Madrid, 12. Buena parte de las dificultades con que el Gobierno de la República ha tropezado ahora en el extranjero proceden de la actitud de nuestro Cuerpo diplomático. Salvo contadas y honrosísimas excepciones, los representantes de España negaron su asistencia en momentos muy críticos al Gobierno del cual dependían, desorientaron, engañándola, a la opinión de los países en que ostentaban nuestra representación y llegaron a revelar, con osadía acaso sin precedentes, secretos de Estado. El delito cometido por algunos de esos funcionarios entra en la categoría de alta traición.
No es propósito mío, en estas notas escritas a vuela pluma y con el difícil sacrificio de dejar al margen de ellas mis más hondas preocupaciones, examinar responsabilidades en cuanto a lo que actualmente acaece. Las hay terribles, en verdad, de nuestro lado. Ese examen sería inoportuno en estos momentos, porque podría llevarnos a polémicas improcedentes y quebrantadoras. Ahora bien; no creo que provoque ni asomo de discusión el proclamar la responsabilidad que nos alcanza por igual a todas las izquierdas —cuando menos a las que están y estuvieron representadas en el Gobierno— por haber sostenido el Cuerpo diplomático que sirvió a la monarquía.
Claro que lo mismo se podría decir de otros órganos del Estado; pero acaso no tan justificadamente como con respecto a la diplomacia, que era casi hechura personal del propio rey. La República pudo y debió extirparla, sin que siquiera le asaltase el escrúpulo de sacrificar a intereses políticos, desde luego altos y respetabilísimos, una rama competente de difícil reemplazo. En nuestra diplomacia no había lumbrera alguna. Ese Cuerpo lo constituía, en general, un señoritismo saturado de mentecatez. Cierto que en 1931 se sustituyó a embajadores cuya preeminencia respondía, no a prendas de talento, sino a servicios domésticos, y hasta de celestineo en relación con la persona del monarca. A uno de ellos le hube yo de denominar en el Congreso hace bastantes años “proveedor de corbatas de la real casa”. Lo de las corbatas era un eufemismo parlamentario, porque los verdaderos títulos de aquel señor consistían en suministrar queridas y en tutelar hijos naturales. Pero ni en 1931 ni después se hizo el intenso desmoche que debió hacerse. Tras algunas amputaciones, bien reducidas en número, el Cuerpo subsistió con toda la morralla de monárquicos cretinos, imagen viva de la más bufa de las vanidades. Jamás se identificaron con la República. La desdeñaron siempre. Cuando pudieron, se burlaron de ella, y ahora la han traicionado de manera alevosa.
El lector, siguiendo estas reflexiones mías, acaso circunscriba la responsabilidad del yerro de no haber descuajado entero el Cuerpo diplomático que creó la monarquía a quienes hubimos de desfilar por los gobiernos de la República. No sería justa esa apreciación, por demasiado superficial. Los gobernantes, digámoslo claro, no estuvieron asistidos suficientemente por sus respectivos partidos políticos para el desmoche, que debió realizarse sin contemplaciones en toda la organización burocrática del Estado. Hablo por propia experiencia. A raíz de la sublevación del 10 de agosto de 1932, las Cortes votaron una ley a virtud de la cual se autorizaba al Gobierno para destituir a los funcionarios cuyo desafecto al régimen se manifestara en actos hostiles a éste. Fui yo uno de los ministros que aplicaron aquella ley excepcional. Pues bien; por cada uno de los casos en que la apliqué me vi en constante asedio, no de gentes del bando opuesto, sino de los diputados republicanos y socialistas, que me pedían con insistencia molestísima, y algunos incidentes me costó ello, la reposición de los destituidos. Y a veces registré el caso curiosísimo de que las más vehementes súplicas en este sentido corrieran precisamente a cargo de quienes alegando hechos concretos e intolerables me habían exigido la destitución.
Cuando a un gobernante se le dificulta así el camino no se le puede exigir que avance. Merced a la enfermiza tendencia que los españoles sienten a la prestación de favores personales, trátese de quien se trate, hay errores de la República computables a cuantos nos adscribimos a ella. Acaso sea uno de los más notorios este que tan caro pagamos ahora, de no haber arrojado en su día a la calle a los diplomáticos que nos dejó, entre otras lamentables herencias, la monarquía.