Naciones que tantas ingenuas esperanzas suscitó al nacer y que está amenazada de sucumbir envuelta en el ridículo.

La confesión previa de mi desconocimiento en cuanto a la diplomacia concierne, acaso prive de todo valor lo que voy a decir seguidamente: no he podido desentrañar el sentido de la declaración de neutralidad que, a instancias del Gobierno francés, vienen formulando algunos países europeos con respecto a la lucha que sostenemos en España. Creía yo que una declaración de este género solo era pertinente en una guerra entre dos países, pero me parecía absurda —y en mi ignorancia sigue pareciéndomelo, aunque la iniciativa haya salido de centro tan ducho como el Quai d’Orsay— cuando se tratase, como ahora, de una contienda interior.

No dudo de las bonísimas intenciones del Gabinete de París, dentro del que tengo excelentes amigos; pero me atrevo a afirmar que esa invitación suya, siquiera esté paliada por el último párrafo del acuerdo en que aparece contenida, constituye un equívoco, porque ante cualquier mirada perspicaz, y mejor aún, ante cualquier mirada traviesa, de las que abundan entre los diplomáticos, semejante declaración puede equivaler, hasta cierto punto, al reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes.

Conste que no late entre estas consideraciones, probablemente heréticas, el deseo de que Francia, Inglaterra, ni ningún otro país, intervengan en nuestros problemas internos; pero lo que quiero decir es que, según mi saber y entender, no puede darse el mismo trato al Gobierno legítimo de una nación amiga y a quienes se levanten en armas contra él. Y si esa declaración de neutralidad sirve para considerar en el mismo plano de respeto a quienes representan la legalidad y a quienes encarnan la subversión, diré que no me parece justa. He aquí un razonamiento que se me viene a los puntos de la pluma, escoltado por muchos recuerdos: no se es neutral, por lo visto, cuando la subversión resulta pequeña; pero se proclama la neutralidad cuando la subversión llega a ser grande. Pues bien, la regla inflexible del deber no puede admitir gradaciones. Una subversión, por extensa que sea, no justifica que los países amigos establezcan, por lo que a España se refiere y en lo que afecta a determinados provisionamientos, sistemas distintos a los establecidos antes de que la subversión estallara. Tan legítimo y tan preponderante debe ser para ellos ahora el Gobierno de la República como lo era hace un mes. Y, consiguientemente, no puede haber la más mínima incorrección en suministrarle lo que sin impedimento alguno se le venía suministrando.

Supongo que la declaración de neutralidad que gloso en estas líneas con demasiado atrevimiento no significa alteraciones como las que apuntadas quedan, porque si las ocasionara sería medir con el mismo rasero al Poder legalmente constituido y a quienes se alzan subversivamente contra él. Y para un ignorante como yo, una neutralidad así entendida resultaría absolutamente incomprensible.

Dinero, dinero y dinero

Madrid, 5. Aquel dios de la guerra, aquel loco magnífico que fue Napoleón, afirmó que para triunfar en las contiendas bélicas era necesario dinero, dinero y dinero. Esta verdad axiomática, proclamada hace cerca de siglo y medio, presenta contornos más convincentes en los tiempos que corremos, porque la guerra moderna exige la concurrencia de elementos costosísimos que eran rudimentarios o totalmente desconocidos en la época napoleónica.

Comparemos el cañón de entonces, tosco y lento, con una de las maravillosas piezas de artillería rápida de ahora. Cotejemos sus costos respectivos y se verá por ellos cómo el factor dinero resulta aún más decisivo. Reparemos en las armas automáticas, invenciones diabólicas, que el caudillo corso no conoció, y en el consumo formidable de municiones que ellas exigen, y tendremos también la sensación de que el dinero juega papel mucho más importante que cuando el primero de los Bonaparte aterraba al mundo con sus audacias. Volvamos luego la vista a instrumento tan novísimo, y a la vez tan caro, como la aviación, en la que el emperador francés ni siquiera pudo soñar, y hallaremos con mayor plenitud confirmada la aseveración de éste: dinero, dinero y dinero. Dinero para cañones, ametralladoras y fusiles. Dinero para cantidades fabulosas de municiones. Dinero para aeroplanos, dinero para gasolina, dinero para productos químicos…

Ya habíamos quedado en que lo de España es una verdadera guerra y no una asonada trivial. Pues bien; conforme al aserto napoleónico, para ganarla, se necesita, principalmente, dinero, dinero y dinero.

