El entusiasmo popular

Madrid, 1. En los quince días que llevamos de rebelión, yo no había tenido hasta hoy contacto directo con las masas populares. Sabía de su gran entusiasmo, pero no lo había sentido palpitar de cerca.

Esta tarde lo oí vibrar con pasión cuando, invitado por el jefe del Gobierno [José Giral], concurrí, en la estación de Atocha, al recibimiento de las fuerzas militares que venían de Valencia. Una multitud compacta aparecía alineada a ambas orillas del paseo del Prado, apiñándose aún más densa en la glorieta de Atocha. La estación, con su marquesina caldeada por el sol, parecía un inmenso hervidero. Allí dentro, la muchedumbre, apretujada en vías y andenes, soportaba una temperatura infernal.

A medida que iban llegando los ministros y otros hombres representativos del Frente Popular eran acogidos con ovaciones clamorosas. Pero aún fue más prolongada la que acogió la presencia de una Comisión de marinos.

Y luego, al llegar los trenes militares, el entusiasmo no tuvo límites. Soldados y paisanos confundían sus gritos frenéticos de adhesión a la República. El ejército vitoreaba al pueblo y el pueblo vitoreaba al ejército. Se sentían mutuamente reencarnados. En las plataformas que transportaban los cañones, en los tejadillos de los vagones y en las ventanillas de los coches, puños cerrados simbolizaban el saludo de los que venían a los que esperaban, y el de los que esperaban a los que venían.

Más tarde, cuando las luces de la ciudad comenzaban a parpadear, los soldados, envueltos por el pueblo y precedidos de banderas, desfilaron por las calles. Los he visto, y ahora me llega de lejos el eco de los aplausos, que asemejan el tableteo de cientos de ametralladoras. Tomo el espectáculo como signo cierto de que el entusiasmo popular, lejos de decaer, aumenta. A un pueblo en pie resulta muy difícil batirle. La moral es factor importantísimo y a veces decisivo en esta clase de contiendas. Pues bien; la moral del pueblo madrileño alcanza alturas inverosímiles.

Si eso del cerco de Madrid de que viene fantásticamente hablando la prensa extranjera fuese una realidad en vez de una paparrucha y las tropas facciosas pudieran asomarse a la capital, en cada barrio, en cada calle, en cada esquina se verían obligadas a librar combates cruentos. Asistiríamos a jornadas como la del 2 de mayo de 1808, pero infinitamente más sangrientas.

No hay cuidado de que semejante trance llegue. Madrid se siente tan holgada en su defensa, que estos infantes y artilleros que llegaron de Valencia esta tarde, como el millar de campesinos que arribaron de Ciudad Real por la mañana, servirán de núcleo a columnas que se organizan para marchar al ataque de los focos de la sublevación, todos muy distantes de aquí.

El tiempo es elemento que favorece al Gobierno. Mientras desgasta a los enemigos, a él le permite ir encuadrando las fuerzas que de todas partes se le unen. Tiene el Gobierno una cantera inagotable: el pueblo. Y al pueblo, poseído como está de un fervoroso entusiasmo, no hay quien le aplaste.


Deja una respuesta