Réplica a unas palabras del general Mola

Madrid, 10. El general [Emilio] Mola, según me dicen, pues yo no tuve ocasión de oírle, ha contestado, también por radio, al discurso que pronuncié anteanoche desde el micrófono del ministerio de la Guerra. La síntesis de esa respuesta, según las referencias que de ella me dan, es negar fundamento a mis aseveraciones relativas a que triunfará en la presente guerra civil, como en todas las guerras, quien posea mayores elementos de resistencia, considerando, por tanto, baladí que el Gobierno disponga de todas las reservas de oro del Banco de España y estén en sus manos las zonas industriales del litoral. Según el general Mola, los rebeldes, entre cuyos caudillos figura, triunfarán rapidísimamente.

No desconozco el valor que en esta clase de contiendas tiene la propaganda y, por consiguiente, estimo atinado que el señor Mola apele, como apelamos nosotros, al procedimiento de difusión más poderoso y eficaz en estos instantes, el de la radio, mereciendo la pena anotar que al utilizarlo él haya prescindido de las chocarrerías y necedades que caracterizan los discursos radiofónicos de otros jefes de la insurrección. Declaro que esta notable diferencia no me sorprende, conociendo como conozco a casi todos ellos. Sin haber llegado a tener trato directo con el general Mola, sé bastante de él desde que como teniente coronel del regimiento de Andalucía perteneció a la guarnición de Santoña. Cuando en 1921 fue a Melilla, a sustituir en el mando de los Regulares indígenas a [Santiago] González Tablas, la primera vez que éste cayó herido, pedí antecedentes de Mola, y los tuve muy satisfactorios a través de Gregorio Villarías.

Los hombres nunca somos dueños de nuestros destinos. Mola no lo fue de los suyos. Una íntima amistad con D. Dámaso Berenguer le obligó a venir de Marruecos para hacerse cargo de la Dirección General de Seguridad cuando la monarquía agonizaba y eran inútiles todos los esfuerzos policiacos para salvar la vida de aquella institución en podredumbre. Posiblemente, el desempeño de la Dirección General de Seguridad en circunstancias tan excepcionales y duras cambió el rumbo de la vida política de Mola, quien, quizá, quizá de no mediar ese periodo, que hubo de caracterizarle singularmente, hubiese marchado por otros derroteros. Claro que en las Memorias publicadas por el general no se hallará atisbo alguno de esto que de él me atrevo a pensar yo. Estas son cosas que, adheridas con fuerza a lo más íntimo del espíritu, nunca las dejamos desprenderse para que jueguen libre y escandalosamente.

Tales Memorias registran algunos aciertos y no pocos errores. Uno de los últimos fue el de atribuir mi desaparición de Bilbao en diciembre de 1930, a raíz de la sublevación de Jaca, a una confidencia de Juan Donoso Cortés, entonces secretario del Gobierno civil de Vizcaya. Hoy, que ya ha desaparecido de entre los vivos aquel pulcro funcionario, proclamo su completa inhibición en cuanto se refiere a mi fuga. Y otro error que estampa Mola en la colección de sus recuerdos es el de suponer que no habíamos descubierto a determinado confidente suyo, ofreciendo como prueba de ello, el hecho de que la República le confiara un cargo bien retribuido. En efecto; la benevolencia, que toma frecuentemente aspectos de bobaliconería, y el paisanaje, que suele pasar sobre bastantes escrúpulos, otorgaron esa merced a un sujeto con respecto al cual ya había extendido yo mucho antes, desde el Gobierno, el título de confidente, previniendo de ello a las personas en torno a las cuales andaba revoloteando. Seguro que no todos estábamos en la idea…

Pero, sin darme cuenta, mi pluma ha empezado a esbozar la biografía del general Mola, y hasta se ha entretenido en minucias impropias de la ocasión, porque a lo que yo iba —y ahora voy a ello— es a replicar a las palabras del general.

¿De dónde infiere éste que la guerra civil será corta porque a ella pondrá pronto término la victoria de los facciosos? No será, ciertamente, con los avances de las tropas que personalmente manda Mola, pues todas ellas están, poco más o menos, en los sitios donde se encontraban cuando se sublevaron. Podrán haberse movilizado las tropas del Norte dentro del área que ocuparon en el instante mismo de insurreccionarse; pero, ¿qué extensión han conseguido en esa área? Absolutamente ninguna. Si acaso, habríamos de computarles repliegues y no avances. ¿Cómo, si avanzan desde Pamplona y Vitoria, no se han adueñado de Guipúzcoa y Vizcaya? ¿Y cómo no han ido desde Zaragoza sobre Barcelona y Valencia? ¿Cómo, partiendo de Burgos, no han invadido Santander? ¿Cómo desde Valladolid no se ha caminado hacia Asturias? ¿Cómo con todos los núcleos militares de Castilla la Vieja no se ha entrado en Madrid? Pues, sencillamente, porque no se ha podido. Y cuando al cabo de tres semanas largas no cabe hacer en el balance militar más que una inmovilización desmoralizadora, las palabras anunciando un triunfo inmediato suenan a hueco.

Madrid era el objetivo de las fuerzas que Mola manda, y tan presto creyeron sus compañeros los generales del Sur que la capital caía en sus manos, que incluso llamaban telefónicamente desde Sevilla preguntando por él al ministerio de la Gobernación cuatro o cinco días después del estallido. Y Madrid está indemne, habiendo, cuando no rechazado, contenido, en los puntos donde se presentaron por sorpresa, a las avanzadas que tenían encargo de abrir los boquetes por donde había de entrar victorioso en la capital el ejército de Mola.

En cuanto a la eficiencia de las zonas industriales, supongo que el general con quien discuto cambiaría muy gozosamente, si para el cambio se le ofreciera coyuntura, Galicia por Asturias, Burgos por Santander, Logroño por Vizcaya, Navarra por Guipúzcoa. Y Huesca, Teruel y Zaragoza juntas, no ya por Cataluña, sino por Barcelona sola, y Vitoria, Ávila y Segovia por Valencia.

Las palabras radiadas de Mola tienden a tranquilizar al buen burgués, a ese a quien se le hizo creer que todo iba a reducirse al cambio de decoración teatral, y que un día, acostándose en una República democrática, al despertar del día siguiente nos hallaríamos bajo un régimen autoritario. Ahora, ese buen burgués se encuentra con que no solo no tendrá modo de rescatar los dineros que dio a la insurrección, sino que, además, está abocado a que se le conviertan en cenizas sus acciones industriales y bancarias y sus títulos de renta. Porque no cabe duda que, al empobrecerse el país, como se ha empobrecido con la guerra civil, las primeras víctimas del empobrecimiento serán los ricos, al pulverizarse por la devaluación sus preciadísimos títulos mobiliarios.

No sé por qué, acaso por suponerle más inteligente que casi todos sus colegas de subversión, creo que el general Mola figura hoy, aunque no lo deje entrever, en la lista de los arrepentidos. ¡Ah, si pudiera retroceder hasta la víspera del día en que, por su encargo, el coronel García Escámez notificó la proximidad de la sublevación al segundo jefe de la Guardia Civil de Navarra! ¡Con qué gusto retiraría semejante orden! Con el mismo con que, seguramente, habría rechazado en 1930 la Dirección General de Seguridad de haber sabido lo que se le venía encima.


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