¿Quién está mejor provisto de este recurso? ¿Los rebeldes o el Gobierno? El Gobierno, sin duda alguna. Creo en todos los apoyos financieros de que estos días habla la prensa, atribuyéndolos a magnates del capitalismo e incluso a algún famoso contrabandista [Juan March]. ¿Pero que representa todo eso frente a los recursos de que dispone el Estado? No pasa de ser una gota de agua en el mar. En el caso actual, esos concursos privados han podido servir para iniciar la sublevación, pero son insuficientes para sostenerla.

Vamos a pensar por un momento que el capitalismo español, todo él, está dispuesto a destinar la integridad de sus recursos a la causa facciosa. No habría que arredrarse por ello, pues esos recursos, a la hora presente, son limitadísimos. Nuestra burguesía no puede disponer con libertad de sus bienes, no puede vender sus bancas, ni sus talleres, ni sus tierras. ¿Quién se los habría de comprar en circunstancias tan angustiosas y dramáticas? Aparte de lo previsoramente incautado por el Gobierno para satisfacer las necesidades de diverso orden que la guerra crea, lo que en su poder conserva la burguesía no es de momento vendible. Y aquí lo que hace falta es dinero. Y dinero no representado en billetes del Banco de España, que circunstancialmente carecen de valor en el extranjero, sino dinero en francos franceses y suizos, en dólares, en libras esterlinas…, es decir, en oro. Porque es únicamente con oro como España y los españoles pueden hacer transacciones fuera del país, y el oro, todo el oro español, el que garantiza nuestro papel moneda, lo tiene en sus manos el Gobierno.

Cierto que las sacas del precioso metal debilitan dicha garantía y, desde luego, nos empobrecen, porque el metal amarillo no se invierte en adquisiciones que aumenten o mantengan nuestro índice de riqueza, sino que se trueca por elementos de guerra, por instrumentos destructores. El empobrecimiento de España como consecuencia de esta lucha fratricida constituirá una de las grandes responsabilidades de los promotores de la rebeldía.

Desgraciadamente, no será ese el único problema por ellos planteado, sino que serán muchos y todos muy graves. Pero nuestro examen de los aspectos de la contienda se circunscribe hoy a los apremios del presente, sin extender la mirada hacia el futuro. Y atentos a tales apremios nos aferramos a la frase de Napoleón y creemos en nuestra victoria, porque en nuestro poder está el dinero.

El auxilio extranjero a los rebeldes

Madrid, 4. El descenso obligado, por faltarles gasolina, de tres aviones italianos en tierra francesa, muy cerca del río Muluya, demuestra, pese a protestas y disimulos de Cancillería, el auxilio de una nación extranjera a los rebeldes españoles. Esos tres aeroplanos, juntamente con otros de la misma procedencia y nacionalidad, que a salvo de todo percance debieron llegar al aeródromo de Tahuima [sic], en Melilla, iban tripulados por pilotos italianos. La información se ha publicado con toda clase de detalles en la Prensa francesa. Y como el accidente ocurrió en territorio francés, al Gobierno de París no puede caberle duda alguna respecto a la trascendencia de semejante episodio, que aparecería aún más caracterizado si fuera cierto, cual se afirma, que uno de los tripulantes de esas naves aéreas que volando sobre África no pudieron llegar a su destino en el Protectorado español, es un capitán del Ejército italiano, y si se comprueba que los aparatos fueron dados de baja en fecha muy reciente en las escuadrillas mussolinianas y pintados de distinto modo a como lo estaban cuando aún seguían al servicio del Ejército de Italia.

Este suceso suscita consideraciones de orden nacional y de orden internacional. Veámoslas, aunque sea brevemente. En primer término se destaca el hecho de que los militares españoles alzados en armas contra el Poder legítimo del pueblo no han sentido el menor escrúpulo en solicitar el auxilio extranjero. Extraña psicología la de estos titulados defensores de la patria, porque esa influencia por ellos indudablemente solicitada y, desde luego, admitida, supone en sí misma una ofensa al decoro español.

Ya es bochornoso que en nuestras querellas internas se mezclen los extraños. ¿Pero se han parado los sediciosos a meditar sobre las posibles consecuencias de una injerencia de tal género? En la política internacional pesan poco —lo hemos visto muchas veces y lo estamos viendo ahora— las afinidades políticas. Las potencias, inspiradas por profundos egoísmos nacionalistas, no se mueven a impulsos de la simpatía o la antipatía por un régimen determinado. Se mueven exclusivamente a impulsos de sus intereses, nada más que de sus intereses. A Italia, por ejemplo, le sugestionaría muy poco la implantación en España del fascismo, de un régimen autoritario cualquiera, si no adivinara la posibilidad de obtener a través de él ventajas considerables para su afán imperialista. Si un auxilio suyo determinase la victoria de los facciosos pasaría muy pronto su factura, la cual habría de ir en detrimento de nuestra soberanía.

El Manchester Guardian, previniendo a la opinión inglesa, se encargó días atrás, como vimos, de señalar lo que Italia ambiciona respecto al archipiélago balear y el norte de África, y descubrió las esperanzas de dicha nación mediterránea de ver realizada su ambición mediante el triunfo de nuestros militares insurrectos. Bastaría con que las cosas llevaran ese camino sin que en él hubiese estorbos, para que la pesadumbre de una gravísima preocupación enturbiara la conciencia de cualquier español responsable.

¡Ah! Pero hay más, mucho más. Hay que los países cuya conveniencia quedase lesionada por la satisfacción de dichas aspiraciones italianas se creerían obligados a cerrarlas el paso en un momento determinado. Entonces podría ocurrir que descargaran sobre España, en tremendas turbonadas, las rivalidades europeas. Quienes sin más guía que su ciega pasión se sublevaron contra la República, no han caído en cuenta de que podían convertir España en una especie de Balcanes de Occidente, haciendo que nuestras querellas sirvan de pretexto para el choque de todas las grandes ambiciones internacionales, choque en el cual —reiteramos una vieja preocupación— puede peligrar nuestra integridad y nuestra independencia.

En plena guerra

Madrid, 3. En España estamos en plena guerra, una guerra cuyo alcance no supieron medir quienes la provocaron, pues creyeron, sin duda, que su plan iba a ser cosa de coser y cantar. A estas horas habrán ya apreciado toda la magnitud de su error, error nacido de que al calcular sus fuerzas, deslumbrados por la extensión de las mismas, olvidaron calcular las del adversario, que dieron por nulas. No supusieron que era tan grande la adhesión del pueblo a la República, ni su fervor por defenderla. Y lo que creyeron iba a reducirse a la lectura de un bando marcial, y, a lo sumo, a algún paseo militar, se lo encuentran hoy trocado en una guerra espantosa.

Toda guerra es escuela de crueldades. No escapará la nuestra a esta consecuencia fatal, verdaderamente terrible. Ni siquiera cuando los sangrientos combates cesen habrá sonado la hora de la paz. El rescoldo de los odios lo estará avivando a cada instante la pasión, y acaso surjan nuevas llamaradas. Es muy distinto el final de una lucha entre dos países enemigos, cuyos ejércitos, al concertarse la paz, pierden todo contacto, que la conclusión de una guerra civil que determina la convivencia en el mismo territorio de los combatientes. De vencedores y vencidos. El rencor sobrevivirá por mucho tiempo al armisticio. Ese rencor será más hondo cuanto más se prolongue la bárbara pelea, que llegará a secar de tal manera los espíritus que no deje florecer en ellos los principios más elementales de la moral en que ha de descansar la solidaridad humana.

Nuestras preocupaciones deben situarse más allá del término de la guerra civil. Quizá esas, de orden espiritual, parezcan en estos momentos de furia, prédicas pueriles que ahoguen fácilmente el estallido de las bombas; pero aun en el orden material estricto hay motivos para que no podamos contemplar sin angustia el porvenir de España.

La lesión que la guerra civil produce en nuestra economía es ya bien evidente. Para apreciar esa lesión no solo hay que contar el esfuerzo económico que realiza el Estado para sofocar la rebelión. Desde un punto de vista nacional es computable también el esfuerzo que en ese aspecto realizan los insurgentes. Legiones de hombres están apartados hoy del trabajo, que es riqueza, para consagrarse a la guerra, que es destrucción. Las manos que habían de recoger las cosechas empuñan las armas, mientras en el campo se agostan y pudren las mieses y los frutos. Y, en tanto, cañones y aeroplanos siembran la ruina. La peseta, que aún mantiene su fuerza adquisitiva en el interior, es un signo monetario casi nulo en el exterior. No tenemos crédito. La contienda civil ha acabado de desbaratarlo. Y a medida que la lucha se prolongue, esas heridas se profundizarán, poniendo en peligro la vida misma de España. Todo eso han hecho quienes, según su decir, se proponían salvarla.

El entusiasmo popular

Madrid, 1. En los quince días que llevamos de rebelión, yo no había tenido hasta hoy contacto directo con las masas populares. Sabía de su gran entusiasmo, pero no lo había sentido palpitar de cerca.

Esta tarde lo oí vibrar con pasión cuando, invitado por el jefe del Gobierno [José Giral], concurrí, en la estación de Atocha, al recibimiento de las fuerzas militares que venían de Valencia. Una multitud compacta aparecía alineada a ambas orillas del paseo del Prado, apiñándose aún más densa en la glorieta de Atocha. La estación, con su marquesina caldeada por el sol, parecía un inmenso hervidero. Allí dentro, la muchedumbre, apretujada en vías y andenes, soportaba una temperatura infernal.

A medida que iban llegando los ministros y otros hombres representativos del Frente Popular eran acogidos con ovaciones clamorosas. Pero aún fue más prolongada la que acogió la presencia de una Comisión de marinos.

Y luego, al llegar los trenes militares, el entusiasmo no tuvo límites. Soldados y paisanos confundían sus gritos frenéticos de adhesión a la República. El ejército vitoreaba al pueblo y el pueblo vitoreaba al ejército. Se sentían mutuamente reencarnados. En las plataformas que transportaban los cañones, en los tejadillos de los vagones y en las ventanillas de los coches, puños cerrados simbolizaban el saludo de los que venían a los que esperaban, y el de los que esperaban a los que venían.

Más tarde, cuando las luces de la ciudad comenzaban a parpadear, los soldados, envueltos por el pueblo y precedidos de banderas, desfilaron por las calles. Los he visto, y ahora me llega de lejos el eco de los aplausos, que asemejan el tableteo de cientos de ametralladoras. Tomo el espectáculo como signo cierto de que el entusiasmo popular, lejos de decaer, aumenta. A un pueblo en pie resulta muy difícil batirle. La moral es factor importantísimo y a veces decisivo en esta clase de contiendas. Pues bien; la moral del pueblo madrileño alcanza alturas inverosímiles.

Si eso del cerco de Madrid de que viene fantásticamente hablando la prensa extranjera fuese una realidad en vez de una paparrucha y las tropas facciosas pudieran asomarse a la capital, en cada barrio, en cada calle, en cada esquina se verían obligadas a librar combates cruentos. Asistiríamos a jornadas como la del 2 de mayo de 1808, pero infinitamente más sangrientas.

No hay cuidado de que semejante trance llegue. Madrid se siente tan holgada en su defensa, que estos infantes y artilleros que llegaron de Valencia esta tarde, como el millar de campesinos que arribaron de Ciudad Real por la mañana, servirán de núcleo a columnas que se organizan para marchar al ataque de los focos de la sublevación, todos muy distantes de aquí.

El tiempo es elemento que favorece al Gobierno. Mientras desgasta a los enemigos, a él le permite ir encuadrando las fuerzas que de todas partes se le unen. Tiene el Gobierno una cantera inagotable: el pueblo. Y al pueblo, poseído como está de un fervoroso entusiasmo, no hay quien le aplaste.